El nazismo en general y la Shoá (Holocausto) en particular tienen un sinfín de páginas oscuras, algunas más a la luz y otras un poco más ocultas. Hoy voy a escribir sobre una de ellas, la eutanasia.

¿Por qué no son víctimas de la Shoá?

En general cuando enumeramos a las víctimas de la Shoá, solemos incluir a homosexuales, Testigos de Jehová, comunistas, gitanos y discapacitados entre otros. Es decir todos los perseguidos por el nazismo.

Sin embargo, si bien el sufrimiento en los campos de concentración y exterminio, la persecución y discriminación y la muerte de estos grupos humanos son homologables, la palabra Shoá u Holocausto (que se pueden utilizar indistintamente, aunque Shoá en hebreo significa catástrofe mientras que Holocausto refiere a un sacrificio a Dios, por lo que cada vez se prefiere usar más el primer término) son usadas para nombrar al genocidio nazi contra la población judía.

Lo ocurrido con las otras víctimas, matanzas por odio, no constituyen un genocidio porque no estaba la intencionalidad de destruir al grupo parcial o totalmente, o no constituyen ni grupos étnicos, culturales o religiosos (por ejemplo, en el caso de los homosexuales o discapacitados). Al no cumplir ambas condiciones de la definición que acuñó Raphael Lempkin de genocidio, no podemos englobarlos como víctimas de la Shoá pero si como víctimas del nazismo.

En particular los discapacitados fueron de las primeras víctimas del nazismo.

Programa Aktion T4

La palabra “eutanasia”  que literalmente significa “buena muerte”, se refiere usualmente a causar la muerte sin dolor de un individuo con una enfermedad crónica o incurable. Es, hasta el día de hoy, un tema muy controversial. En el nazismo, sin embargo refería a la matanza sistemática de los discapacitados mentales y físicos que estaban internados en instituciones y que se cree que generalmente era sin el conocimiento de sus familias.

Este punto es altamente discutido, dado que publicaciones recientes muestran que muchas familias sabían que sus parientes iban a la muerte. Se piensa que el planeamiento del programa comenzó en julio de 1939.

Este programa, que duró de 1939 a 1941, fue un programa –llamado de eutanasia- creado y ejecutado durante la época nazi en Alemania, teniendo como responsables médicos y enfermeros cuyo objetivo era eliminar a personas que se creía que eran enfermos incurables, niños y adultos con problemas de salud mental o física hereditarios que no fueran productivos a la sociedad. Al día de hoy se estima que se mataron de forma sistemática entre 200.000 y 275.000 personas. El nombre T4 viene de la ubicación de los cuarteles generales donde se planificaba estos hechos terribles, en Berlín en la calle Tiergardenstrabe 4.

Este programa se efectuó en seis centros situados en Alemania y Austria (que fue anexada durante este tiempo). Los centros son: Grafeneck (Baden-Wurtemberg), Brandeburgo, Bernburg (Sajonia-Anhalt), Hartheim (Austria), Sonnenstein (cerca de Pirna, Sajonia) y Hadamar (cerca de Limburgo, Hesse).

A diferencia de la Shoá, los centros de asesinato estaban ubicados en Alemania, mientras que los seis campos de exterminio estaban ubicados en Polonia.

Pero al igual que en la Shoá dentro de las personas asesinadas había hombres y mujeres de todas las edades, desde niños que fueron los primeros asesinados hasta ancianos. Las características de las víctimas eran variopintas. Había personas que portaban enfermedades o defectos hereditarios según criterios médicos –a veces dudosos- de la época como enfermos de epilepsia, aunque también se encontraban ancianos cuyas familias no podían hacerse cargo.

A diferencia de la Shoá, para el programa de eutanasia hay una autorización de Adolf Hitler firmada en octubre, con fecha de 1ro de setiembre de 1939 (fecha que coincide con el inicio de la Segunda Guerra Mundial).

