Montevideo 1

Hay días que he decidido caminar para ir a diferentes lugares o por placer en el Montevideo nocturno. Siempre sorprende como cambian las cosas en cuanto el ocaso apaga el gran farol que nos ilumina a diario.

Ayer fue uno de esos días. Como mi glicemia (nivel de azúcar en sangre) no estaba del todo bien, decidí caminar y disfrutar de la noche de verano. Además quería sacar fotos a las luces de la decoración de 18 de Julio, de la Plaza del Entrevero y de la ciudad mágica que es Montevideo tras el crepúsculo.

La cámara que tenía a disposición no era excelente, y no era excelente quien la manejaba, pero algunas fotos interesantes sacamos.

Sin embargo lo importante no son las fotos  sino lo que pude ver en esa ciudad oculta.

Desde mi casa hasta el bar donde me iba a encontrar con un amigo para sacar las fotos hay que atravesar el Parque Batlle. La gente le hace mala fama al parque por la prostitución que allí existe, por este comercio, por las caras de personas poco amigables, y por su oscuridad y recovecos.

Y es cierto que me sentí inseguro y a la vez embelesado por los débiles rayos de una luna llena que iluminaba entre los árboles. Atento, y tarareando alguna canción para sentirme seguro llegué a Rivera, y allí comencé a sacar fotos de cosas que me llamaban la atención. Cuando las descargue las adjuntaré al artículo.

Caminé hasta el bar donde estaba mi amigo, y una agorafobia tremenda me vino, no sé si llamarlo agorafobia, pero era una sensación de demasiada gente, con la que no me hubiera sentido cómodo nunca, perteneciente a un mundo al que yo no pertenezco y a la vez yo sobrio y sin ganas de hacer muchos amigos. La gente comentaba cuando aparecí, como siempre, aunque llevaba una musculosa y shorts, nada más común.

Hablando con mi familia ellos ven como me visto como una forma de provocación. La moda quizás es provocación. Pero a mi me divierte jugar con mi imagen, y no estoy dispuesto a renunciar a un ápice de mi libertad porque los demás no se animen a ser libres y tengan problemas sin resolver en su mentalidad heteronormativa troglodita. Nunca pensé que ser gay fuera algo que me definiera, porque como me visto lo veo como algo más fruto de mi sensibilidad artística, de mi gusto por estudiar la moda como una forma de arte viva, que como ser gay. Muchos gays visten ropa simple, viven vidas simples, y realmente no tienen ningún impacto en el mundo en el que viven. Gracias a Dios, desde Proyecto Shoá y desde las distintas acciones que fui tomando, como contar mí historia, mis anécdotas y defenderme e ignorar las bien intencionadas opiniones de mi familia respecto a la exposición.

Como era demasiada gente, y no tenía ganas de esperar a mi amigo, que por otra parte me enteré se había ido porque su hermana estaba con un malestar, seguí mi camino.

Tal como hoy reflexionaba respecto a la Ciudad Vieja pero de día, Montevideo de noche, en particular el centro junta lo mejor y lo peor de nuestra ciudad. Belleza arquitectónica, un clima hermoso para caminar, una decoración preciosa, pero también caras amenazadoras, miedo a  sufrir un robo, unas sensaciones de inseguridad y de sentir miradas por todos lados.

En mi camino ida y vuelta también sentí miradas lujuriosas, gente que me seguía, que buscaba cosas que yo no estaba dispuesto a ofrecer, y eso no pasó tanto en Parque Batlle, como en 18 de julio.

En parte me pregunto ¿es gente sola, o es gente que piensa que todo el que camina por 18 de julio a la noche y es visiblemente gay es un producto?  Si bien algo de halagador tienen esas miradas de deseo, dejaron de ser halagadoras cuando el miedo de ser seguido, la lascivia y la lujuria de hombres mayores por un chico que podría ser su hijo estaban pegadas en mi nuca.

También me sentí como no perteneciente a ese escenario nocturno. Es lamentable porque es una belleza que deberíamos poder disfrutar todos. Quizás no en soledad.

Descubrí un Montevideo que tras el ocaso deja de ser una ciudad activa, capital de un país, llena de gente de todo tipo y es tomada por fantasmas, gente que ignoramos o pensamos que no existe cotidianamente y que está allí, con objetivos completamente distintos a los que yo tengo.

Pero me di el gusto de conocerla, sucia y libidinosa, trabajadora, a medio limpiar, con cielos límpidos e iluminados por una luna que quedará siempre en mi retina. Ahora quizás entiendo más a Cúneo y su fascinación con la Luna. Es imposible no sentirse acompañado cuando la tenemos a plena vista en el cielo. Incluso cuando nos sentimos perdidos e inseguros en la ciudad en la que nacimos y conocemos tan bien.

Montevideo 2

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