Te conocí en el lugar más vacío de esperanzas,

donde todos están en las más bajas andanzas

pero en vez de entregarnos a la carne

decidimos hacerlo a la palabra.

 

Palabras en forma de negras arañas en un fondo blanco,

que se expandió y cambió, y fue azul o verde,

nunca lo sabré

pero nunca fueron pronunciadas.

Nunca fueron palabras sonoras,

ondas de sonido perdidas en el viento eterno del tiempo.

 

Aún así fueron palabras.

Palabras que contaban nuestras historias

y, que para mí,

se convirtieron en un extraño espejo.

 

Fuiste una especie de espejo,

en el que solo me reflejaba cuando estaba empañado.

Algunos de esos rincones intervenidos por el vapor

reflejaban fidedignamente quien fui,

mis miedos caducos

mis valores claudicados y cambiados por otros.

 

Otras partes ya no eran espejo,

eran opacas

pero con un brillo tan interesante

que estimulaba mi mente ya galopante

deseosa por emprender una nueva carrera en el amor.

 

Tan deseosa que idealizaba,

que en mis entrañas creaba

una imagen distorsionada

que con la realidad rápidamente chocaba.

 

Con tus ojos algo tristes

y tu negro cabello ensortijado

que nunca tuve entre mis manos

y con tu charla inteligente

y tus comentarios dulces

me cautivaste sin siquiera haberte visto.

 

Pero al pasar el tiempo,

como cuando pasa una brisa que oculta en su aire dura escarcha

apareció el miedo.

 

¿Seré lo que busca?

¿Podré serlo?

¿Podré convertirme en eso?

 

Somos tan diferentes…

¿Podrán convertirse estas palabras en un amor perenne?

 

Y como viento que mueve las hojas del otoño

mi energía

mis ganas

mi fuerza

fueron invadidas por la duda.

 

Y un amor cobarde no llega a amor,

y me quedé acompañado de nuevo

del miedo

y de la duda

y de los recuerdos.

 

También sigo acompañado de las posibilidades,

sigue habiendo espacio en blanco para seguir escribiendo caracteres negros

y sigue habiendo adentro

del corazón espacio para sentir.

 

Pero hoy el espejo está roto.

¿Lo rompí yo o simplemente el destino?

Está roto.

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