La firma de Hitler de 1939 fue una autorización secreta para proteger a los médicos, el personal médico, y los administradores que participaban en el programa de posibles procedimientos penales en su contra. Y la ante-datación de la misma tiene como objetivo sugerir que el programa de eutanasia estaba relacionado con medidas de guerra, como si pudiese ser justificado este programa de alguna manera.

 

Como mencionábamos anteriormente, las víctimas de este programa eran personas que según los criterios médicos vigentes eran consideradas y presentadas como vidas indignas de ser vividas. Esta expresión fue incorporada dentro de la retórica nazi, para referirse a gente que de acuerdo a las políticas de higiene racial del III Reich, se les negaba el derecho a la vida. Su final era la muerte o la esterilización.

Sin embargo el concepto no nace con los nazis sino que fue creado y propagado desde finales del siglo XIX, principalmente por médicos y organizaciones del mundo que estaban a favor de la eugenesia y la eutanasia. El concepto fue clave en la ideología nazi y usado para justificar la Shoá y también el plan de eutanasia, las leyes de eugénesis y los demás programas de matanza y exterminio.

La frase textual sobre la vida indigna de ser vivida, aunque no el concepto, aparece recién en 1920, en el título lo de un libro, Libertad para la aniquilación de la vida indigna de la vida, escrita por un psiquiatra llamado Alfred Hoche y un jurista Karl Binding. El concepto tuvo su zenit con la creación de los campos de exterminio. Además justificó la experimentación con seres humanos y los programas de eugenesia y eutanasia de los que venimos hablando.

Las leyes de eugenesia fueron una serie de políticas sociales nazis cuyo objetivo era la mejora de la raza a través de la Aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana. Es decir cortar la cadena hereditaria. Es decir asesinar y esterilizar como mencionamos antes. Se incluía pero no se limitaba a delincuentes, enfermos mentales, discapacitados físicos, disidentes políticos, pedófilos, homosexuales, haraganes, dementes, religiosos y débiles dentro de las víctimas de las leyes de eugénesis y en particular del programa T4. Básicamente todos aquellos considerados desviados o fuente de conflicto social tanto en la Alemania nazi como en la Europa ocupada.

La categoría de desviado incluía a los enfermos mentales y discapacitados físicos, disidentes políticos, pedófilos, homosexuales, matrimonios interraciales y delincuentes. La otra categoría, la de conflictivos socialmente, por su parte, aglutinaba a miembros del clero, a comunistas, gitanos, Testigos de Jehová entre otros.

Hasta ahora no exploramos cómo funcionaba exactamente el programa. Los médicos de T4 seleccionaban a los pacientes para morir, pero raramente los examinaban personalmente sino que a menudo basaban sus decisiones en documentos de su legajo médico y los diagnósticos del personal institucional de donde se encontraban.

Los seleccionados eran transportados a los sanatorios que servían como centrales de gasesamiento, diciéndoles que iban a hacerse una evaluación física y tomar una ducha para desinfectarse. Tal y como se dijo luego en la Shoá. Conocemos el resto de la historia. En vez de bañarse, eran asesinados en cámaras de gas, usando monóxido de carbono puro (diferente a las cámaras de los campos de exterminio en las que se usaba Zyklon B). Sus cuerpos eran quemados en crematorios adyacentes a los edificios de gaseamiento y las cenizas de las víctimas eran tomadas de una pila común y enviadas en urnas a sus familiares, sin preocuparse de una correcta identificación. En el envío, se incluía un certificado de defunción con una causa y fecha de muerte ficticia. La muerte imprevista de miles de hospitalizados, con certificados extrañamente parecidos dio lugar posteriormente a la oposición de algunos familiares y de miembros del clero, que no sabían realmente que era lo que ocurría, si bien vamos a ver que la preparación ideológica para aceptar este plan, comenzó mucho antes de que comenzara el programa.

