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Un epitafio para mi pequeña Samantha

Llegaste una noche a mi vida. Mis manos pequeñas no podían contener la emoción aunque cabías, minúscula en ellas. Y esa noche de un mes de invierno o de una fría primavera de 1998 entraste a nuestro primer hogar en Juana de Arco. Mientras te agarraba y sentía tu piel blanca en mi pecho, orgulloso y magnánimo se acercaba Oliver al que adoptaste como otra madre. Ese idilio duró unos meses, mientras crecías a pasos agigantados, trepándote en un improvisado árbol que hoy te sobrevive. El instinto es letal y esa madre se convirtió con tu florecimiento en un gatuno pretendiente… al que alejamos como si se tratara de Montescos y Capuletos por lo pequeña que aún eras. Y en este Romeo y Julieta, a tu primer Romeo se lo llevó la parca, que olía a instinto y de pronto estábamos solos, tu y yo.

La pena parecía inconmensurable, en mi corazón de 9 años y tu desasosiego era entendible. Aún cachorra enfrentabas una segunda partida. Y mis brazos se volvieron tu refugio, tu abrazo, y tu cuerpo mi calor, mi consuelo. Y así empezó aquella amistad de amor incondicional, que como todo amor verdadero, trasciende y trascenderá nuestro tiempo.

Ese niño empezó a crecer y tú creías a su lado, fiel como perro obediente, pero con hocico coronado de elegantes bigotes de aristogata. Y el tiempo pasaba y mi historia se complicaba. El acoso y las dificultades de ser el niño diferente en la escuela se transformaron en el bullying de ser el joven que en ningún lugar podía encajar salvo al refugiarse en su cuarto, en su cama, con tus ronroneos como canción de cuna.

Con la adolescencia comenzó una etapa de descubrimiento en la que tú, mi fiel compañera, mirabas en silencio. Tus sonidos eran solo muestra de que querías mimos. A veces parecía que me respondías con maullidos aquellas palabras tiernas que yo te decía, mi señorita. Y esos diálogos eran almíbar en mis oídos acostumbrados a los insultos y a la desaprobación del mundo exterior.

Luego me fui durante un año, en el que me redescubrí pero en el que ni por un segundo dejé de extrañarte. Te me aparecías en sueños y cuando un almohadón le daba calor a mis pies mi mente lo transformaba en tu presencia. Al volver, airada y ofendida, durante algunos momentos quisiste ignorarme, pero al rato volvíamos a ser carne y uña.

Y de esa manera se dio en cada uno de mis viajes, de mis escapadas, de mis locuras… conmigo permanecías incluso cuando algún amor de pocas noches conmigo se quedaba. Esa infancia y adolescencia de repente empezaron a pasar facturas y durante un tiempo mucho costó que yo abandonara el lecho. Y en ese tiempo de depresión, al que se le sucedería a los pocos años otra enfermedad, nunca dejaste de estar a mi lado, atenta a lo que me pasaba, acompañándome y haciendo posible que yo volviese a ser.

Para algunos la adolescencia es el tiempo de los primeros amores pero para mí Diego y Santiago vinieron después. Y éste último llegó a compartir mucho tiempo contigo y conmigo pero siempre tuvo claro cuál era su lugar. A veces Santiago y yo nos mimábamos en la cama y como siempre con tus celos entre nosotros te posabas. Siempre que me acompañaba a ti te gustaba marcar presencia. Lo que no sé es si habrás entendido que mi corazón es enorme y tiene espacio para amar muchísimo pero es difícil que algún amor opaque al que siento por vos, mi chiquitita. Y entre estornudos, antialérgicos convivieron vos y él, mis dos grandes amores.

Y en el final, con tu tos sSamieca, con tus pelos cada vez más blancos y tus pocos dientes aún seguías elegante y coqueta caminando con parsimonia y acompañándome en todo. Tan unidos éramos que cuando te empezaste a rendir, fue a mi cuarto a donde fuiste para prepararte para partir. Y tan sincronizados estábamos que allí enseguida te encontré y juntos fuimos a la veterinaria donde extendimos por unos días tu vida.

Ese tiempo que nos regalamos nos sirvió para despedirnos, para que pudiera decirte cuanto te amé, lo difícil que sería la vida sin ti y para darte las gracias. Y también un poco de helado de dulce de leche, que era también tu perdición.

Esperaste a que me fuera porque sabías que yo no lo soportaría y cuando volví ya no estabas. Y pasan las horas, los días y las semanas y miro en los rincones pensando que te voy a encontrar. Camino por los pasillos, hablo en voz alta como lo hacía cuando estabas cerca, a sabiendas de que en el final ya estabas sorda… Las hojas del helecho, cada vez más largas, rozan mi nuca y me recuerdan a cuando lo hacías vos, que te acostabas en ese lugar y cuando veías que me sentaba, te despertabas para adueñarte de mí regazo.

