Hoy hablaba con un amigo y en un momento de la charla menciona que sentía que jugaban con su identidad cuando personas chismosas decían cosas que no eran ciertas sobre él. Y la frase escrita en la ventana del chat, con esas palabras, tan fuertes y certeras, repicó en mi mente varias horas. Cuando la gente dice cosas falsas respecto a vos pueden llegar a jugar con tu identidad.

Por supuesto, la gente habla y comenta nimiedades de las otras personas con las que convive. Desde criticar un nuevo corte de pelo hasta celebrar una decisión en la vida personal o laboral del otro, existen miles de comentarios emitidos de los que uno es protagonista y que, a pesar de ello, no puede controlar.

Hay algunos comentarios que son bien intencionados y otros que son simplemente dañinos. Y dentro de estos últimos hay algunos que fácilmente nos resbalan, sobre todo cuando ya pasamos por varias experiencias y nuestra personalidad está construida sobre bases más o menos sólidas. Si hoy escucho comentarios que critican mi pelo o mi forma de vestir, simplemente pensaré que tenemos gustos distintos y veré con oprobio su actitud de hablar a mis espaldas y no decírmelo de frente.  Quizás la crítica constructiva me sirva, sobre todo cuando las críticas no versan en temas superficiales como la apariencia sino en otros de mayor relevancia.

Sin embargo, no podemos ni controlar como nos ven los otros ni lo que hacen al respecto de esas ideas e impresiones que le generamos. Lo mejor que podemos hacer es fomentar que nos digan de frente que piensan.

Hay personas que lo dicen y te dan la chance de defenderte, te regalan el beneficio de la duda. Sin embargo otros sacan el dedo acusador y se consideran dueños de una verdad absoluta e irrefutable. Y muchas veces, con esto, juegan con tu identidad.

Por ejemplo, existen personas que te acusan de que un acto que creen que cometiste que no es acorde a los valores que profesas, a la religión a la que decís adherir. Que digan de mí que no soy un buen cristiano es jugar con mi identidad. Es poner en tela de juicio mi cosmovisión, mis valores éticos, mi moral.

Este es un ejemplo de muchos posibles.

Lo importante respecto a los comentarios, tanto aquellos que se hacen a nuestras espaldas como los que recibimos como balazos en el medio del pecho es discernir sus intenciones. Hay comentarios duros e hirientes que vienen de gente que nos quiere y conoce pero que fueron desafortunados en su contenido o en su forma de ser transmitidos. Que quizás desean ayudarnos de alguna manera, pero no fueron efectivos. Existen comentarios de personas que respetamos y que por esa estima, podemos considerar pertinentes. Quizás vienen de personas que ayudaron a moldear nuestra identidad. Pero la mayoría de los comentarios, sobre todo los chismes a nuestras expensas, a nuestras espaldas, vienen de gente que tiene demasiado tiempo libre, que no nos quiere bien, que quizás nos envidie. Entonces más que enojarnos, deberían darnos pena.

Igualmente, como dijo Jesús “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”  (Evangelio según San Juan 8:7). No debemos olvidar que a veces nos divertimos haciendo algo que está mal como hablar de alguien que no se encuentra presente o aún peor, hablar de cosas sobre las que no tenemos pruebas fehacientes pero sin embargo hacemos pasar por hechos.

Siempre es bueno reflexionar sobre nuestras propias conductas y darnos cuenta que, como juegan con nuestra identidad, también a veces jugamos con las de otros. A veces es mejor pensar más y hablar menos, pero cuando lo hacemos, no cometemos errores.

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