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Infinitos

 

Fue en un instante

de susurros que gritan fuertes verdades

que te lo dije

y me pediste que lo repitiera.

 

Me negué como si en eso se fuera mi último hálito de vida.

Me fundí en un abrazo que aún me abrasa.

Me fundí en un abrazo que aún me abraza.

 

Lo siento bien cerca, me siento bien plantando

nos siento a los dos, hombres que son dos rocas

firmes

con miedo a que una ventisca

nos encuentre cerca de un risco

y volando vayamos cada quien a su propio abismo.

 

Vayamos de la mano,

al abismo juntos.

¿Todavía hay tiempo de no hacerlo?

¿O ya estamos flotando en la inmensidad?

 

No lo repetí

porque quiero que el futuro lo firme.

No lo repetí

porque quiero que se repita cuando actúe.  

 

Lo susurré desnudo entre tus sábanas blancas.

La desnude a mi alma

en esa palabra dicha como en penumbra

mientras dorados pasaban

diáfanos naranjas a través de guiños cómplices en la ventana.

 

Enamorado de nuestro minúsculo presente

obnubilado por tu cuerpo lleno de posibilidades

entregado a tu mirada que promete infinitos

y esperanzado con un futuro con signo de interrogación

Ansioso porque ya venga. ¡Que venga ya!

Enamorado.

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El cuarto, un mundo

El mundo es ese cuarto

con ratón en el piso que nunca se mueve

y a la vez tan blanco que cuando entro todo se detiene.

 

Se detiene esa vorágine que vos pareces disfrutar

que tanto miedo me da que a veces te asuste

porque aunque puede que no me guste

sé que te estoy llegando a amar.

 

Las pelvis que se chocan

y las piernas que se entrelazan

tu pelo entrecano

y tu mirada juguetona

que de a poco me envalentona

a decirte que ese cuarto es el universo.

 

Tu cuerpo y el mío

un solo sexo

el sexo que nos iguala

y nos comunica

mucho más que las palabras que a regañadientes uno te quita

de la boca que no expresa más que amor y deseo

y las manos que trabajan en decirme te quiero

en menudencias cotidianas

en las que transcurre mi infinito

y mi instante

en los que repetidamente me repito que en mi presente

feliz uno se siente.

Reflexión: a propósito de Viralata, la memoria, las palabras y los silencios

Acabo de salir de ver Viralata en la Institución Teatral El Galpón. Excelente obra con un gran texto que habla acerca de nuestras raíces, nuestra historia y de las palabras y los silencios. Se centra en la pobreza, en Artigas y en el olvido.

Caminé unas cuadras y me crucé con la puerta de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, lugar que conozco como la palma de mi mano, al punto tal que aún recuerdo el número de teléfono de su secretaría de memoria. No recuerdo a veces ni el número de mi propia casa.

Las puertas estaban abiertas. La misa de la noche empieza 8:30 y ya había algunas personas sentadas, pero el templo estaba mayormente vacío. El olor a madera lustrada me era absolutamente familiar. Las imágenes de la Pasión de Cristo se veían iguales a cuando en un Via Crucis narré alguna de ellas. La urna con una estatua de San José de Cupertino seguía allí, con algo de dinero dentro y muchas chapitas de estudiantes que lograron superarse y adjudicaron a él la fuerza o el aliento para lograrlo.

Me arrodillé y recé. Como hacía tiempo no rezaba. Repetí de memoria el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo. Y pedí encontrar en Dios la fuerza para mantenerme fuerte frente a un futuro prometedor pero incierto.

No creo en la Iglesia como institución pero si me sirve ese lugar para darme unos minutos para pedir, para agradecer y para darme cuenta donde estoy parado.

No olvido ni perdono las atrocidades que se han hecho en nombre de Dios. Pero creamos o no en Dios, responsabilidades debemos adjudicarlas a las personas.

Sin embargo ese lugar cuyos rincones son como una segunda piel fue el único lugar donde me sentí seguro cuando era adolescente, donde le encontré un sentido a mi sufrimiento que gritaba en silencio porque cuando había hablado nadie parecía escuchar. Ni mi familia, ni las otras instituciones a las que pertenecía, como el colegio José Pedro Varela o la Asociación Cristiana de Jóvenes.

Ahí descubrí la importancia de darse al otro y de amar hasta que duela y de ahí nació mi vocación. Yo no sería quien soy sin mí larga estadía dentro de grupos de mi parroquia, que incluso con sus limitaciones me recibió cuando salí del closet. No sería el educador o el hombre que soy sin haber sido parte de la catequesis, la perseverancia, la legión de María.

Hoy elijo no ser católico, elijo que mi trabajo esté despojado de otros mensajes perniciosos que da la Iglesia. Pero por un instante entre y el lugar congelado en el tiempo me hizo volver a otro tiempo en el que allí me sentía seguro y querido y me hizo pensar en que, aunque no podamos volver al pasado, si podemos resignificarlo y mirarlo con amor.

Hoy elijo hacer eso.

