El otro día fui a hacerme análisis de sangre de rutina, por la diabetes, y al salir lo primero que quise fue comprar algo de comer,  doce horas de ayuno no son para cualquiera. Estaba famélico.

El supermercado, de sus 8 cajas, tenía solo dos abiertas. Fui a la que se suponía era rápida. Solo llevaba mi clásica Pepsi light y un alfajor. Sin embargo resultó ser la más lenta. La caja recién abría, la cajera no tenía cambio de billetes de relativo poco valor como 200 pesos, había gente mayor antes que yo.

Y detrás empiezo a escuchar críticas,  hablando mal de la cajera primero, luego de la clienta, comentarios que llegaron al punto de ser antisemitas, “Y si, seguro que es judía no quiere pagar.” Luego siguieron, “y quién va a querer pagar, este gobierno nos está hundiendo” Y de ahí faltó criticar a Dios, porque todos se unieron en una sola crítica y nube de negatividad, hasta parecía vérsele una nube negra por encima de sus cabezas. Cada quien criticando a quién mejor le venía en gana en vez de concentrarse en ver la situación que estaba pasando.

Sólo uno dijo, y sí, con la reforma gigante que hicieron en el supermercado probablemente ahorren en personal en la mañana. El supermercado estaba como nuevo, y con 8 cajas disponibles y gente deseando trabajar, seguramente sea ese el caso.

Sin embargo, hasta que esa persona dijo eso, y como era un adulto y sonaba razonable fue aceptado (porque yo ya había hecho otro comentario, apelando a una actitud más positiva, comentario al cual ladraron, diciendo que yo porque era joven, que no tenía obligaciones, cuando en realidad estoy atravesando un momento difícil en mi vida, que por supuesto no me interesaba compartir con gente tan cerrada como esa).

Las críticas siguieron hasta que cada uno pagó. Cuando fue mi turno, la saludé con la mejor de mis sonrisas (aunque no tuviera tantas ganas de sonreír), con los mejores modales, y ella esbozó una sonrisa.

Hacía muchos años, cuando estaba en catequesis nos decían que dedicáramos un acto a Dios en el día, creo que ese fue mi acto del día. Volví a esa costumbre de hacer al menos una cosa bien, no sólo por Dios sino como ejemplo cuando voy a dar los talleres de Proyecto Shoá. Y como viene el verano y uno se olvida de lo que es estar parado y ser un ejemplo para los chicos a los que les habla, seguiré con esta práctica lo más que pueda.

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