Ayer fue Halloween. En el trabajo representamos como equipo a una película sobre exorcismos. Yo, con todas los objetos cristianos que tengo, decidí colaborar en la decoración. 

Nunca planee que a la vuelta estaría emocional y físicamente cansado. Pero el ómnibus pasó rápido. Sin asientos libres por supuesto. Hasta que por fin lo ví. Era chiquito porque una señora gorda y con equipaje ocupaba el otro asiento. Nadie había querido sentarse a su lado. 

Yo, entre mis valores y mis ganas de demostrarme a mi mismo que no discrimino y el peso que cargaba me senté. Y la ví. 

Una piel límpida y blanca, como porcelana, un sentido del estilo prolijo y unos ojos de infinito azul. 

La charla fue de las cosas más simples y cotidianas. Del tiempo, de los horarios de los ómnibus y de lo horrible que es estar cargado. 

Cuando bajó se despidió con una sonrisa que yo no voy a olvidar. No sé si le pasa seguido de sentarse sola, solo por ser gorda, solo por dejar poco espacio, pero ojalá no le pase, ojalá se mire y vea lo que yo vi. 

Ojalá el resto de nosotros veamos lo que yo vi ayer en ese ómnibus. 

Anuncios