Las relaciones humanas son complicadas. Las amorosas aún más. Cuando corté con mi novio por la millonésima vez, por mi culpa me devolvió un regalo. Le había regalado El Principito, de Antoine de Saint- Exupéry que este año cumplió 70 años.

Algún día leeré de nuevo el libro y subrayaré las frases más famosas para compartirlas con ustedes.

Image¿Por qué le había regalado ese libro? Hay miles de razones por las cuales regalar El Principito a alguien, pero la mía era muy particular. Él me había domesticado.

Entonces, un día especial organizamos un picnic. Fue un día terrible y oscureció temprano. El picnic terminó siendo en el balcón de su casa. En el claroscuro del atardecer le leí el fragmento que me hacía pensar en nuestra relación. Él es mi Principito.

En este fragmento, el autor en la voz del zorro nos cuenta como domesticar a las personas, es decir cómo hacerlas nuestros amigos, nuestros amores. Es un proceso lento en el que la cautela, la generación de hábitos y expectativas, juegan un rol importantísimo. Así comenzamos a sentir necesidad del otro. El otro se convierte en alguien diferente a todo el resto de los hombres o mujeres del mundo. Se vuelve esa persona especial. Ese amigo, ese amante, ese confidente.

Por eso, aunque muchas otras personas parezcan iguales a esa especial, simplemente no lo son. Por eso, en el caso de las relaciones sentimentales, por más que una persona resulte atractiva a los ojos o encantadora en su actitud, no es la persona especial que nos domesticó y que hemos domesticado. Es por eso que para el Principito, su rosa (por la cual pasó varias vicisitudes) es especial, por más que reconozca el resto de las rosas también sean hermosas.

Al final de este proceso, como despedida, el zorro le revela un gran secreto:

Lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve bien con el corazón.

Por eso, el corazón es el que nos indica que hacer en muchos casos con respecto a los seres amados, es el corazón el que perdona, el que siente, el que está dispuesto a dar otra oportunidad y por eso, aunque las hojas de ese ejemplar del Principio sean hoy basura, mi relación no lo es. Es sana y tiene futuro.

Para que eso pasara, muchos cambios tuvieron que ocurrir. Para que cualquier relación humana tenga un futuro y una proyección hay que invertir tiempo y sacrificio, sembrar semillas buenas y dar todo de sí para poder cosechar bien. 

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