Ayer se fueron rotas las alas

que hacían volar a mi advenediza mente

a una vieja historia de amor.

 

Hoy volvieron a irse otras alas

que eran lumbrera de mi espíritu navideño.

Pero esa todos los años vuela,

porque se sabe sola.

 

La nostalgia y la melancolía

de pasados luminosos

de ficciones que generaban ilusiones

cargan con mucho peso a mi corazón.

 

El presente es ahora, el futuro impredecible

y el pasado inmutable.

Esa es la realidad.

 

En mi presente, mis manos solitarias

y con restos de brillantina modelan un árbol

que no se asocia a mis creencias,

sino a la tradición del mundo.

 

En la tradición del mundo a cierta edad

uno está listo para amar y estar con otro.

En el ADN del mundo, fuimos diseñados

como seres que no pueden sobrevivir sin la ayuda de otros.

 

Nadie muere de amor,

nadie muere por no estar acompañado

en los momentos individuales significativos.

 

Pero partes del corazón se me apagan

cuando se encienden baratas luces de Navidad

o cuando un viejo celular suena

con un mensaje torpe de un amor en sepia.

 

Con una historia interrumpida,

que no quiere terminar, pero termina.

Con un puñal que está dentro,

pero no quiere dar su golpe final.

 

¿Cuándo decidirás salir?

Ya mi árbol de Navidad es un ciprés

con algo de vida por el espíritu que solitariamente le impregno.

¿Cuándo te volverás ciprés?

¿Cuándo la daga cumplirá su inexorable destino?

¿Cuándo me sacaré la existencial duda de su inexorabilidad?

 

Anuncios