En un instante del ómnibus

Medio despierto, medio dormido, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. Medio entre sueños y medio dolido por un final agridulce que trato siempre de no evocar. 

Así estaba en un ómnibus, repleto de gente y sus miradas ausentes cuando de repente, una voz de mujer madura llama de forma casi incomprensible salvo para el receptor, que se acerque, que vaya a ella que a su lado, tres filas de asientos detrás, que había quedado libre un asiento para el.

Lento, pero con el semblante contento, con esa paz de quien va a su hogar, a su seno, a su lugar familiar, el ar mundo cotidiano extrañaba el nuestro. 

Añoré, como frecuentemente me pasa, ir a tu lado en el ómnibus, a lugares y planes que con amor había diseñado y creado y que vos, con incomodidad frente a las sorpresas pero con tu corazón limpio y tu mente fresca siempre aceptabas, incluso a regañadientes. 

A regañadientes yo aceptaba sentarme al fondo como a vos te gustaba, con la ilusión de robarte, pícaro, un beso, o de sentir la tibieza de tus manos en las mías. 

Solo un segundo me hizo pensarte y pensar un universo que ya no existe. Y solo me queda pensar si podré, algún día, atravesar el limbo y construir un universo nuevo. 

El ardor del tiempo

El cielo en su vasta inmensidad es inconmensurable para el ojo humano, aún en el presente, está desde siempre brindándose a la humanidad como bóvedas llenas de diamantes. 

Aún hoy, como tantos otros y otras antes de mi, al mirarlo busco en su belleza misteriosa a ese Dios como fuerza creadora y compañero de ruta, como respuesta y como consuelo, como bálsamo que cura las heridas y como inspiración para ser mejor. 

De repente y por un instante me siento minúsculo e insignificante y en ese mismo instante también me siento infinito por ser parte de un antes y un después que me excede a mí.  Seguir leyendo “El ardor del tiempo”

¿Podemos volver o visitar lugares que nos hicieron felices?

A veces, cuando entrecierro los ojos, te pienso. Te pienso porque me pienso a mí mismo tal y como era en aquellos años. No era ni mejor ni peor que quien soy yo, sino que las piezas de mi puzzle encajaban diferentes. 

En el camino algunas piezas dejaron de ser entre tantos recortes sufridos con el objetivo de poder pertenecer. Otras simplemente aparecieron, germinaron de los restos que quedaban descartadas de otras fichas o aparecieron como por generación espontánea, ¿quién podrá saberlo? Pero sin dudas aparecieron relucientes y listas para ser parte. Para entrar en mi vida. Seguir leyendo “¿Podemos volver o visitar lugares que nos hicieron felices?”

De repente

Y así, de repente, me parece que está de nuevo el amor presente. Me siento predispuesto a la cacería furtiva, a la seducción más clásica y a la galantería más fina. Y el objeto que me deja en esa posición pareciera no estar dispuesto. Su reticencia me esquiva y me hace tener que recurrir a las más astutas de mis picardías. Seguir leyendo “De repente”

Nuestra última pelea

Cuando decidiste dejarme, pensé en darte pelea. Dar pelea a la situación, darle vuelta a la cuestión y volver a tener una relación. Y pensaba durante 365 días escribirte y de alguna manera seguir hablando día a día. Cuando terminaran esos días te enviaría mi libro de poesía que en este tiempo se convirtió en prosa poética, obsequios de cosas que me hicieron pensar en vos en este año…la parafernalia de costumbre. Hasta se me ocurrió una excentricidad. Te dejaría ganar la primera de muchas nuevas peleas… te trataría mejor, con mayor paridad, con genuina entrega…

Mi diario funcionaba porque te conocía tanto que sabía tus respuestas, sentía tus palabras y olía tu respiración… que poco a poco se fue haciendo más difusa, más vaga y más lejana. Tu voz ya no resuena fuerte en mi mente y pareciera que me aferro al recuerdo solo en mi corazón, pero cada vez te escribo menos. Cada vez te siento menos y cada vez te necesito menos.

Y un poco me duele que así sea. Me siento mal por sentir que no cumpliré mi último juramento, el de escribirte durante un año, para que me conocieras de otra manera, para que me vieras diferente y para que me sintieras presente. Y como me siento mal… y como preciso conocerme… y como te quiero, quiero seguir escribiéndote. Y quizás lo haga.  Seguir leyendo “Nuestra última pelea”

Nostalgia

Camino por una calle, o mejor dicho por su vereda, que atravesé mil veces y de pronto vuelve. Las nubes que tapan mi cielo celeste me traen una tarde que ya no existe. Ibas caminando a mi lado, bastante molesto y sin dudas obligado hacia donde yo quería ir, hacia donde yo debía ir. Y así era nuestro amor, condenado porque yo debía aprender en el camino hacia donde realmente tenía que ir, porque no sabía a donde quería ir. Y cuando lo supe era algo tarde para un amor ahogado por el peso del pasado. Seguir leyendo “Nostalgia”

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