Si bien mencionamos que el programa comenzó en 1939, la propaganda comenzó mucho antes. El hincapié que ésta hacía era que las personas, además de llevar una vida indigna de vivirse, representaban una carga económica y un impedimento para el futuro de Alemania y su “raza”, la raza aria. Argumentos que hoy encuentro sinceramente condenables, pero que a la vez, en el siglo XXI uno puede interpretar determinados acontecimientos como la aparición de estas ideas en discursos e incluso acciones, pero de formas más livianas.

La propaganda fue intensa, y las acciones para llevar a cabo este tipo de programas médicos en la Alemania nazi comenzaron mucho antes del nazismo. El programa T4 está relacionado tanto económica como ideológicamente con organizaciones internacionales y el movimiento médico internacional que estaba a favor de la eugenesia, y las respectivas legislaciones y programas llevados adelante por varios países como, para poner un ejemplo, la esterilización masiva de enfermos hereditarios en Estados Unidos, Australia y diversos países de Europa durante la primera mitad del siglo XX y que de hecho continuó, con mucha menor intensidad luego del nazismo en muchos rincones del mundo.

Volviendo un poco a T4, el programa fue funcional a la economía alemana de esa época. Por ejemplo los recursos hospitalarios, sanitarios y presupuestales se utilizaron y redirigieron a otras necesidades económicas, determinadas por la guerra y la ocupación de los países del este europeo.

De hecho, el programa de eutanasia fue extendido a presos de los campos de concentración que mostraban un deterioro físico permanente, y no servían para trabajar. Cuando el programa fue cerrado, el personal que se ocupaba de llevarlo a cabo fue trasladado a los campos de concentración y de exterminio. Y es con las víctimas del programa Aktion T4 que se probaron las cámaras de gas, instaladas en hospitales e instituciones psiquiátricas. A esta parte específica del programa Aktion T4 se le llamó Aktion 14f13 y es considerado la antesala de la implementación de los campos de exterminio masivos como Auschwitz, donde fueron utilizados los métodos y como mencionábamos anteriormente, a veces también los médicos, del T4.

Uno pensaría que un programa tan cruel como este, tan conocido además por su propaganda, sería rechazado por la mayoría de la gente, pero la verdad es que, al igual que en la Shoá, el mundo miró y no hizo nada. Este programa fue ampliamente aceptado y respaldado por la casi totalidad de los médicos y sin ninguna resistencia real, salvo el gremio de las enfermeras que rechazó el programa aunque se vieron involucradas por ser parte del sistema sanitario.

Fue la resistencia y presión popular por parte de los afectados (algunos pocos familiares y allegados y algunos pacientes que pudieron usar su voz) y también parte de algunos circuitos religiosos, tanto católicos como protestantes lo que condujo a que oficialmente se suspendiera el programa en 1941 aunque no implicó el desmontaje de la organización criminal establecida para desarrollar estos plantes, ni el cese de los asesinatos en los centros destinados para esto. Hitler ordenó parar el programa de eutanasia al fin de agosto de 1941, dado el conocimiento público generalizado de la medida y la estela de protestas privadas y públicas sobre las matanzas, especialmente de miembros del clero alemán.

De hecho, terriblemente, el programa de niños fue el que continuó de forma oficial. Las voces de sus padres generalmente no salieron a defenderlos, y en algunos pocos casos llegaban tarde. El asesinato masivo de ancianos y adultos continuó de forma más descentralizada y secreta, dándoles a los médicos más poder sobre sus pacientes, al tener menos requisitos burocráticos. En agosto de 1942 recomenzaron las matanzas.

Las víctimas ya no eran asesinadas en cámaras de gas, sino por inyección letal o sobredosis de drogas en varias clínicas dispersas por toda Alemania y Austria. También muchas de estas instituciones privaban sistemáticamente las víctimas adultas e infantiles de comida. El programa de eutanasia continuó creciendo y llegando a incluir una amplia gama de víctimas: los llamados asociales, pacientes geriátricos, víctimas de bombardeos, y extranjeros que hacían trabajos forzados.

