2012-2013 fue un año en el que experimenté mis primeras experiencias adultas en algunas dimensiones.

Al volver de Estados Unidos en 2012 y asumir mi identidad sexual, estuvo la inevitable consecuencia de que había alguien hacia quien dirigir mis deseos y emociones tanto eróticas como sentimentales o incluso amorosas.

Pasé por un montón de experiencias. Conocí mucha gente. Alguna me dejó ideas o cosas interesantes. Otras fueron un fracaso o un mal recuerdo. Con muchas sentí placeres momentáneos y dejé de verme como ese niño católico, sobreprotegido entre sus libros y sus ideales abstractos, con una sexualidad aprisionada para ser una mezcla de salvajismo y locura con fe, con inteligencia, con ganas de ser un “agente de cambio positivo”, frase de la organización AIESEC a la que pertenecí muchos años, pero que engloba eso de ser una buena persona y dejar mi huella en el mundo.

En esa vorágine no viví un amor verdadero hasta octubre del año pasado. Para mí los actos de amor eran las escenas imaginadas de novelas clásicas o las fílmicas demostraciones de amor entre dos actores que simplemente están trabajando.

Pero en ese mes, en ese octubre frío, en un lugar poco pensado, lo conocí.

Desde el comienzo fue peleador, provocador, interesante y el hombre más lindo que yo había visto. Unos ojos que tienen una mirada expresiva y llena de emociones, enmarcada en una infinita línea de pestañas.

Me invitó un Smirnoff ice. Yo tenía cuatro pesos en el bolsillo.

Me invitó muchas cosas pero la invitación más especial que me hizo fue a soñar una vida juntos.

Y ese sueño caló hondo en mi corazón.

Pero tengo otros recuerdos. Un día, o mejor dicho una madrugada, me acompañó al hospital caminando, porque me faltaba medicación.

Me bancó verme leer durante horas “Mandato de sangre” y que yo le hable permanentemente de la Shoá (holocausto del pueblo judío) e incluso miró conmigo “Más allá de Treblinka”, un documental uruguayo duro, complejo y triste.

Soportó y me ayudó a superar las limitaciones íntimas, llegando a encontrar nuevos límites. Hay una noche, en febrero, que redacté con muchos detalles en mi diario, en la que me enseñó que es hacer el amor y como difiere del sexo. Por más buen sexo que uno pueda llegar a tener.

En verano me sorprendió yendo a donde yo veraneaba con mi familia. Nadie había hecho algo tan dulce por mí.

La dulzura con la que me cuidó en mi diabetes, en mi locura, en mi transición a la salida de AIESEC y a mi pasión por el Proyecto Shoá fueron actos de amor que parecería que implican poco pero fueron la entrega total de su corazón, cuerpo y alma.

Siempre quiso lo mejor para mí. Aún lo quiere. Incluso en el final, me propuso acompañarme a ver cantar a papá para ver si recomponemos esa relación tan maltrecha.

Recordar esa entrega, sentir que pude haberme entregado más, sentir que no la merecí, que no supe conservarla, que no supe ganarla, y que quizás nunca vuelva a vivir una historia así hacen que hoy termine de escribir con lagrimas estas carillas.

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