Y aunque sé que eso no pasará, no dejo de pensarte y de extrañarte.

Lo que me queda es desearte un muy bien viaje y tener la confianza de que nos encontraremos del otro lado del arcoíris.

¡Me hiciste un niño, un joven y un hombre muy feliz, mi Samantita!

Dos cajas de té

Abro el gabinete y allí las veo, rosada y con el Big Ben, insolentes. Dos cajas con bolsas de té que me avizoran tu ausencia cada vez que abro la despensa. Cada vez que miro ese té, que compré para tomar contigo, pienso en esas charlas sin pronunciar. Y me viene a la mente un millón de preguntas que se reducen a saber cómo estás, qué estás leyendo últimamente, que cosas me tendrías para contar… conversaciones que sin duda darían teniendo en nuestras manos esa infusión caliente que solo contigo quisiera tomar. Hoy esas conversaciones solo se encuentran atrapadas en mi mente, como fantasmas que no pueden salir de su castillo embrujado.

Me sé sin derecho a preguntarte pero hay días en los que caigo. Hay días en los que te llamo con mi mente pero mi voz no sale por mi garganta. Pareciera que ni cuerdas vocales me quedan, ni energía para emitir los más primitivos sonidos guturales me quedan. Es que me sé eternamente sin derecho.

Sin derecho y sin título aún me siento tuyo. Tuyo como yo siempre supe ser, entregado con el alma y confundido en mis pulsiones. Entregado como yo puedo entregarme. Entregado en la parte más pura de mi alma. Y a pesar de ello entregado a medias. Quienes no se entregaron a vos fueron mis más instintos carnales. Instintos contra los que lucho por domar como caballo salvaje y cabrío pero es una lucha que no gané en nuestro tiempo.

Casi burlonas me miran esas dos cajas de té. Y a veces les devuelvo la mirada. Saco un sobre y lo pongo sobre el agua hirviendo. Ya no me da pereza calentarla en la caldera. Es que ahora ese té lo tomo a tu salud.

Un tiempo al que no puedo volver

La ciudad se impregna en mi retina con la agridulce calidez de tu recuerdo y aunque hasta a mí mismo me lo niegue aún a diario te pienso.

La vida sigue tan igual y tan diferente y no dejo de tenerte presente cuando atravieso lugares por los que juntos pasamos en el pasado o en mis sueños o en nuestro futuro por mí arrebatado.

Arrebolado y peregrino me siento sin mi ancla. Hoy que no estás conmigo estoy en carne viva, calcinado.

Mi ancla antes me frenaba, me calmaba y me paraba en la más bravía de las tormentas, como nadie pudo y por eso parece herejía no pensarte, soñarte y amarte desde la distancia a pesar del paso de los días, que se suceden igual que antes y asimismo tan diferentes.

La fresca brisa de otoño te devuelve a mí en clave de recuerdo de un tiempo que pasó y no supe ver que era lo que realmente quería y al que hoy ya no puedo volver.

Πάντα ῥεῖ

Todo fluye y fue el principio de un amor de principio roto, de comienzo precipitado, de desarrollo torpe y de final anunciado. En las primeras palabras en clave de premonición parecía conjugarse esta historia de amor.

Amor cobarde amputado en mi mentira, que antes sentía casi inocente, imperceptible y que a nadie hería. Terminamos ambos lastimados porque no pude a tiempo ni por nuestro cielo abandonar, como el otoño a sus hojas, mi pasado, mis demonios, mis patrones.

Y hoy nuestras almas peregrinas como leones se disponen a lamer sus heridas. Todo fluye me decías y yo impresionado sonreía con la inmensidad de los milenios bajo los pies, la Luna iluminando tus ojos buenos y el arrullo del océano como canción de cuna.

Todo fluye y hoy quizás te cruce en un mundo de muebles desvencijados, pasillos polvorientos que conducen a aulas de la Facultad y me temo que en mi alma aún no ha fluido que mis ojos se quiebren al verse en los tuyos y quiera volver a un lugar que ya no existe.

Todo fluye y hoy quizás te cruce y no te cruce. Ya no existo y ya no existís. Sin embargo aún te espero.

Todo fluye y aunque no exista ¿cuándo finalmente he de partir?

Todo fluye y sigo esclavo de ese momento en el que estábamos encantados. Y sigo paralizado buscando volver, ser quien fui o descubrir quien debo ser. Y solo me queda lo absurdo de lo cotidiano, que no sabe lo que perdí, que no entiende que aún te busco en la mirada de los extraños, en las caricias de un amor de una noche, en la melancolía de la indecisión…

Y aun así, todo fluye.

