Un poco de historia uruguaya: Caudillismo y Progreso

Víctima de luchas y guerras crónicas desde las disputas por la independencia, hasta los encuentros partidarios, la sociedad oriental de mediados años del S. XIX, se encontraba débilmente estructurada.

Finalizada la Guerra del Paraguay, el Estado oriental continuaba configurándose como un pequeño centro de poder, cuya voluntad de orden y autoridad tenia más peso cuando el Presidente coincidía con el Caudillo regional.

Asimismo surgió de un grupo político integrado por jóvenes universitarios, un movimiento denominado Principismo cuya insignia se basaba en dejar atrás las pasiones de los caudillos y los partidos tradicionales, en orden de respetar enteramente los principios de la Constitución. Sin embargo, sus intenciones eran inoperantes, pues volverían a un pensamiento doctoral, deseando un país cuya realidad no permitiría.

En éste marco, el Estado aún no lograba establecer su autoridad y la estabilidad del Uruguay. Se había creado un vacío de poder y en esta situación, entran en juego los militares, que por su fuerza y poder se constituían como los únicos capaces de lograr consolidar el poder del Estado, y consecuentemente el orden jurídico. Esto encaminó al país hacia un proceso de modernización global, que significó el ingreso del país al sistema del desarrollo económico capitalista.

Con el fin del militarismo, para las elecciones de 1887, el Partido Colorado permitió la incorporación de candidatos del Partido Nacional y del Constitucional en orden lograr una relativa representación de las minorías en las Cámaras que luego elegirían  al Presidente.

No era momento para las luchas debido a que el militarismo no se encontraba totalmente alejado del poder político. El debilitamiento del militarismo llegó cuando el ministro colorado de Gobierno, Julio Herrera y Obes, ayudó a que el gobierno dispusiera la disolución de los dos cuerpos básicos en el poderío militar de Santos. El militarismo, que ya no contaba con sus hombres más importantes ni con el apoyo de las clases altas, había llegado a su fin.

Presidencia J. Herrera y Obes

El 1º de marzo de 1890 fue electo Julio Herrera y Obes. El triunfo de su candidatura significó para el país el establecimiento del régimen civil.

Julio Herrera y Obes, doctor integrante del sector principista, pertenecía a un reducido grupo social con una visión aristocrática de la política y la sociedad. Según Julio Herrera y Obes, el Presidente tenía la potestad de manejar las elecciones próximas, eligiendo directamente a quién ocuparía el cargo de Presidente. Según dicho pensamiento, denominado de influencia directriz, en las elecciones siguientes se candidatearían sólo aquellos que tuviesen afinidad y simpatía con el doctor, y por lo tanto posibilidades de llegar a la Presidencia. De éste grupo de personas, nace el concepto de colectividad.

Como era de esperarse, su intervención en las elecciones con la influencia directriz, provocó variados manifestaciones de protesta por parte de los directores de los partidos Constitucional y Nacional. A su desempeño se suma una crisis económica al poco tiempo de asumir la presidencia, la cual significo la etapa final del período de prosperidad existente durante la administración de Tajes.

Presidencia de Juan Idiarte Borda

El 1º de marzo de 1894 con la culminación del mandato de Herrera y Obes, se debía de elegir al nuevo presidente. La influencia directriz de J. Herrera y Obes respaldaba a todos aquellos candidatos de su colectividad, lo que prevenía que se sucedieran conflictos. A pesar de ello se planteó conflicto electoral, cuando dentro del mismo oficialismo surgió más de una candidatura a la presidencia.

Finalmente se eligió a Idiarte Borda, quien rápidamente abandona la influencia directriz. Su gobierno estuvo marcado por una fuerte oposición de las clases conservadoras del alto comercio, la banca y el medio rural e inclusive desde el sector político. El partido nacional denunciaba el fraude electoral e intentaba protagonizar una lucha continua por la coparticipación política.

El país aún vivía un período de auge económico, se estaban haciendo licitaciones para construir carreteras, puertos e instalar medios de comunicación, todo en un intento de progreso. Sin embargo, la situación se complicaría.

