Ese día te conocí. Hoy sería un año y un mes desde aquel encuentro fortuito. Fortuito porque me alegro de haber vivido todo lo que viví contigo. Entre lo bueno y lo malo crecí.

Aquella noche estaba aburrido. Aburrido y solo. Pensaba en lo difícil que era readaptarme a la vieja vida en Montevideo, estudiando una nueva carrera, o dos mejor dicho, pero sin ninguna pasión. Había vivido la mitad de mi año en Brasil, había tenido un amor de verano y también me había enamorado de educar jóvenes.

Aquella tarea me encantaba y había podido seguirla en Proyecto Shoá. Sin embargo, AIESEC ya no me llenaba del todo, y sentía irse lo único a lo que había pertenecido durante 5 años. Vos me ayudaste a despegarme de ese pasado y a seguir adelante. Como me ayudaste en tantas cosas importantes. Por eso no me arrepiento de la historia de amor que vivimos.

Volviendo a aquella noche, me conecté y me encontré con un chico que también estaba aburrido, que no tenía con quien conocer la noche y decidimos salir. Yo no tenía plata, pero él me iba a pagar las cosas, a cambio de la compañía. Triste pero cierto.

Llegamos al baile y no podíamos entrar. Y en el fondo estabas vos. Hermoso, como te describí en el poema anterior. Yo le dije a Rama, mirá que lindo el del fondo. Rama ni te vió en su momento, pero yo estaba deslumbrado.

Hice lo que nunca antes, tratar de ser descarado con las miradas. Sin embargo nos ganó la timidez hasta que tu amiga, que es todo menos tímida me gritó y yo fui a ver que quería. Rama iba detrás.

Se generó todo un juego de hacer un after para poder quedarnos solos. Juego gracioso porque Rama no se iba y yo no estaba seguro de que quisieras conocerme a mí. Finalmente todo se dio como tuvo que darse.

Me peleaste con cada cosa que dije. Me robaste sonrisas y después de esa noche quise estar todas las noches contigo. Ni recuerdo exactamente todos los detalles de aquella noche. Pero recuerdo sensaciones que me embriagan hasta hoy.

Fue una historia con luna de miel, con vencimiento por mi estupidez, con altos y bajos pero que nunca voy a olvidar.

Contigo aprendí que no puedo tenerlo todo, pero que ese todo puede ser redefinido en una persona. Hoy me doy cuenta que lo tuve todo, y quise más.

Contigo aprendí a sonreírme de mis errores, de mis defectos y a ser más autocrítico también, menos indulgente conmigo mismo en algunas cosas, y menos duro a la vez en otras.

Contigo aprendí que la mentira tiene patas cortas. Que ser honesto es realmente la mejor política. Me costó aprender eso.

Contigo aprendí que no puedo ser de plástico y tratar de agradar a todos, que ser tan educado puede parecer falso, porque de hecho tal vez lo sea.

Contigo me di cuenta de cuanto heredé de los comportamientos de mi familia.

Contigo aprendí que quiero de una relación y del amor. Y de la vida en definitiva.

Por eso no me arrepiento de haber salido con mi chaqueta de cuero y mi cruz ese 8 de octubre de 2012.

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