Me enteré que un amigo, o más bien un conocido al que le tengo mucho cariño nos abandonó. Y de una manera bastante trágica. Los detalles no son importantes. Y me puse a pensar mucho en quienes lo rodeaban y en cómo se deben sentir. Y las lágrimas caían sobre el teclado de la computadora en la oficina. En frente de un monitor veía la noticia, sin realmente saber. Saber que sintió o en que pensaba.

El lugar se sentía frío y el tiempo congelado. El tiempo es la única medida en la que realmente podemos medir la existencia y la vida. Y en ese momento el tiempo parecía no pasar, como queriendo evitar lo inevitable, desandar ese camino, re-escribir la historia.

Pero la historia no se puede cambiar y la muerte es lo único que es irreversible. Y siempre, siempre nos es incomprensible. En este caso quizás aún más.

Y empecé a recordar. Recordar es volver a pasar por el corazón, y de repente esos momentos llenos de amor de generación espontánea que viví en 2012 con la gente de Bahía Blanca volvieron a estar como una marca indeleble en mi vida.

Fui a Bahía Blanca a un congreso de AIESEC y por tonterías me enfermé y estuve internado una semana. Nunca había tenido más miedo aunque como siempre lo oculté con humor. Nunca me había sentido más vulnerable. No dominar tu propio cuerpo es una de las sensaciones de impotencia más fuertes.

Ahí lo conocí.

En el hospital estos amigos que como dije, eran de generación espontánea, porque a la mayoría no los conocía, montaron guardia para cuidarme. Día y noche. El que llegaba más temprano, o más tarde… porque era en el horario en el que la noche se confunde con el día era él. La primera vez que lo vi me asusté un poco. Suelo tener un sueño liviano y aunque en esa situación estaba bastante cansado, cada tanto abría los ojos. Ya tener a un señor lleno de ruidos de enfermedad al lado no me dejaba conciliar el sueño, pero ver a este muchacho –a veces con lentes y a veces no- me generó un pequeño sobresalto. Era difícil conciliar la idea de que estaba en un hospital y que por esa semana mis nuevos amigos, mi nueva familia iban a ser estos completos extraños.

Igualmente enseguida que lo vi se presentó. Yo miré, y aunque no tenía mis lentes pensé que era un chico lindo. Mucho más lindo cuando habló y usó un montón de palabras complejas que a mi corazón académico le encantaron. También en seguida me di cuenta que no era gay, pero no me molestaba. Mi médico parecía sacado de una revista de lo bello que era y tampoco me molestaba. Admirar la belleza es algo que suelo hacer.

Después dijo que trabajaba en el área de Finanzas de AIESEC Bahía Blanca. Ese dato no podía haberme aburrido más. Hasta el día de hoy, ya siendo alumnus de la organización no sé de que hablar con los chicos de finanzas. Las finanzas me aburren. Pero no fue necesario hablar de eso.

Con él existían mil temas y por eso mantuvimos contacto hasta hace dos meses, cuando hablamos de Marcel Proust un poco. Nunca contestó la última frase que le escribí. No es importante.

Cuando salí del hospital fuimos a bailar al Club. Allí había una pantalla gigante y él en un momento en el que lo perdí de vista escribió un mensaje brindando a mi salud. Un gesto más de la dulzura que tenía. Cuando terminamos de bailar caminamos y charlamos y en esa charla quizás podrían haberse visto algunas señales. Todos tenemos sinsabores en la vida.

Pero eso contrastaba con la imagen alegre y vivaz que tengo de él. Y creo que es con esa imagen con la que voy a quedarme. Creo que es esa la más auténtica.

Hasta siempre,

Fabián.

Pd.: Escribí un poema en mi diario, porque la prosa era más dura que transcribo a continuación.

 

Gente

Hay gente que se nos cruza

por un único instante

que se convierte en simple anécdota.

 

Hay gente con la que hablamos muy poco

y en pocas palabras muestran su alma.

 

Él era de muchas palabras, intrincadas por momentos,

pero en cada una de ellas hoy siento

que como fiel espejo

mostraban toda su luz, en distintos bosquejos.

 

Hay gente que no podemos olvidar

porque no podemos evitar soñar

volvernos a cruzar

para retomar aquello de lo que nos gustaba charlar.

 

Hay gente que se nos cruza

por un único instante

y nos cambia para siempre

porque deja en nosotros un recuerdo indeleble.

 

Siento que él era así

y por eso nunca va a realmente partir.

Anuncios