Pensé en escribir un poema, con un titulo intrigante.

El titulo está, pero ¿de qué hablar?

¿De cómo un día se parece al otro?

De cómo los días algo diferentes son fatigantes.

 

Puedo hablar mucho del devenir de los días.

De cómo llegan y se van, sin que realmente nada cambie.

Como si fuera dueño de mil vidas.

Dejo pasar auroras y crepúsculos.

 

Antes los días estaban llenos de bullicio.

Quizás artificioso, quizás insostenible,

donde el día se volvía noche y hacerlo todo nos parecía posible

aunque eso ya terminó, y terminó en desquicio.

 

Ahora las semanas y los días transcurren con languidez

y yo soy consciente de mi pequeñez

de lo endeble de mis esfuerzos

de lo simple de estos versos.

 

A veces dejo que la vida me meta en situaciones

que cortan de raíz con estas tristes emociones

pero no sé por qué tengo la costumbre

de que lo negativo corte con la lumbre

que esas situaciones prendieron.

 

Tengo que dejar de hacerlo,

como estoy proponiéndome y enfocándome en un día a la vez

aunque sufra algún que otro revés

porque cuando la lumbrera crezca

la cizaña, que no tiene culpa de su esencia negativa

quedará claramente separada del trigo.

 

Supongo que si estoy escribiendo un poema.

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