Todos los proyectos enfrentan cambios y suponen permanencias. El cambio y la permanencia son parte de la supervivencia de una propuesta. Cambiar lo que puede mejorar, mantener las buenas prácticas y seguir avanzando.

Yo permanecí, por voluntad propia y porque veo que consideran que soy alguien que aporta algo bueno al proyecto. Evelyn, la ex directora mencionaba mi dedicación y mi humanismo. Y lo cierto es que dejo un pedazo de mí en muchos de los talleres. Innegable es que el Proyecto, tanto en su parte histórica como en su parte reflexiva, sobre la discriminación y la violencia en nuestra sociedad, en nuestros salones de clase y en suma, en nuestra vida, me llegan. Me perforan el alma y hacen que la pasión que tengo por seguir transmitiendo este mensaje de unidos en la diferencia, iguales en la diferencia y valiosos en la diferencia, siga intacta luego de tres años.

Pero yo no soy el mismo muchacho que entró cuando tenía 22 años, en 2012. En 2012 sabía de la Shoá, conocía lo acontecido en el Holocausto, pero no tenía experiencia a la hora de enseñar sobre estos temas, conocía poco la realidad educativa de nuestro país, no conocía el nivel de los estudiantes a los que me enfrentaba, las distintas realidades que iba a conocer ni tampoco conocía mis fortalezas y debilidades a la hora de pararme como educador.

Para ser sinceros sabía que mi enfoque juvenil, mi acercamiento como par a los estudiantes y mi dura experiencia en el colegio eran cosas que podía capitalizar. Mi timidez, mis traumas respecto a mi voz (porque durante muchos años se burlaron del tono agudo y afeminado que según otros tiene, pero que para mí es la voz que se me dio en suerte) y mis conflictos respecto a mi aspecto hacían que durante las primeras charlas en 2012 sintiera las miradas de los alumnos que en mi mente estaban juzgándome. En mi mente, y en algunos casos, en la realidad.

Pero pasó el tiempo y mi seguridad respecto a los conocimientos, respecto a como encarar la segunda parte, respecto a cómo adaptarme a nuevos compañeros fue aumentando. También fui sintiendo el reconocimiento y el sentimiento de ser parte de un grupo al cual no pertenezco por mi origen, al no ser judío, pero si por mi trabajo y por mi alineamiento al mensaje que la organización quiere dar.

Ya en el segundo año, con la enorme cantidad de talleres que di, mi lugar estaba más que ganado.

Y como quien no quiere la cosa comenzó el tercer año. Y como siempre me involucré muchísimo. Desde febrero ya propuse actividades en un liceo en el que yo era voluntario, el liceo Impulso y así comenzaron las actividades de 2014. También otras actividades con la gente de AIESEC se van a dar e incluso personas que saben que estoy en la organización me han contactado para darles entrevistas para trabajos en el liceo y en la facultad. Realmente la bandera la tengo puesta.

Pero con los años un joven tiene que crecer y asumir responsabilidades. Trabajar y estudiar. A veces pretender tener vida social. O incluso tenerla. Entonces, si bien asumo y asumí el voluntariado como forma de vida, es difícil darme el tiempo como para seguir trabajando. Difícil pero no imposible. No es imposible porque en realidad sigo educándome y aportando tanto en los talleres como en otros aspectos. Y voy a buscar formas de seguir vinculado.

Lo que noto, es una suerte de referencia, respecto a mi papel en el proyecto. No me siento un educador más. Siento que hoy en día con el bagaje de experiencias tengo cosas para enseñar y para aportar. Siento que al ser diferente en algunos sentidos a otros integrantes puedo tener una perspectiva distinta.

Siento que este año es el comienzo de un nuevo papel dentro del proyecto, que no tenía anteriormente. Siento que este año, con todos los cambios, de autoridades, de formato de la actividad, de imponer nuestros talleres a lo largo de todo el año y no solo de agosto a diciembre, estamos frente a un quiebre en lo que veníamos haciendo, para poder crecer y e ir por más.

Y es emocionante pertenecer a ese nuevo Proyecto Shoá.

shoa

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