Con tus ojos rasgados

y tu dulce sumisión

despertaste en mi un dragón

un monstruo que quería someterte.

 

Con tu vocecita que sonaba casi como un murmullo

en aquella noche perdida en el tiempo

me dejaste hacer lo que quisiera

con tu minúsculo cuerpo.

 

Desatándose las fantasías,

me dejé llevar por eternos nuevos instintos

que ese día decidieron aparecer

para llenarnos a ambos de placer.

 

Te tomé como cuando a su presa un león está rugiendo

y ese día fuiste mío.

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