 

Una reflexión personal tras el Acto Central Comunitario a un año de la muerte de David Fremd (Z’’L)

El pasado domingo 19 de marzo se realizó en la Kehilá un acto en memoria de David Fremd tras un año de su asesinato. Se han escrito ríos de tinta sobre el tema y sin embargo parece no haberse agotado. No salimos de nuestra consternación, de nuestro dolor, de nuestra incomprensión.

Como decía alguno de los oradores en el evento, la sociedad uruguaya perdió la inocencia con este acontecimiento porque si bien quienes somos cercanos a la colectividad judía o quienes simplemente están atentos al mundo que los rodea ya sabemos que Uruguay tiene su cuota de antisemitismo, nunca imaginamos estar a la altura de las principales urbes del mundo, donde desde ya años han ocurrido asesinatos por el antisemitismo contenidas en algunas expresiones radicales del Islam. Nos cuesta vernos como parte de un mundo interconectado en el cual el yihadismo está a un click de distancia y logra infiltrar sus ideas en terreno fértil globalmente para cometer actos de terror. Hacía algunas décadas se habían vivido asesinatos por antisemitismo, pero el tiempo pasa, las generaciones se suceden, y si bien se olvida, se vuelve a un lugar de comodidad del cual fuimos arrancados con la muerte de David.

Y aun así nos cuesta decir que en la heroica Paysandú se vivió un asesinato terrorista islámico cuando si ocurre en otro lado del mundo, rápidamente sabemos identificarlo y calificarlo como tal. Y uno podría preguntarse ¿qué importa si fue un asesinato terrorista cuando lo importante es que David falleció? Su muerte en sí misma es un acontecimiento importante porque siempre que asesinan a alguien nos roban su futuro pero si no entendemos los entretelones del hecho difícil es trabajar como sociedad por un nunca más. En otros casos se identifican otras causas y se trabaja en combatirlas y en este caso debemos nombrar el hecho como tal, sacarnos ese prurito, entender que aunque nombrar este hecho como un acto terrorista no sea políticamente correcto, o no fue la idea que se quiso instalar en la opinión pública desde algunos sectores, es fundamental para poder prevenir, para poder educar, para poder intentar sanar.

“Vos siempre estás a firme…”

Eso fue una frase repetida que me dijeron personas que me vieron en el acto. En eventos de la colectividad ya soy una figurita repetida. En general asisto, en mi calidad de educador y uno de los directores de Proyecto Shoá a cuestiones relacionadas con este tema. Con el tiempo de trabajar en Proyecto Shoá me he hecho cercano a muchas personas de la colectividad y he asistido a algunos eventos internos a la misma que no están relacionados con la Shoá.

Este acto, con una liturgia que obviamente no comprendí, pero con un mensaje poderoso de los oradores, fue una ocasión diferente. Me cuestioné si asistir o no y no verbalicé este cuestionamiento hasta este momento. Me cuestioné si comunicar desde las redes sociales del Proyecto acerca de este acto, aunque finalmente comunicamos que Proyecto Shoá se haría presente, como una manera más de recordar a David en ese espacio y rendirle homenaje.

Terminé asistiendo. Quizás era el único gentil en ese acto, no lo sé. No me importa. Más allá de conocer a miembros de la familia Fremd y de tener sólo cosas positivas para decir de quienes conozco, la raíz de la Shoá es el antisemitismo, es el odio irracional de cierto grupo de gente hacia los judíos por ser judíos. La judeofobia y a lo que puede llegar el odio es algo que me conmueve y me mueve a seguir siendo un componente activo en la transmisión de la memoria de la Shoá. Cuando ocurrió lo de David esa lucha por un nunca más fracasó. Entonces hay que seguir con más fuerza peleando la buena pelea. E ir al Acto era una forma de presentar mis respetos pero también ganar fuerza, alimentar esa pasión para seguir peleando por vivir en un mundo sin odio.

Yo no puedo vivir en un mundo que odia al otro, que niega al otro y que lo intenta destruir. Simplemente no puedo no estar al firme, no puedo ser indiferente porque también me siento parte de la otredad. Todos somos otros, todos somos diferentes. Algunos abrazamos esa diferencia y la convertimos en bandera. Y luchamos por tener un espacio y porque los demás tengan un espacio.

El odio nunca me va a robar el sueño de vivir en un mundo en el que esté extinto.  Así que sí, siempre voy a estar al firme.

 

 

Ni a regañadientes

Las primeras luces del alba penetran el cielo
y acaban así el hechizo de la noche
y me quitan el velo
que me hacía pensar que aún era posible lograr eso que anhelo.

