ImageHace unos días un amigo escribió en Facebook si conocíamos a alguien que hiciera voluntariado y eso me inspiró a escribir mi historia.

Les voy a contar algo personal, una historia que habla de mi cosmovisión, de cómo veo la vida y de cómo decidí, desde joven vivirla. Al menos en una dimensión.

En estas últimas décadas en nuestro país hemos visto como el trabajo voluntario en los jóvenes ha aumentado significativamente, quizás como consecuencia de un cambio de mentalidad, de agotamiento de otros modelos de involucramiento juvenil en la sociedad, o buscando como ser actores activos en el entorno en el que nos movemos.

Lo cierto es, que en otras partes del mundo no son solamente los jóvenes los que hacen trabajo voluntario, sino que gente de todas las edades hacen trabajo voluntario y por largo tiempo. Incluso el Estado uruguayo reconoció el valor de dicho trabajo y legisló para regularlo.

Sin embargo muchas veces cuando yo hablo de estos temas los adultos me dicen que es algo de jóvenes, que cuando aparezcan las responsabilidades de la vida adulta ya no va a haber lugar para el voluntariado en mi vida. Quizás es una verdad para muchos, de hecho conozco mucha gente que fue compañera en actividades voluntarias y que hoy no encuentra lugar para eso en su vida.

Sin embargo tiene que ver con el valor que le damos al voluntariado en nuestra vida, es decir, si tenemos consciencia de que estas actividades no son algo que nosotros hacemos por otros, sino para nosotros mismos, y todo lo que podemos ganar al dar. Tanto aprender habilidades, conocer nuestra sociedad y conocernos a nosotros mismos, son cosas que las actividades voluntarias nos permiten hacer.

Si hay algo de lo que sé, es de las actividades voluntarias.

A los 12 años ya en el colegio me involucré en las colectas de ropa y juguetes para dar a las Damas Rosadas. Participé en toda actividad extra curricular que se me cruzara, desde cursos de historia de la filosofía en la Asociación Cristiana de Jovenes, coro, club de ajedrez, teatro, etc.

Un poco más grande me involucré en los grupos de catequesis y perseverancia de la iglesia y hasta participé cantando en la kermesse que la Iglesia organizaba para juntar fondos. Luego en 2006 comencé a participar en las colectas de un Techo para mí país.

En 2008 y hasta hace unos meses (mayo de 2013) trabajé para AIESEC en Montevideo. Esta experiencia de voluntariado fue increíble. Aprendí muchísimo sobre mí porque me enfrenté a grandes desafíos, para los cuales no estaba preparado. AIESEC es una ONG internacional, la organización de estudiantes más grandes del mundo (presente en 1700 universidades de 110 países del mundo), que funciona como una empresa. Su objetivo es promover la paz y el desarrollo humano a través del trabajo en la organización, que permite generar experiencias de intercambio laboral.

Trabajé en el área de recursos humanos, en la parte de educación (para que otras personas se formen tanto en valores como en aspectos técnicos del trabajo que permite que existan pasantías laborales en Uruguay y uruguayos se vayan al extranjero) y reclutamiento de miembros. También en el área de marketing, en la redacción y corrección de textos, producción de contenidos, y branding.

Asimismo en la medida que iban apareciendo proyectos en específico, me fui involucrando y llegué a coordinar un proyecto social cuyo cometido es llevar el mundo a las aulas y presentarles distintos talleres con temáticas que no se abordan en los cursos regulares, que se llama EduAction. Este proyecto está presente en varios países de Latinoamérica y es financiado por Gerdau, una empresa metalúrgica. También fui pasante de dicho proyecto en Porto Alegre, Brasil.

En estos años también me involucré en otros trabajos voluntarios. Fui becado a Estados Unidos entre setiembre de 2009 y mayo de 2010. Allí trabajé como tutor de forma honoraria en un liceo, ayudando a alumnos con dificultades en distintas áreas del conocimiento. También estuve en STAND, una organización con presencia en muchas universidades de Estados Unidos cuyo cometido es la prevención de los genocidos, así como también conocer que ocurre en el mundo en materia de derechos humanos.

En 2010 al volver al Uruguay integré el grupo  de género y diversidad de una agrupación política, pasando en 2011 a trabajar en dicha temática en un grupo de Amnistía Internacional. En estas instancias generé contenidos, así como también participé en la organización de talleres.

En esos años me uní a una ONG que se llama Serví Tu Ciudad, que hace proyectos simples, prácticos y creativos. Participé en su semana de servicio en 2010  y en 2011, ya desde la junta directiva de la organización ayudé a que se efectuara. También participé como tutor del taller en Liderazgo y Gestión de Proyectos Sociales que Serví Tu Ciudad y la Asociación Cristiana de Jóvenes ofreció en su conjunto.

En 2012 comencé a trabajar en el Proyecto Shoa. Este proyecto , a través de la enseñanza de lo que ocurrió en el holocausto del pueblo judío y usando una historia personal, trata de generar consciencia de lo enriquecedor de la diferencia y de que las diferencias no nos hacen mejores ni peores, simplemente diferentes, y que tenemos que respetar eso. Hacemos talleres en todo el país, con alumnos de tercero de liceo en adelante, habiendo algunas pocas excepciones.

Este año sigo trabajando en el Proyecto y a su vez me uní al grupo de inglés de Un Techo para Mi País para enseñar los sábados de tarde inglés como parte del programa de habilitación de los beneficiarios del Techo.

Todo lo que les conté fue en paralelo con una vida personal, con familia, amigos, pareja, estudios. Es decir, el lugar que uno le hace a las tareas voluntarias depende de cada uno. Depende de vos decidir cuánto tiempo donás para hacer al mundo un lugar mejor, y con eso, hacer que vos seas mejor persona. Mejor, por los aprendizajes prácticos y teóricos que el voluntariado te regala, como también por hacer que tu propio alrededor mejore y básicamente ser éticamente mejor.

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