Quienes me leen saben que soy cristiano. Quienes me conocen saben que tengo una forma particular de vivir la fe, con raíces católicas pero siendo bastante liberal en mi conducta. Lo reflexionaba hoy con Luciana, una persona linda que conocí este año, me considero devoto y creyente pero no del todo alineado a la institución Iglesia Católica. Por obvias razones.

Sin embargo el pensamiento social de la Iglesia y las acciones positivas que tiene en distintas comunidades –que muchas veces se ven tapadas por los escándalos, las teorías conspirativas y el brillo molesto del Vaticano- va mucho con mi forma de ser y pensar.

Mi formación en el voluntariado, mis valores y quien soy están forjados en lo que es la caridad cristiana, en dar la otra mejilla, en perdonar y tratar de ser siempre una mejor persona. Obviamente que evolucionaron conmigo al crecer, pero la base está ahí.

Entonces la semana pasada, al ir caminando me crucé con una de las hermanas del Colegio Nuestra Señora del Luján –que queda a una cuadra de casa- y decidí preguntarle, porque había escuchado previamente algo sobre misas en el colegio. Decidí preguntarle si había misa en el colegio y en que horarios eran. Me contestó muy amablemente que eran de lunes a viernes a las 8 de la mañana y me explicó que el párroco cambiaba y a veces venía uno de tal lugar y otras veces de otro lugar. Me dijo los lugares exactos. Yo, obviamente, no los retuve.

Para mis adentros pensé: “Si seguro voy.” Y después: “Dale Fabián, no te engañes, ¿8 de la mañana? Apenas podés levantarte cuando tenés una obligación”. Y así fue pasando la semana. Y como hay otras iglesias con horarios a los que puedo ir sin problemas me dejé estar. Pero el jueves le dije a una amiga que la iba a despertar a las 9 para que fuera a Punta del Este. Ella no creyó que yo me iba a despertar. Y pensé en matar dos pájaros de un tiro. Probar esta misa y probarle a mi amiga que podía ser puntual… en algo.

Y a las 8 estaba en el colegio. Éramos las monjas, el padre (que era de otro país por su acento), una señora y yo. Yo, como usualmente me pasa, desentonaba por completo. Pero a la vez, el saber la liturgia, las canciones y como actuar en este contexto, me hacía pertenecer.

La sencillez generaba un ambiente cálido y lleno de fe, que me hizo sentir más feliz que muchas misas de domingo. Realmente me gustaría convertirlo en un hábito mientras pueda porque en ese grupo de gente que optó por una vida tan distinta a mí, me sentí parte. Parte porque compartimos algo mucho más trascendente que es la fe y los valores más básicos.

Probablemente ellos vean como pecaminoso que yo sea gay, pero si piensen en que ayudar a quienes más necesitan, porque de la necesidad de otros lleno mis propias necesidades. Y eso es uno de los pensamientos que me sostienen.

Quizás no han tenido muchas oportunidades de estar cerca de gente tan liberal (y en cierto sentido tan tradicional y contradictoria) como yo, y es una oportunidad de eliminar prejuicios. Yo tampoco he tenido una exposición fuerte a hablar con ellas.

Quizás me vuelva parte de esa feligresía.

Eso no lo sé. Solo sé que el pasado viernes entré en un ambiente donde durante media hora Dios me invadió a mí junto a todas ellas y vivimos una experiencia linda y significativa de compartir el Evangelio.

Volví a mis raíces, pero animándome a ir a nuevos lugares, buscando siempre profundizar mi pensamiento, ampliar ideas y conocer el mundo que me rodea. A veces el mundo que me rodea está a una cuadra de mi casa y me regala experiencias únicas.

Volví a mis raíces, sin volver. Nadie vuelve a ser realmente el mismo, pero revisité lugares con una perspectiva nueva y fresca y me sentí bien.

Y lo más importante de tener nuevas experiencias en la vida es sentirse bien y de forma sana, sin importar que tipo de experiencias sean.

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