El día de ayer fue un día lleno de encuentros fortuitos. Fue un día bastante maravilloso. Esperando en la parada vi a un chico lindo. Y en vez de sentir la usual timidez decidí aunque sea mirarlo. No es un crimen mirar a una persona que te parece linda. Le pregunté por los horarios del ómnibus, en parte porque llegaba tarde, en parte porque quería escucharlo hablar. Y tenía una voz preciosa. Volvió a colocarse los auriculares y yo a comprarme algo de comer. Volví y seguía allí, con un auricular fuera de su oreja, como si estuviese pronto para que le hablara. Le ofrecí comprarle su último cigarro, porque no vendían donde fui. La verdad es que no pregunte. La verdad es que ni siquiera me interesa fumar. Me lo regaló. Era su último cigarro. Hablamos de que él iba a tener más suerte, que el 121 pasa más rápido. Y la tuvo. Y se fue. Pero me habló y me miró distinto, no como cualquier tipo desinteresado. Y me sentí bien. Me gustaría re-encontrarlo. ¿Me gustaría? Capáz la magia se rompe. Como sea, fue un lindo momento.

Acto seguido me encontré con dos señoras.

Ambas estaban esperando dos ómnibus diferentes y comenzamos a charlar. Una, que me había visto fumando me quiso dejar su cigarro porque le esperaba el ómnibus, tras la charla amena sobre el 151, que nunca pasa y otros menesteres. Lo tomé, aunque no lo iba a fumar, bastante luché para darle las tres pitadas al cigarro que me regaló el chico.

A la tercera señora le pregunté directamente si esperaba, como yo el 151 y si sabía el horario. Es que de hecho estaba llegando tarde a un curso y me urgía saber el horario. Ella simplemente me habló de la lluvia y como por la lluvia tuvo que cerrar antes la feria. Yo me puse a pensar en lo poco que me afecta la lluvia, en cómo hasta me burlo o me irrito con mamá cuando me dice que vaya con paraguas, porque para mí son solo gotas de agua. Y para esta mujer representó menos dinero para un hogar que, por el aspecto de la anciana, no gozaba de una robusta economía. Pero igual hablaba con una mezcla de cansancio y resignación, diciendo no conocer la frecuencia del ómnibus en ese horario, porque solo la conoce en su horario habitual de irse de la feria. Y seguimos charlando de nada, y quizás de todo. Y le saqué una sonrisa, y eso me gustó. Extrañaba eso que tengo de poder charlar con alguien y que se sientan mejor. Le dije que me había traído suerte, porque el ómnibus finalmente apareció.

Con eso la magia de la tarde se rompió por un rato. Al menos hasta el próximo encuentro fortuito que ocurrió más tarde ese día.

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