Creo que es hora de escribir esta historia. La he contado fragmentada a lo largo de los años, a algunos de mis amigos, a mi psicóloga, a mis estudiantes en Proyecto Shoá y a mis propios compañeros del proyecto, pero nunca de forma organizada y completa. Y esta historia es en parte quien soy, lo que me moldeó para ser una persona increíblemente loca, apasionada, atormentada, con un gran poder de empatía y una sensibilidad enorme.

Probablemente me falten adjetivos y características que mi historia personal de bullying me dio. Quizás nunca sepa quien hubiera sido sin todas esas vivencias que me marcaron de forma indeleble. Pero tampoco querría serlo, porque hoy mi historia me empodera y me permite ayudar a otros.

Para entender lo que me pasó vamos a definir el bullying brevemente.

Como dice Fabricio Chavez en B de Bullying pág 12:

El bullying se refiere al hostigamiento, acoso, maltrato psicológico (insultos, apodos molestos, aislar a alguien, esparcir rumores sobre esa persona, difamarla sistemáticamente, etc.), maltrato físico (golpes, arrojarle cosas a una persona sistemáticamente, tirones de pelo, etc.); acoso sexual (manoseos, besos contra la voluntad del otro, etc.) de forma reiterada y a lo largo de un tiempo determinado.

Comencemos por el comienzo. Nací el 2 de mayo de 1990. Primogénito de un matrimonio joven. Pronto, comencé a dibujar y jugar. Mis dibujos mostraban a la figura femenina más grande que la masculina, situaciones que cuestionaban el género que yo debía portar. Mi hermana, que nació al tiempo, tenía juguetes que a mi me tentaban, muñecas. Objetos que no eran de varoncito. Además no era muy sociable.

Mis padres, muy preocupados me llevaron a una clínica para ver si era un asunto psicológico, o al menos eso es lo que yo recuerdo y tengo en papel dentro de mis carpetas. Allí les dijeron varias cosas, les dijeron que era un chico muy inteligente, pero también hablaron del género .Seguramente quien me evaluó no había leído a Judith Butler y como se construye el género.

Butler dice brevemente sobre el género:

Se relaciona la capacidad del lenguaje con la configuración del género. Ésta se da primero en torno a la forma en que el sujeto se anticipa ante una esencia socialmente construida del género. Butler explica que la repetición constante la ley heteronormativa que construye al género. Butler propone subvertir la visión binaria del género y observa que: “Encontrar el mecanismo mediante el cual el sexo se convierte en género supone precisar no sólo el carácter construido del género, su calidad innatural e innecesaria, sino la universalidad cultural de la opresión en términos no biológicos.

Pero yo seguí con mi sensibilidad, con mis juegos algo femeninos y con mi forma de ser. Hasta que llegué a jardinera. Allí, en una jardinera de una escuela pública, aquel niño delicado criado entre algodones estaba completamente indefenso. Mi primo, un varoncito común, metido en el heteronormativo mundo en el que vivimos, me defendía mucho. Sin embargo un día hasta me amenazaron con un cuchillo. Ahí mi familia optó por cambiarme a un colegio privado.

La situación en el colegio privado en primero de escuela no mejoró mucho.  Mi delicadeza, mi rara forma de relacionamiento con mis compañeros, que mi primer dibujo en la clase de la amorosa maestra Beatriz Santiago fuera una mancha negra (mostrando un poco mi estado ánimo en el momento) no colaboraron a que me integrara.

El colegio y mis padres tomaron cartas en el asunto. Fui a apoyo escolar y pedagógico en el colegio y también de forma privada durante años. Sin embargo los niños y niñas que no me integraban, que me trataban mal, que me criticaban el color y la forma de mis dientes, el uniforme, la musculosa que tenía debajo de la camisa diciendo que era ropa interior femenina, que me trataban con epítetos de mujer todos los días, que apenas me hablaban o se burlaban de mí.

