Porque en realidad no lo fue. Por eso lo titulo mejor que la venganza. ¿Viste como a veces te enojás con alguien y estás frustrado porque te interesa esa persona? Bueno, ese fue el caso. Además de que te interesa, también te importa lo que pasó. Por eso estás enojado. No es una rabieta, es como un volcán que hizo erupción. Pero ahora tenés ganas de que toda la gente en Pompeya esté sana de nuevo y que los hermosos frescos vuelvan a ver el sol… y preferentemente que no pasen 2000 años antes de ello.

En todo ese ínterin decidís comprar una entrada al cine y bueno, quizás invitarlo. ¿Qué puede salir mal? En el cine no hablas, te reís, a lo sumo hay un enlace de manos. Pero las cosas pueden salir mal. Y no, no amigos, no lo invité a ver la peor película del mundo.

Recientemente conseguí un trabajo en el SODRE. No, no en la Sala Adela Reta. Los espectáculos internacionales los sigo pagando como cualquier hijo de vecino. En cambio disfruto de espectáculos menos pretenciosos y de ciclos de cine clásico. Hay uno de musicales y Cantando en la lluvia fue la película que ambientó nuestra escena del crimen. Crimen del que no me percaté hasta que volvimos a hablar.

Trabajando lo recibí a él, un rostro joven entre los habituales señores y señoras mayores que allí decidieron pasar su noche de lunes. Con una amabilidad que según él roza con lo falso. Pero que para mí tiene aires de ceremonia protocolar bastante natural. La atención amable al público es algo que simplemente se me da.

Cuando terminó mi trabajo y comenzó la función nos sentamos juntos. Hasta intercambiamos gestos de cariño. Sin embargo, por estar trabajando y por estar dolido, sentí como la urgencia extrema de irme de esa butaca. Pero no sabía cómo hacerlo sin ser descortés. Lo pensé y lo pensé. Y al rato, quizás a los minutos, que me parecieron eternos, me paré y me fui a la puerta, a seguir trabajando. Pero no había nada para hacer. Entonces me senté al fondo y hasta dormité.

Al finalizar la función, él se acercó y yo seguía fingiendo. Fingiendo que era importante trabajar.

Y el tiempo pasaba. Y yo no quería salir de los entretelones. Aunque estuviera esperando, aunque dijera de comer juntos, yo simplemente me fui. Sin saludar, con mucha prisa. Y él quedó, descolocado y molesto, caminando por las calles frías del centro de Montevideo.

Pero los dos nos sentíamos mal. Porque ese encuentro tras la tormenta no había funcionado, porque no había logrado pasar mi enojo. Porque las palabras justas no venían a la mente de ninguno, aunque en realidad más bien no venían a la mía.

Con los días lo pudimos hablar y al hablarlo descubrí que para él había sido una venganza perfecta por el encono que me hizo sentir. Perfecta por su simpleza, por hacerlo mirar cine de otrora con gente mayor. Si bien rió durante la película, y el desenlace es feliz, el final de la salida fue como de una gran obra dramática. La vida tiene un poco de eso.

Pero cuando yo hablaba, traté de explicar, de explicarle y de explicarme que nada fue planeado, todo simplemente ocurrió. Que no hubo satisfacción en eso, sino simplemente incomodidad.

La vida está llena de revanchas y para los vínculos humanos también las hay siempre que exista buena fe en ambas partes. Y si bien fue una revancha perfecta invitar a alguien al cine y ver la película antigua en otro asiento, sin mucha ceremonia ni mucha compañía, no había revanchismo. No había motivos. Simplemente un malentendido anterior que se prolongó más tiempo.

La venganza tiene eso, la venganza es un plato que se sirve frío. Pero no es una ensalada, es como comer el plato más desagradable helado como un gélido témpano.

El diálogo es la puerta que abre oportunidades y con la ponzoña de la venganza es muy raro que esa puerta se abra.

De la experiencia aprendí.

cantando bajo la lluvia final

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