Dulce como sus galletitas

que sin empalagar,

dejan un gusto a chocolate

que hacen brillar a mis ojos como estrellitas

que tímidas aparecen tras una noche de tormenta.

 

Ya había hecho brillar a mis ojos

ya había logrado iluminar mi cara

cuando la adorné con una amplia sonrisa

cuando tuvo un gesto tierno en una noche que vivimos sin prisa.

 

Caminando me regaló una rosada florcita

que distraídamente voló de mis manos

pero que será imposible que vuele de mi

porque de la primera vez que otro hombre te da una flor, algunos no nos olvidamos.

 

La dulzura de tenerlo en mi cama

con su belleza sin pretensiones

de espalda infinita y sugerente

que parte de un cuello que tiene guardada risa

que escapa entre besos cómplices.

 

La dulzura de verlo dormir

acurrucado o con su cabeza sobre mi pecho

me hace perder el sueño

porque me pierdo mirando su hermoso vientre.

 

Y cuando se despiertan los besos,

sus piernas entrelazadas a las mías

sintiendo el calor de nuestras pelvis

enardecidos los deseos

a los que aún no hemos sucumbido.

 

Dulces y voraces

confirman tácitamente que yo lo deseo

y el me desea.

 

Y de conocernos con la masculina calma que él le imprimió

y quizás de tanto desearnos y de tanto pensarnos

apareció en mi pierna escrito en marrón

un te quiero ya confirmado en todos sus gestos.

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