Retorciéndose como un gato

escucho un sonido de cascabel

que al ver,

es simplemente el roce de su medallita contra mi piel.

 

Somnoliento ayer abrí la puerta y lo invité a entrar

ya había entrado cuando por primera vez lo vi

en un lugar donde de noche, las puertas están abiertas de par en par

y la gente se cruza sin mirar

en la búsqueda hedónica del placer.

 

Miradas cómplices en una conversación

que pretendió ser inteligente y divertida.

Miradas cómplices que se acercaron

porque la charla se volvió placentera

como un réquiem que a lo lejos sonaba,

tapando cualquier ruido de ese mundo mundano.

 

Esas miradas se repitieron

esos ojos marrones y transparentes me dijeron

aquellas palabras que su boca no quiso pronunciar

encerradas en una sonrisa que se mordía su labio inferior.

 

Algunas palabras fueron dichas,

porque alguna forma ya nos conocimos.

Su espalda eterna,

Su ombligo único y su piel suave

se volvieron el lenguaje de una noche.

 

De una noche que se confundió y se hizo día;

aurora irrespetuosa de nuestro sueño compartido.

Molestas son, para él y para mí, las agujas del reloj moviéndose

marcando así el final irreversible de ese encuentro.

 

Fue un encuentro de los sentidos,

de escuchar como música sus ronquidos

y de sentir los suaves movimientos de su respiración.

 

La noche y el día se volvieron arrullo

y aunque piense y me transporte a la fragancia que perfuma mi lecho

no hay nada que pensar.

 

Solo dejarse llevar por aquella calma

conquistar por aquella risa

y atrapar por aquella mirada.

 

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