Rayos ardientes de Sol

ayer quedaron atrapados en mi piel.

Por lo que hoy decidí que sólo la cálida brisa me acariciara,

mientras caminaba por la eterna costa de Montevideo.

Juguetona me mimó durante más de una hora,

con un cielo cubierto de algodón

que como armadura me protegían

y tapaban los últimos débiles rayos del Rey del cielo.

La hora pasó, y la Luna no decidió saludarme

y ante tal desaire

la lluvia apareció.

Las gotas se robustecieron y la brisa rápidamente se convirtió en viento.

La velocidad de quienes me rodeaban aumentó

protegiéndose de un monstruo invisible.

Yo no lo veía,

no lo sentía

y por eso alarma no tenía.

Mantuve mi velocidad y de repente

Observo que el mundo vuelve a la normalidad.

La gente camina y corre, como antes.

Pero nada es como antes.

Ahora disfrutamos del olor a mojado,

de agua fresca entre las infinitas hebras de cabello,

y de pequeñas gotas en nuestros ligeramente cubiertos cuerpos.

La lluvia de verano es una fiesta para los sentidos,

pero hoy el que más disfruté fue el olfato.

Pasto mojado mezclado con olor a río que quiere ser mar,

arena y viento que vuelan trayendo sus fragancias de playa.

Quienes no vimos al monstruo,

quienes no corrimos y decidimos seguir

fuimos invitados a esa fiesta.

¡Y cómo la disfrutamos!

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