Me refugié en los libros y en las bibliotecólogas, Norita y Gloria, una mujer amorosa que siempre me comprendió y me dio amor que me faltaba tanto. Me introdujo al maravilloso mundo de la palabra escrita –junto a los desesperados esfuerzos anteriores de mis padres porque aprendiera a leer- y me hizo feliz.

Sin embargo que fuera el niño que se pasaba el recreo en biblioteca o leyendo en el patio en los carnés escolares calificaba como mal relacionamiento escolar cuando el ostracismo tenía una clara razón de ser.

Y el bullying no terminaba en el colegio. Yo siempre fui a la Asociación Cristiana de Jóvenes a hacer gimnasia.

Especialmente cuando me vino diabetes con el estrés post traumático de ver el derrame cerebral de mi abuela estando en casa con ella prácticamente solo, el ejercicio se volvió necesario.

Yo era torpe y lo soy para todo lo que tiene que ver con deporte, con coordinación, etc. Y el bullying más físico apareció. El uniforme de la ACJ en los noventa era un short corto blanco, championes blancos y remera blanca (elegantísimo si lo pienso al día de hoy, pero que nadie cumplía). Por ese lugar empezaron las burlas, por lo prolijito que iba a hacer gimnasia. Luego nadie me quería elegir en los deportes, gritos y burlas aparecían en el vestuario. Algunos educadores trataron de hacer algo, pero al igual que en el colegio, educadores y compañeros fueron en su mayoría indiferentes.

Del club hay dos episodios que tengo marcados a fuego. Todos los años me obligaban a ir a los campamentos (como también me obligaron a competir en gimnasia y a asistir a las clases hasta que negocié ir solo a natación). En uno de los campamentos conocí a Noelia y nos hicimos “novios”. Básicamente jugábamos a las barbies juntos, pero ella tenía otro “novio” el cual me acosaba en el vestuario, me intimidaba físicamente y hasta casi me pega más de una vez. El miedo con el que iba al gimnasio era terrible.

Los rumores esparcidos sobre mí, que en el campamento quería ser mujer, porque me puse un disfraz, que era mujer y no tenía genitales, etc, en la escuela y en el liceo rumores sobre que cosas hacía o dejaba de hacer eran la norma. Incluso el novio de mi mejor amiga del momento los esparcía y ella no hizo nada.

En el transcurso escuela y liceo algunos compañeros de ambos lugares se me acercaban y eran amigables y la vida parecía mejorar un poco.

Uno de los peores años. Donde el abuso verbal fue mas fuerte y cruel. Yo, lo tapaba con una sonrisa y prolijidad.
Uno de los peores años. Donde el abuso verbal fue mas fuerte y cruel. Yo, lo tapaba con una sonrisa y prolijidad.

Hasta que el liceo volvió a hacer las cosas insoportables. En el liceo las bromas se recrudecieron respecto a la sexualidad y a mi completa ignorancia sobre el tema. Yo solamente sabía sobre reproducción, pero era un niño bastante santo, que vivía en un mundo de Mujercitas, de Viajes al Centro de la Tierra y de Historias de Dos Ciudades, es decir de libros, y no de personas con vocablos como pajero, que fumaban y jugaban a ser mayores.

Mi colegio era muy permisivo, mi generación pasó por encima a los docentes en actos de rebeldía muchas veces. Pero un compañero hizo tantas cosas, entre ellas atormentarme a diario que lo invitaron a retirarse. Fue de los pocos momentos que tomaron acciones a mi favor. Sin embargo el grupo de indiferentes seguía sin hacer nada, y los que eran cool (es decir los que se drogaban, tomaban, salían a bailar, tenían asignaturas bajas y un sentido de la moda muy parecido al de Avril Lavigne) seguían molestándome.

Hubo un caso en el que robaron un escrito de geografía sobre Japón y Asia. Toda la generación pleaneaba sacarse entre 6 y 8. Yo estudié muchísimo y saqué 11 o 12, no recuerdo. Todo el asunto se supo y como yo era anti copiarme por mi ética me culparon a mí de soplón. ¡Yo ni sabía de lo que estaban hablando, si a mí nadie me hablaba nunca de nada!