En setiembre de 1896, el caudillo blanco Aparicio Saravia se levanta en armas, con el objetivo de hacer respetar la coparticipación, y las 4 jefaturas políticas que se habían pactado en la Paz de Abril de 1972. Sin embargo, el Partido Nacional decidió no apoyar a Saravia, y frente a la falta de armamento, el caudillo no pudo protagonizar su revolución.

Frente a la negativa de los directores del partido Nacional de otorgarle armas, el caudillo, pedirá a sus gauchos que rompan las tijeras de esquilar a la mitad para constituir lanzas para luchar; esto muestra claramente el espíritu del caudillismo, y su deber frente a su gente, a quién no le puede fallar.

Debido a que no se encontraba en las condiciones como para poder triunfar, en 1896 solo recorren la campaña para movilizar a las masas. Esto puede ser tomado como un preparativo para la revolución de 1897. Finalmente la guerra civil estalló en marzo de 1897, dirigida por Aparicio Saravia y con Diego Lamas como Jefe de Estado Mayor.

Presidencia de Juan Lindolfo Cuestas

El 25 de agosto de 1897, Idiarte Borda va a ser asesinado por Avelino Arredondo.  Esto abrió camino a las tentativas de paz impulsadas por el presidente J. Lindolfo Cuestas. 25 días después de inaugurarse el nuevo gobierno, se subscribieron en Montevideo las bases de paz acordadas en el Pacto de la Cruz.

Se convenía que el Poder Ejecutivo propiciaría una reforma electoral que permitiera la representación de las minorías por el sistema de voto incompleto, y se pactaba que el Partido Nacional tendría 6 jefaturas políticas en el interior del país.

Las condiciones del Pacto de la Cruz, implicaban la coexistencia de dos gobiernos: Cuestas en Montevideo, y Saravia en su estancia en “El Cordobés”. Consecuentemente, se había dividido al país en especie de distritos feudales, pues el gobierno debía de pedir permiso para entrar en cada una de las seis jefaturas nacionalistas.

El levantamiento de 1903

Finalizado el gobierno de J. L. cuestas  en 1903, por decisión de la Asamblea, José Batlle y Ordóñez se convirtió en el Presidente de la República.

El Partido Nacional, no podía presentar un candidato debido a que no tenía número, pero confiaba en la promesa que había hecho el nuevo presidente, quién había afirmado respetar la coparticipación. Sin embargo, Batlle consideraba que el Pacto de la Cruz había sido un acuerdo entre  el gobierno de Cuestas y el Partido Nacional, y que por tanto su gobierno se encontraba libre de estos compromisos. Así, hizo los nombramientos de Jefes Políticos correspondientes a las jefaturas blancas con personas del Partido Colorado.

Esto trajo como consecuencia inmediata, la reacción de A. Saravia, levantándose en armas en los alrededores de Nico Pérez, en defensa de las jefaturas políticas que les pertenecían. El enfrentamiento armado va a ser evitado, debido a que Batlle va a solicitar una gestión mediadora, llevada adelante por José Pedro Ramírez. Este pacto se va a llamar Pacto de Nico Pérez.

Lo primero establecido en dicho pacto, fue que 5 de las jefaturas pertenecerían a Saravia, precisamente Maldonado, Flores, Cerro Largo, Treinta y Tres y Rivera. La jefatura restante, o sea la de San José, iba a ser ejercida por un ciudadano nacionalista con participación en la revolución de 1897, pero sin la intervención del Directorio del Partido Nacional. Este acuerdo sólo tendrá valor durante la presidencia de Batlle y Ordóñez. Saravia  luchó particularmente por la jefatura de Rivera, pues era allí por donde se suministraban las armas y si ese departamento llegara a pertenecer al gobierno, a Saravia se le hubieran terminado los suministros.

El Pacto de Nico Pérez se vio acompañado por un trato de carácter verbal que representa la clave de los malentendidos posteriores. Saravia pidió a Ramírez que dijera a Batlle que su gobierno no instalara sus fuerzas del ejército en las jefaturas blancas, pero el interlocutor obvió el pedido. De ésta manera, el único compromiso real que Batlle mantenía con el caudillo era no mover las tropas del ejército gubernamental hacia las jefaturas blancas con el propósito de alterar las situaciones electorales.

