Aún se encuentran al rojo vivo

la herida de que te fueras.

Trato de acariciarla , para ver si puedo soportarlo

con la delicadeza de un endeble castillo de naipes vuelvo a caer.

 

Al rojo vivo vuelven a estar mis ojos

de llorarte sin tener la certeza absoluta de que sea mutuo.

No es solo doloroso, sino hasta molesto,

como quitar de la planta de los pies mil abrojos.

 

Abrojos que yo permití que se clavaran.

Por dejar desnuda mi alma,

por no protegerme de mi mismo

por tentarme a soñar despierto.

 

Cuando se que todo es incierto y las cartas están echadas.

Cuando sé que la suerte no está a mi favor.

Cuando sé que nuestro tiempo,  ya esta guardado en una caja fechada.

 

Aunque me muestre mejor, es solo mi fachada.

Siempre cambiante, siempre buscando el encanto,

como si mi mundo interior no estuviera en llanto.

 

A veces mundo interior y exterior coinciden

sin ser esto una bella coincidencia

sino la ebullición de sentimientos inevitables.

 

Por lo menos siento, y eso es vivir.

Aunque a veces me sienta como muerto en vida,

La vida sigue y por más que milagros pida

lo hecho esta hecho.

 

La crisálida se rompió y emprendió vuelo

y en ese vuelo me dejó atrás.

Apenas la veo, con mis ojos dañados

con mi mirada cansina.

 

Pero se que ya no está conmigo

sino en la inmensidad del espacio cerúleo

y que con esa suerte en mi baraja

tendré que emprender mi propio vuelo.

 

¿Quién me obliga a volar?

Quizás tenga que permanecer un poco en tierra

contemplando los restos de mi amada crisálida

para que una brisa caprichosa no se los lleve a los confines del fin del mundo.

 

Pero en realidad, llevo dentro los restos de mi crisálida,

de nuestra crisálida.

Lo que no tengo, y por lo que lloro es  por la mariposa

que la sentí mía, tanto que la estrujé en mis manos

hasta que decidió salir como torbellino a volar valientemente.

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