En este tiempo estuve trabajando y en contacto con mucha gente, y de la gente se aprende. Descubrí que me gusta la atención al público, la cortesía y la amabilidad. Capaz tengo alma de sirviente. No creo que sea malo… Y atendiendo a las personas uno se convierte en depositario de historias. Se convierte en un conocedor de secretos e intimidades que al ser compartidas invitan a la reflexión sobre uno mismo.

Trabajando conocí a una niña curiosa llamada Manuela. Ella era un punto de color imposible de perder entre tantos montevideanos de Benedetti. Su abuela perdió el gris al hablar. Parecía volver, como por arte de magia a ser esa joven bonita, que en su oficio de mamá llevaba al cine a sus hijos. Maravillados, esos niños que hoy son hombres, vieron una y otra vez esa película de Burt Lancaster. Quizás ellos no lo recuerden, pero ella sí. Y quiso seguir con la tradición.

Bendita la coincidencia de que una sala de cine y teatro decida hacer un ciclo de películas antiguas. Ellas podrían verla en su casa pero la magia se pierde. La vida interviene demasiado y al final los sentidos no consiguen perpetuar la tradición familiar, en la más pura de sus formas. Pero poder pudieron, y al salir le pregunté a Manuela si le gustó la película. Emitió un tímido sí que resultó convincente solamente porque lo decoraba una sonrisa amplia como collar de perlas y un brillo travieso en esos ojos que tanto tienen por ver.

 

Abuela y Niña con Muñeca - Agustín Río
Abuela y Niña con Muñeca – Agustín Río

También, al abrir las puertas y saludar a la gente que se va, esperando que disfrutaran la función e invitándolos a que regresen me empezó a hablar un señor. Para él venir a ver estas películas tenía más relación con mantener viva la memoria que con el goce de ver séptimo arte vintage.

La charla comenzó versando de lo que acababa de pasar. Yo tenía poca información sobre la película pero mucha imginación para responder y la charla derivó en hablar de arte. Su calendario de vida esta ordenado por la ópera, el teatro y el cine. Es el motivo para que quiera despertar y vivir un nuevo día. O al menos así se sentía cuando hablaba.

Como a mí también me gusta el arte comenzamos a intercambiar impresiones, y le dije que no quería ver ballet en el gallinero, que en la medida de lo posible quiero verlo más cerca. Ahí me corrige rápidamente, “gallinero no, paraíso” dice. Y así la charla cambia. Comienza a hablar de cómo su mujer ya lo espera allí en el paraíso hace diez años y de cómo disfrutaban juntos.  Si bien a él le gusta más el cine convirtieron en rito ir al teatro. Ella disfrutaba las tablas. Desde sus primeros días juntos hasta el final. El la extraña. Por eso viene al cine, al teatro, sea en esta sala o en otra. Quizás la razón de ir sea que se deja seducir por la magia del cine pero por la emoción que transmitían los ojos vidriosos del caballero que me miraba, creo que por un momento la magia fue sentirla a su lado al mirar películas que ya habían visto juntos.

 

Jardín de las delicias de El Bosco (1500-1505).
Jardín de las delicias de El Bosco (1500-1505).
Paraíso de Chagall, con Adán y Eva, del año 1961.
Paraíso de Chagall, con Adán y Eva, del año 1961.

Y hace pocos días me cruzo a una señora muy mayor. Parecía sacada de otro tiempo. Duela de una encantadora belleza y una elegancia sin tiempos llevaba una capa marrón y un hermoso sombrero, falda y guillerminas. Esto contrastaba con su lentitud y fragilidad pero concordaba con su determinación. Pasé a su lado varias veces, intimidado por esta pequeña mujer. Algo me decía que no tenía nada de pequeño. La esperé a que llegara a mí y al verla noto que una de sus guillerminas está suelta y la tira roza el piso.

Mi temor era que se tropezara. Un tropezón no es caída pero ¿y si lo fuere? Le avisé, dispuesto incluso a abrocharla yo, así no se agachaba. Se lo dije y hasta hice el ademán, preguntándole si la podía ayudar. Me miró como si fuera un ofrecimiento insólito, casi una propuesta indecente y me dijo que ella tenía que poder por sus propios medios porque si uno se deja estar, muere. Y me agradeció la gentileza pero me aclaró que sólo cuando sea vieja y no pueda aceptará mi ayuda. Ahí sonrió con su cara completa. Y aunque vi una piel de pergamino, en sus ojos vi todavía fuerza. Si bien yo estuve enfrente de un dulce pergamino ella no se sentía así y a la vida le daba pelea.

Y así siguió con su paso lento y lentamente desapareció de mi retina su figura distinguida.

rostro anciana

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