De hecho en esta segunda etapa se mató a más gente que en la primera, y este asunto continuó luego de la guerra, con la caída del régimen nazi, dado que hoy se conoce que algunos médicos continuaron matando luego de la ocupación aliada.

Sin embargo es interesante conocer quiénes fueron los que se opusieron y se arriesgaron por defender lo que consideraban correcto. Por ejemplo el obispo alemán Clemens August von Galen (1878-1946), quien se enfrentó públicamente a la “acción T4” mediante pastorales y otros escritos. A veces el rol de la Iglesia Católica en todo el proceso de la Shoá y del nazismo es visto como el de cómplice de los perpetradores, cuando en realidad su rol no es tan claro. Si bien no hubo un pronunciamiento fuerte y masivo de la Iglesia frente a estos crímenes, si hubo personas como von Galen que se la jugaron. Según documentos publicados tras el fin de la guerra, el nazismo decidió no ejecutar al obispo en el momento en el que se oponía para evitar que se convirtiera en un mártir de la resistencia. Pero pensaba ejecutarlo después de la victoria final. Otros sacerdotes católicos también hicieron lo mismo, como Bernhard Lichtenberg, desde Berlín, entre otros. Su suerte y la de otros tantos no fue como la de von Galen. Lichtenberg falleció cuando era trasladado a un campo de concentración, y otros sacerdotes fueron encarcelados.

Es esta resistencia, junto con la de la gente afectada la que consiguió provocar la oposición, o al menos la crítica de algunos jueces y militantes nazis en contra del programa. Por supuesto que esta crítica no tuvo la fuerza que debería tener.

Durante la fase inicial de las operaciones, de 1939 hasta 1941, alrededor de 70.000 personas murieron en el programa de eutanasia. En el procedimiento del Tribunal Militar Internacional de Nuremberg (1945-1946), se calculó que el número total de víctimas era de 275.000 personas.

Se llegó a juzgar a algunas familias de niños asesinados, a los médicos responsables, etc., pero ningún juicio quita a la humanidad entera de la mancha que este programa implicó. La justicia llegó tarde y fue poca. En donde se encontraba omisión por parte de la familia por proteger a sus parientes, en particular niños, se juzgaba a la familia. Cuando la familia no sabía, porque la censura de las cartas de las personas hospitalizadas existía y si bien hablamos de propaganda no todo el mundo realmente sabía lo que pasaba. También se llegó a juzgar a la oficina central, al consejo médico del partido Nazi y a los hospitales que permitían el envío de sus pacientes a los centros donde se los gaseaba.

Como consecuencia de este programa, se estableció el uso de las cámaras de gas y los crematorios para el asesinato sistemático. Los expertos que participaron en el programa de eutanasia fueron instrumentales en el establecimiento y la operación de los campos de exterminio usados después para llevar a cabo la “Solución Final”. Y además se comprobó que si a la sociedad no le importaban sus propios parientes aún menos le iban a importar los judíos y otros grupos minoritarios. Hubo padres contentos de que sus hijos “defectuosos” fallecieran. Este tipo de ideas, de programas, deshumanizan tanto a las víctimas, porque las convierten en cenizas de una pila, como a sus familias y a toda la sociedad, que mira y no ve, que simplemente no le importa, que considera que la vida humana tiene un valor en tanto una persona tenga cualidades físicas y mentales que lo incluyan dentro de una normalidad conceptual construida en base a preconceptos.

¿Vale más una persona sana que una enferma? ¿Podemos ponerle valor a una vida humana?

Original Traducción
Als die Nazis die Kommunisten holten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Kommunist.

Als sie die Sozialdemokraten einsperrten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Sozialdemokrat.

Als sie die Gewerkschafter holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Gewerkschafter.

Als sie die Juden holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Jude.

Als sie mich holten,
gab es keinen mehr, der protestieren konnte.

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar

 

Martin Niemöller (1892-1984)

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