Por Mauri Tafer

Ridículo…

¿Qué es realmente ridículo?

¿Tenemos derecho a señalar como ridículo a un adulto que lee un libro infantil? ¿A un adulto con la imaginación y la alegría de un niño? ¿No será que somos tan amargos y soberbios que marcamos al otro como ridículo?

Es muy cierto que hay que tener ciertos límites en nuestra propia locura personal, vivimos en una sociedad, nuestros derechos terminan cuando empiezan los del otro y debemos convivir. Igualmente, al mismo tiempo que digo esto me pregunto:

  • ¿Quién es que impone esos límites?
  • ¿Por qué puede poner esos límites?
  • ¿Qué lo habilita?

La cosa no se resume a “quien” es sino a “quienes” son y muchas veces tristemente somos “nosotros”.

En nuestro gran afán de encajar en lo que es socialmente aceptable, tendemos a ridiculizar las cosas que no entran en ese molde, y no es solo por eso.  También es para que no nos sintamos ridículos nosotros mismos, por no poder ser diferentes y auténticos como ellos.

Por este motivo muchas de las cosas que amamos y nos gustan las dejamos de hacer para no ser unos “ridículos”. Pero también está la cuestión que si no tenemos estos “limites” viviríamos en un mundo totalmente caótico. Todo un “¡¡¡VIVA LA PATRIA!!!”.

Como en todo en esta vida lo que tenemos que plantearnos es encontrar un balance entre saber diferenciar las cosas que realmente no se pueden hacer porque impiden que haya una convivencia social y aquellas que si podemos hacer, aunque a algunos no les guste. No permitamos dejar de hacer lo que queremos y amamos por un afán de encaje en una sociedad que muchas veces buscando dejar de lado lo ridículo, termina siendo ridícula.

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