Desde que tengo memoria siempre me supe diferente. Me lo hacían sentir, o quizás soy diferente y por eso lo siento. Pero no creo ser tan peculiar o diferente al resto de la humanidad. Sin embargo siempre me hicieron sentir diferente y mal respecto a esa diferencia. Y me lo creí. Y me lo creo.

Desde que tengo memoria siempre me sentí rechazado. Porque lo era. Constantemente. Durante años. Y eso deja mella.

Hoy en día sigo siendo diferente y alrededor mío tengo muchos amigos que me quieren y aprecian por quien soy, incluyendo esas diferencias como algo positivo. Y los quiero muchísimo y les estoy agradecido, porque en su compañía creí. Dejé de temerle a la gente y a los grupos. Me di cuenta que soy interesante y divertido y digno de ser querido.

Pero hay días en los que me siento increíblemente solo. Como si fuese la única persona a la que le pasan estos asuntos. Como si fuese una persona imposible de querer, sin ningún valor. En esos días siento que vuelvo a las aulas del liceo y de la escuela, donde todo esto se generó. Me siento de nuevo ese niño vulnerable, que solo quiere sentirse seguro, amado y respetado por quien es, sin necesidad de que lo cambien.

Hay situaciones que me hacen sentir rechazado de nuevo. En las situaciones de levante, me siento como si fuera lo último de lo último. Nunca voy a ser uno de los “cool kids” por más que tenga fotos hermosas en Facebook o haga lo que haga. Cuando me gusta una de esas personas que parece perfectamente integrada y popular en la pirámide social, es aún peor. Me siento aún más inseguro y devastado por no saber que decir o como capturar su atención. Y cuando no la obtengo, cuando simplemente soy ignorado, me vuelvo a sentir como si no valiese nada.

Incluso si bien tengo muchos amigos, nunca logre pertenecer a ningún grupo del todo. Ni tampoco formar un nuevo grupo. Siempre estoy con una pata adentro y una afuera. Por mis peculiaridades y mis aristas siento que nunca puedo encajar en ningún puzzle.

Y eso me frustra. Nunca tener un grupito de amigos para salir, para vacacionar, y siempre verlos desde afuera. Ver a mis amigos con sus grupos de amigos haciendo actividades y yo, en el mejor de los casos como un invitado especial, como un agregado. Y me frustra y duele aún más cuando lo veo en gente que no conozco, en grupos a los que me gustaría, por como imagino que debe ser, pertenecer.

Cuando yo expreso estos sentimientos, el interlocutor me dice cosas como “Pero si sos lindo…”, “Pero si sos inteligente…”. Y yo puedo reconocer veracidad en algunos de esos argumentos. No soy horrible de mirar y definitivamente no soy tonto –aunque también me lo hacen sentir, menos frecuentemente que indeseable, pero me lo hacen sentir-.

Me interpelen con el argumento que me interpelen, por más verdaderos que puedan llegar a ser, no puedo evitar sentirme de esta manera. No puedo evitar que las lesiones del bullying sigan teniendo su efecto en mí, en como interactúo con otros, conmigo mismo, con mi cuerpo, con mi sexualidad, etc. Si bien hay días mejores, cuando los días vuelven a ser malos, realmente lo son.

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