Deseo volver a enamorarme de nuevo
sin traiciones, sin mentiras
pero no de cualquiera, no de alguien nuevo.
Mi alma aún se pregunta si será posible curar las heridas.

Vos y yo colisionamos
nos chocamos y fusionamos
y por un tiempo tu dulce disposición y mi ternura se hicieron una.

Vos y yo hoy nos apartamos,
y admito con vergüenza que te lastimé y te hice daño.
Y aún así también admito que aunque sin derecho a hacerlo que te extraño.
Y que con mi mente todas las noches aún te llamo
hasta que la aurora anuncia el inicio del nuevo día.

Hasta los mejores caemos
y aunque me siga perdiendo en tu mirada
y el tiempo pase y me sienta paralizado
ya es momento de levantarme y emprender el vuelo.

Y aún así, a sabiendas de todo, aún te pretendo.
Y aún así, ni a regañadientes estoy dispuesto aún a renunciar
a volverme a enamorar, no de alguien nuevo sino de vos.

Soltar y dejarte ir

Soltar y dejarte ir
y darme cuenta que ya sos libre como el aire
duele y cuesta porque es sentir
que finalmente me rendí.

La espera no puede ser eterna
y hace tiempo ya que me puse a disposición
en la más absoluta e irreductible entrega
para que a mí volvieras
y cada día que pasa, la distancia se siente menos pasajera.

Debo sanar y avanzar,
tomar un nuevo rumbo.
Soltar.

No me rendí
pero no depende de mí
que puedas ver más allá de la noche
y ser, juntos, el día que te propongo.

Cada instante que pasa
siento mi amor transmutado,
como si estuviese resquebrajado
pasado y quebrado.

Soltar y no querer.
Pero me soltaste.
Me agarro y finalmente caigo.
Y me levante tanto que ya no sé si realmente caí.
¿Caí?

No sé si quiero levantarme,
no sé lo que quiero.
Sólo se que mi alma te extraña
que de día y de noche mira el mundo
y por vos clama.

En tu frialdad aún te amo
y sé que aún me amás.
Y con esa convicción miro al horizonte
y respiro aire puro.
Y suelto.
Y sigo.
Lo intenté todo.
Di todo a destiempo.
Sigo adelante.

Ahí recuerdo que mi amor es como el viento
y aunque hayas decidido dejarlo de ver
allí está por ahora tranquilo
como calma antes de un nuevo rugido
que alborote las mareas de nuestros corazones
voraz en la espera de un nuevo comienzo.

El eco de una vieja canción

El carrusel dejó de girar
y la música cesó de sonar
y aunque empeño he puesto
las piezas parecen no querer encajar.

Pareciera que te es imposible perdonar
y que te es imposible olvidar
y yo no paro de recordar…
cuando cruzo la estampa
de una vieja camiseta mía que solías usar.

La ciudad parece impregnada de tu presencia luminosa
aunque, entre nosotros, ambos sabemos que poco la transitás
pero mi mente te ve en todas las cosas
y mi mirada aún busca entre los transeúntes
volver a ver tu roja boca,
tus pestañas largas, tu mirada dulce
y tu piel que contra la mía curtida se ve tan blanca.

Mis oídos se rehúsan poco a poco a escuchar la melodía de la esperanza
de tenerte entre mis brazos
de sentir tu mano fundida en mi mano.

Y cuando la inmensidad del aire pareciera ahogarme
me salva el eco de una vieja canción
y te siento pidiendo una vez más cantarte
esa canción de cuna de una infancia ajena
y ahí parece ser posible por un instante la quimera.

Y ahí yo ya quisiera
convencerte de que mi vida entera
la pasaría haciéndote feliz, si tan sólo así vos lo quisieras.
Si tan sólo vos pudieras.

En esta batalla entre mi amor y tus miedos
yo ya estoy jugado.
Hundiste mis barcos
y de manos y pies me siento atado
y ya es tiempo de que juegues tu última ficha.

Ojalá que la jugada sea lo que tu alma desea.
Ojalá no sea el miedo el que, cobarde, termine la partida.

San Valentín

San Valentin viene hoy a mi en el desencuentro, en el presente aún mancillado por el pasado,
que en clave de tormento,
como venenoso puñal
se clava en el medio del pecho.

Pero yo me se amado
y yo he amado.
El amor nunca debería conjugarse en pasado
porque una vez en el mundo
jamás se da por acabado.

El amor de verdad es eterno
y mi amor, defectuoso como yo
es inmenso como el firmamento
lleno de tormentas como las de hoy
que parecen dar final a nuestro verano.

San Valentín dura solo un día
y la tormenta siempre da paso al celeste alegría
y el gris del inabarcable cielo cambia de color
y de nuevo continúa la vida.

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