Como bálsamo que cura

de una menta refrescante,

sorpresivamente te acercaste

y sin más, mi mano tomaste.

Con tu carita de niña convirtiéndote en mujer

llena de sentimientos que no querías ocultar,

trataste de expresar

aquello que turbaba tu corazón.

Impedida de encontrar las palabras, innecesarias,

balbuceaste llena de empatía

y te largaste a llorar.

Al verte tan conmovida

por el dolor que viví en una parte de mi vida

no pude sino acompañar tus lágrimas.

Pero las mías no eran de sufrimiento

sino de feliz emoción

porque mi corazón y mi razón

entendían que lo que vivían

era la muestra más pura de empatía

para con el otro.

Y esas lágrimas que bañaron mis mejillas,

las suyas y las mías,

curaron mi corazón,

dándome esperanzas de un mundo mejor,

más solidario y con menos discriminación.

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