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Eran las diez menos veinte y con mucho sueño llegué al liceo. El viaje me había parecido eterno. Después de casi quedarme dormido, como siempre me pasa, Morfeo decidió desaparecerse y tirarme de la cama. Baño rápido, desayuno aún más express y salí corriendo a tomarme un ómnibus incierto. El primero de todos rápidamente me dejó en una parada donde habría de esperar, junto a otra voluntaria para llegar allí.  Yo no la conocía, no conocía a nadie. Me había perdido las reuniones informativas.

Impulso

Los meses anteriores, los años anteriores habían sido una locura. Cuando me anoté para ser voluntario durante un mes en un liceo en un barrio alejado de mi realidad pensé en que sería una buena forma de cicatrizar heridas y de activarme. De recuperar lo mejor de mí. Y lo fue.

Llegué temprano ese 13 de enero. Mientras bajaban las voluntarias del ómnibus  yo iba detrás tímidamente escuchando radio Disney. Las reconocía porque ya llevaban las remeras celestes que yo también habría de llevar con orgullo durante un mes.

En el hall del liceo empecé a ver caras amigas y caras que pronto lo serían. Por esas casualidades lindas que tiene vivir en Montevideo, una ciudad pequeña, me encontré con mi amiga Regina, del colegio, a quién no veía en mucho tiempo y Federica amiga por ósmosis del gran grupo de alegres amigos y conocidos de Betti, mi amiga de AIESEC y el alma de cualquier fiesta.

A las diez comenzó sin anestesia una rutina que habríamos de mantener nosotros durante un mes. Antes, algunos alumnos nos habían saludado con una calidez y una ternura que sólo habría de aumentar con el correr de los días.

Formando filas, caminando en orden por grupos, entrando de a cinco en el comedor. Allí, con mayor o menor dificultad, de acuerdo al día, cada grupo se sentaba y escuchaba lo que el director o alguno de los voluntarios teníamos para decir.

Allí tuve buenos y malos momentos. Compartí un texto de Anna Frank hablando del rol de los jóvenes en la sociedad y de la esperanza, un texto de Elie Wiesel sobre la indiferencia y hasta un capítulo del Principito. Pero también en un momento de desborde renuncié a ese voluntariado tan intenso. Es que cuando vivís 6 horas 5 días a la semana con un grupo humano, a veces los sentimientos afloran, las frustraciones surgen y sentís que un volcán va a explotar. En especial cuando estás frágil emocionalmente. En especial cuando querés la perfección.

Allí, el primer día, reiterándose en otros momentos, se les pidió a los chicos el mayor de los respetos porque trabajábamos como voluntarios y ellos eran nuestros anfitriones. Y con todo, con su rebeldía propia de la edad y el contexto, con nuestros enconos o cansancios, desempeñaron ese rol perfectamente bien.

En Impulso hay muchas rutinas para aprender. Desde como sentarse en el comedor o buscar la comida, hasta como limpiar una vez terminado el almuerzo, o como entrar en los salones para cada clase.

Luego, ese día tímidamente fuimos a las clases. Por esas hermosas casualidades me tocó trabajar con Kathi, una chica que no conocía pero con la que nos complementamos perfectamente bien. La calma y la electricidad estaban juntos en una clase, aunque a veces intercambiamos roles.

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En un principio nos mantuvimos trabajando con los materiales que nos brindaban allí, que los profesores habían dejado para nosotros. Sin mucha instrucción hasta nos tuvimos que dar maña en matemática y en inglés para explicar, interpretar y lograr que ellos pudieran completar la tarea.

Sin muchos recursos didácticos igualmente fuimos logrando que cada uno lograra lo suyo, aunque no sin enfrentamientos. Redactar para algunos se volvió una tarea de dimensiones  de epopeya. Ni Ulises ni Eneidas se habrían quejado tanto de su suerte, aún cuando sus infortunios son infinitamente mayores.

Igualmente, de a poco, con paciencia, algunos conocimientos fueron penetrando, en las mentes de ellos y en las nuestras. Kathi luchaba con inglés mientras yo luchaba con matemática. Todo para dejar el terreno preparado para un año que sin duda será para todos desafiante.

Desafiante para mí eran las tardes, en las que había que acompañar a los chicos a actividades recreativas, culturales y deportivas. Cualquier persona pensaría que dar clases es más aburrido o desafiante que acompañar en básicamente actividades de esparcimiento.  Pero para mí el futbol es lo más parecido a una pesadilla. Implica volver al colegio, a donde me sentía torpe e inadecuado. Pero lo hice. Y eso me hizo sentir empoderado. Lo mismo me pasó al acompañarlos a la playa, cuidarlos en el agua y a la vez divertirme. El zoológico y el club fueron experiencias análogas.

En cada uno de esos momentos pude compartir y dar un poco de mí, desde un mensaje aleccionador hasta bromas y risas. Las barreras que podrían existir entre nosotros se desdibujaban, exceptuando la del respeto por los roles que cumplíamos. Esa siempre siguió marcada, aunque con mucho esfuerzo.

Usé todo lo que tengo para generar un impacto positivo. Desde hablar de mi sexualidad, desde mi aspecto diferente hasta los conocimientos que tenía.  Ya en un momento,  hasta planificamos clases, juegos y dinámicas propias con los alumnos.

Y ellos me dieron todo de ellos como para que yo diera vuelta la página y pudiera empezar un 2014 con la página dada vuelta y con la esperanza de un futuro mejor como estandarte a defender. 

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