La guerra civil de 1904

Iniciado el período presidencial de José Batlle y Ordóñez, comenzaron a presentarse las consecuencias de la ineficacia del pacto oral.

Debido a un incidente fronterizo en Rivera, el gobierno envió algunas fuerzas al departamento. La movilización fue entendida de dos formas diferentes de acuerdo a las interpretaciones del Pacto de Nico Pérez. A pesar de las negociaciones, la guerra se desencadenó: sólo se necesitaba un pretexto para que se diera.

En 1904 A. Saravia se lanzó a la revolución, culminando la misma en setiembre de ese año.  Este conflicto terminará con la firma de Paz de Aceguá inmediatamente después de la muerte del caudillo.

La figura del caudillo

Considerado por el profesor Pivel Devoto como el “último de los grandes caudillos militares” Aparicio fue quien lideró al Partido Nacional. Este no contaba con un ejército equipado correctamente; por el contrario confiaba en la ayuda de los accidentes geográficos para vencer en el campo de batalla.

Llegará una única vez a Montevideo, en busca de recursos para la guerra. El Directorio del Partido Nacional se negará a su pedido y regresará a la campaña en busca de apoyo. Poco le importaba la desventaja, porque como todo caudillo arremetía cuando había que arremeter, y luchaba hasta el final siguiendo siempre su ideal.

Aparicio es el hombre de campo, ese caudillo que conduce a la colectividad. Desde su chacra en Cerro Largo se enfrentará a los doctores de la ciudad y llegará incluso a sobrepasar las fronteras peleando en Brasil.

Es un hombre que sintetiza en su persona todo lo que tiene que tener un caudillo: su carisma y decisión lo llevan a organizarse por el sentimiento de nación.

De esta manera es que logra convertirse en el último referente del Uruguay del siglo XIX. Prepara la revolución del 97 con el objetivo de hacer respetar la coparticipación y nunca buscando ganar el poder. El fin nunca fue el Gobierno, sino sus garantías y así es que establecía que se debía ser más equitativo y velar por la mejora de todo y todos los orientales.

Saravia es el caudillo que los blancos necesitaban para llevar adelante sus ideas, para establecer un cambio político que superara el fraude constitucional que se vivía.

Finalmente observamos que la muerte de Saravia no significó únicamente  la finalización de la guerra civil y la disolución del ejército revolucionario, sino que además representa la culminación del período caudillista en nuestro país. Esa figura del hombre como representante del medio rural; esa imagen de jefe militar, de líder reconocido por autoridades externas, de hombre respetado por su carisma y decisión fue la que poco a poco fue borrándose con la muerte de Saravia.

Aparicio defendió de buena forma al caudillismo y lo respetó y sostuvo hasta el último momento, pero la realidad era otra, y el país se adentraba en un nuevo período de su historia en el que nuevas figuras e ideologías aflorarían.

Conclusión

El civilismo marcó la recuperación por los civiles de la conducción del Estado.

Su adhesión a los principios del liberalismo sufrió una transformación y vueltos al poder procuraron fortalecer el Estado, en orden de ampliar su esfera de acción y mantener el rumbo de la modernización y su propia consolidación como élite profesional de gobierno.

En 1884 y 1888, se aprobaron leyes ferroviarias que el abrieron el camino del intervensionismo. Finalmente, se había configurado un Estado que aseguró la estabilidad económica y la paz social. El primer batllismo constituye la tercera etapa en el desarrollo del poder del Estado, pues con el culmina la tendencia a ampliar su esfera de acción.

Impulsado por la falta de iniciativa y de fuerza del capital nacional, el Estado fue cada vez más empresario y árbitro social, estatizándose bancos, monopolizando los servicios portuarios y eléctricos y legislando a favor de los obreros, las mujeres, la educación gratuita, la salud y las pensiones por vejez.

Todo esto en un intento por inclinar el Estado hacia los más débiles, y a la vez, buscar el apoyo electoral de quienes podían votar.

 

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