En las clases de gimnasia hasta los profesores tenían actitudes malas y condescendientes conmigo. Los compañeros no me tenían piedad.

Y en el club me pasaba lo mismo. Las burlas, físicas, verbales iban creciendo. Hasta que el abuso tuvo otra dimensión, la sexual. A los 12 años, nadando, yo me quedaba jugando con un chico un poco más grande, que tendría 18 años, que en retrospectiva quizás hasta lo encuentro bonito pero jugando a las atrapadas me empezó a manosear y yo lo viví con mucha culpa, mucha angustia, como una verdadera invasión a mi privacidad. Fue un momento horrible, me bañé llorando y durante años nunca fui al club en ese mismo horario. A los 15, 4 chicos vinieron a decirme cosas, a querer que los tocara en una de las duchas, porque total, yo era el puto del club, el que no valía nadie, y por el que nadie iba a hacer nada. Y yo así me creía.

Lo que me salvó de caer en eso, al menos en ese momento fue que surgió y creció en mí una fuerte fe en Dios y me metí de lleno en la Iglesia Católica. Esto me generaba culpas pero también un ambiente de pertenencia que hasta el día de hoy algo de cobijo me da.

Seguí con mi intelectualidad y mis gustos peculiares, hice pocos amigos y mucha gente me trató mal. Mi mamá me obligaba a ir a los cumpleaños y a vincularme, desde chico y siguió haciéndolo, incluso en la época del divorcio. Sin embargo cada vez yo cedía con más facilidad para parecer normal.

Casi nunca me divertía, me costaba encontrar un grupo de gente con quienes bailar. Una chica una vez pretendió más de mí de lo que yo podía darle y fue una situación muy incómoda para ella, hermosa como modelo y para mí.

Los años pasaron y el abuso bajó un poco y como una amiga me recordaba, en 6to año era “amigo de todos”. Eso es una falacia, era amable con todos, pero muchos seguían tratándome mal. Por ejemplo cuando defendí a una chica que no era muy querida que le robaron su celular otros compañeros y yo sabía quienes eran y hable para que lo devolvieran, pero sin embargo los malos tratos siguieron. En el viaje de egresados también, aunque ya había más gente para refugiarme.

Y finalmente el liceo terminó. En la facultad mostré una vivacidad, espontaneidad y sociabilidad que nadie creía esta historia. Sin embargo, la empezaron a creer cuando vieron que salir conmigo por la calle o a determinados bailes implica a veces epítetos ofensivos contra mi identidad sexual. No de género porque finalmente me definí masculino, pero si de identidad sexual.

Siempre fui bueno, nunca me defendí, ni en la escuela ni en el liceo. En parte porque me auto culparon de lo que me pasó. Era yo el que tenía problemas de relacionamiento, no el grupo. Era yo el diferente, no los demás. Pero también porque la reiteración hizo que yo me creyera menos, y débil y que no iba a poder contra todo lo que tenía que enfrentar. Me sentía contra viento y marea completamente solo. Mi autoestima, mi forma de vincularme con mi cuerpo, con los hombres, con mis amigos y mi familia está unida a esta historia.

El abuso bajo un poco después de este año, y tuve algunos rescatadores en esta época. Uds. saben quienes me cuidaron y me apoyaron.
El abuso bajo un poco después de este año, y tuve algunos rescatadores en esta época. Uds. saben quienes me cuidaron y me apoyaron.

La lucha sigue. Hoy uso mi historia para inspirar a otros a que se puede salir adelante, a que se puede ser feliz. Las cicatrices siguen curando, el pasado sigue estando ahí y me afecta mucho hasta el día de hoy, pero hoy puedo decir que soy un sobreviviente.

UPDATE:

Mariana Martinetti, una amiga querida de Bahía Blanca me pasó este video que complementa esta historia.

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