Hace dos años viví mi primer y único amor de verano.

Era imposible para mí no sentirme atraído por sus bucles claros,

e hipnotizado y perdido en sus ojos celestes y empujado hacia él magnéticamente

por su personalidad buena e inteligente.

 

Nos conocimos en un tiempo y en un lugar equivocado,

o al menos eso fue lo que durante años sentí yo.

Eso no me paró en querer darle un futuro a ese amor imposible.

 

Los amores cobardes no llegan a ser amores, y yo no fui cobarde.

Pero el amor se hace de a dos.

El amor se siente en tantas intensidades y formas que existen muchos desencuentros.

 

Dos años después, yo soy una persona completamente diferente,

y creo que él también.

No lo sé, y no sé si quiero saberlo.

De hecho si quiero saber quién es, porque supe quien fue.

Y fue un joven hombre maravilloso.

 

Me permitió abrirme horizontes a mundos diferentes y formas de querer distintas.

Y después de dos años lo pude volver a ver, esta vez en mi escenario.

Y si bien, no fue revivir en pocos días aquella pasión,

nadie me pudo quitar volver a ver sus ojos de cielo.

 

Y me di cuenta que si bien, en otras circunstancias volvería a querer hacerlo mío,

puedo vivir con el hecho de que entregara a otro su corazón.

 

Al principio solo veía las huellas cada vez más invisibles de nuestro amor,

la lluvia que manaba de mis ojos marrones se convirtió en rocío

y finalmente desapareció.

 

Y queda solo un inmenso cariño por aquel momento vivido.

Yo me fui de allí y encontré otra vida.

Y él se quedó y descubrió otros brazos.

 

No significa que no quisiera haber construido mi vida junto a la suya,

pero no todos los amores son para siempre,

no sé si hay algo que lo sea.

 

Me alegro de que Dios me diese la oportunidad de volver a verlo

y que nos pudiéramos fundir en un abrazo,

una vez más.

Othon y yo

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