Hoy me encontré en el ascensor con lo que creo o creíamos con mi madre era una vecina nueva. Nos llamaba la atención lo melindroso de su estilo, lo harapiento de su atuendo. Sin embargo, al ser una señora grande, no nos mereció más reflexión que la de que curiosa nueva vecina teníamos.

Sin embargo hoy en el ascensor tuve la chance de hablar con ella. Yo, que soy medio arisco con mis vecinos, no hablo mucho. No sé porque, nunca me generó curiosidad entablar más que una cordial relación de respetuosos saludos.

Había forjado, a la fuerza de ella, relación con la abuela del edificio, mujer que vivió allí desde su creación y que no vacilaba en pararte justo cuando llegabas media hora tarde a una reunión, para contarte los pormenores de la construcción del edificio, el cáncer de su marido, su trabajo en CONAPROLE, y como le partió el corazón que para mudarse al edificio tuviese que regalar a sus perros y que nuevos compradores los tuvieran a pesar de las reglas en su contra. Empero sin esa excepción, nunca hablé mucho con nadie.

Y hoy esta señora se sube al ascensor conmigo. En esos pocos instantes me cuenta que la vida es difícil. Para ella es difícil cuidar a una señora mayor enferma. Y más si sus familiares no se preocupan.

¿Ella, que ante mis ojos es una señora mayor trabaja, quien sabe por qué motivos cuidando de otra señora mayor? Quizás por eso su apariencia, mimetizada con su entorno. Pero eso es otra reflexión. Volviendo al diálogo ella me dice que ella cuidó a su madre hasta los 92 años. Suspira. Y dice “Y se me fue la vida en eso…”  medio para que yo lo escuche, medio simplemente para ella.

Quizás era como consuelo, como forma de razonar el porqué de su existencia, o porque en ese instante estaba ante un joven de lentes grandes que la miraba con atención y la escuchaba con respeto. Un joven, que a diferencia suya tenía el futuro por delante. Quizás lo decía como consejo. Esa es mi conjetura más fuerte. Como consejo. Terminó la charla con un simple quizás hay que ser más egoísta en este mundo. Balbuceó algunas palabras más y el ascensor siguió su camino.

Y yo pensaba. ¿Hay que ser egoísta? En este mundo para lograr lo que nos proponemos tenemos muchos obstáculos. ¿Será que uno de nuestros obstáculos es nuestra bondad y don de gente, en suma nuestros valores? ¿Será que podremos ser egoístas para alcanzar resultados?

Para algunos la respuesta es muy sencilla. Para otros de una tremenda complejidad. Yo me encuentro en el primer grupo. Para mí los valores son lo que guían mi vida. Puedo descarriarme de ellos, pero sin ellos no tendría orden alguno mi existencia. Sin embargo en mis acciones se refleja que si bien mi corazón y mi parte más racional de mi cabeza piensan eso, instintiva e intuitivamente a veces actúo de acuerdo a mis intereses y no en consecuencia a mis valores.

Entonces en esa dicotomía pienso, ¿hay que seguir los valores siempre? Creo que los valores son ideales, modelos a seguir, y no podemos seguirlos siempre. A veces defender la vida es un valor que tenemos pero protegemos la propia porque no nos animamos a detener un crimen. ¡Y así con todo! Esta señora perdió su vida, o gran parte de sus años cuidando de un ser querido. Y dijo “No me arrepiento, puedo dormir tranquila” y posó su mano en el pecho, cerca del corazón.

Pero ¿no podríamos tenerlo todo? Tranquilidad de espíritu y una vida plena parecen cosas básicas. Sin embargo a veces estamos en la disyuntiva de cómo hacer para cumplir con los otros, y básicamente con nosotros mismos y nuestra consciencia. Y también cumplir nuestros sueños.

Todo es cuestión del equilibrio, de la reflexión y de priorizar. Tener los valores como ideales a seguir y las ideas sobre quienes queremos ser bien claras.

Anuncios