Originalmente publicado en el Semanario Hebreo el 9 de octubre de 2014. Muchas gracias a Ana Jerozolimski por querer publicarlo allí y a Rita Vinocur por motivarme a escribirlo.

La Shoá también es nuestro patrimonio

Por Fabián Álvarez

Hace más o menos una semana Rita Vinocur me envió un correo electrónico invitándome a participar de una jornada por el Día del Patrimonio en el Centro Recordatorio del Holocausto, en la Kehilá. Hace años yo quiero visitar la quinta de Don José Batlle y Ordoñez, algo alejada del clásico circuito de atracciones del fin de semana del patrimonio, pero ¿se le puede decir que no a una invitación de Rita Vinocur?

La respuesta es un rotundo no porque al menos yo no conozco una persona con más energía y que transmita tanta pasión a la hora de convocarnos a recordar lo que ocurrió en la Shoá con el pueblo judío (y también con las otras víctimas del nazismo).

Todas las veces que la escuché hablar sobre lo que ocurrió y sobre la importancia de que las nuevas generaciones recordemos ha sido no sólo porque ella es hija de una sobreviviente, sino porque la discriminación sigue presente. Y no sólo con el preocupante crecimiento del antisemitismo en el mundo sino también en situaciones más pequeñas y cotidianas que en Uruguay judíos y gentiles vivimos.

La Shoá como cenit la discriminación al diferente hace que miremos a nuestra comunidad y a nosotros mismos para examinar nuestras conductas, nuestro accionar y nuestro pensamiento. Nos hace preguntarnos ¿Estamos acaso libres de esta mancha nosotros mismos? ¿Podemos hablar sobre la Shoá y las lecciones que dejó a la humanidad con las manos limpias y los ojos honestos? ¿Podemos abogar por el reconocimiento al derecho que tenemos todos de ser diferentes para que así empiece la igualdad entre los seres humanos?

Terminando con estas digresiones, mi plan para el domingo pasado rápidamente cambiaron. Su invitación no fue del todo clara porque yo no sabía si me invitaba para ser parte de las actividades o para que la ayudara en algo en específico. Hace tres años soy educador del Proyecto Shoá y al cruzarnos en distintas actividades educativas en la temática Rita siempre me sugirió que si tenía tiempo podía ser guía en el Museo de la Shoá. Nunca le dije que no pero la vorágine en la que se vive hace que a veces releguemos actividades de verdad importantes. Unos días después salí de la duda porque me envió información sobre el Museo para que estudiara.

Ese domingo llegué un poco tarde. El cambio de hora conspiró en mi contra. Para mi sorpresa, la gente estaba en un lugar dela Kehilá en el que nunca había estado: la sinagoga. Nunca había entrado a una sinagoga. Al ser católico me sorprendió lo diferente que era a una Iglesia, aunque yo ya sabía bien que iba a ser completamente distinta. Igualmente no pude quedarme pensando mucho en estas diferencias porque estaba frente a un auditorio lleno y enseguida Rita me vio llegar y me pidió que pasase al frente. Con la desfachatez que me caracteriza disfracé mis nervios de coraje y me paré al lado de ella.

Difícil es tener algo para agregar sobre la Shoá cuando Rita habla pero aún más difícil es estar parado enfrente de un auditorio lleno en completo silencio. Si lo hubiese hecho la gente se hubiera preguntado “¿Y este muchacho que hace ahí?” así que cada tanto compartí un poco del conocimiento que fui adquiriendo a lo largo de estos años de estudio sobre la Shoá.

Esta charla que tuvimos con todos los que, como yo, decidieron dedicarle este domingo tan especial, a conocer otra parte de nuestro patrimonio, ya no como uruguayos sino como habitantes de este planeta, sirvió de prolegómeno a lo que iba a suceder después.

Una hora después de comenzar a hablar sobre que fue la Shoá, sobre el Centro Recordatorio del Holocausto (con su Museo y su recién inaugurada Biblioteca) llegaron los sobrevivientes  Irene Brunstein e Isaac Borojovich a compartir sus experiencias con nosotros.

Isaac, con el oficio de quien ya ha hablado sobre el tema en público infinidad de veces se mostró canchero y hasta podríamos decir divertido, incluso al hablar de vivencias tan terribles. Nos conmovimos con su dolor pero también nos divertimos con sus picardías y su ingenio para sobrevivir.

Antes de que Isaac tomara la palabra, habló Irene, que nunca lo había hecho anteriormente. Su testimonio fue completamente distinto al de Isaac pero su presencia (junto a su hija) fue poderosamente carismática. Todos quisimos hablar con ella, tomarnos una foto y comprarle su libro, recientemente publicado y cuyas ganancias están siendo donadas al Centro Recordatorio. Al abrirse un espacio de preguntas yo tuve la curiosidad de preguntarle porqué estaba contando su historia ahora. Me contestó que era porque veía que el mundo precisaba que la contase por el creciente antisemitismo. Y con esta respuesta nos pasó la posta a todos los que allí estábamos presentes: al conocer esta historia tenemos que contarla para que no se olvide, para que no se repita con ningún pueblo.

A modo de anécdota, al finalizar la charla de Isaac ambos se dan cuenta que fueron vecinos hace más de sesenta años y, como si nosotros no estuviéramos allí, con gran emoción comienzan a ponerse al día. Esa emoción que ellos sentían de alguna manera también la sentimos todos nosotros.

Tras una improvisada venta de libros comenzó el taller de literatura femenina de la Shoá de la profesora Andrea Blanqué. Si bien hay eximios escritores del sexo masculino que cuentan lo que ocurrió en la Shoá; y lo cuentan de forma tal que sus escritos poseen un enorme valor literario además de histórico, Andrea se concentró en mostrarnos el universo femenino de escritoras de la Shoá, desde las más insignes como Hèlene Berr y Anna Frank hasta aquellas menos conocidas. Como generalidad nos planteó que se destacaba el diario íntimo y la poesía como formas elegidas por las mujeres para contar su historia. También se repite el origen intelectual y social encumbrado y lo asimiladas que estaban a la sociedad de algunas de estas incipientes escritoras. Las edades y las formas, los países y sus historias personales varían y todas merecen particular atención. Como eso no es posible me enfocaré en otro punto.

Dar un taller sobre literatura de la Shoá o literatura concentracionaria no es como hablar acerca de cualquier otro período histórico de la literatura, con sus grandes hitos y autores. Este tipo de literatura, para quienes sentimos una profunda empatía con lo que pasó en el nazismo nos conmueve hasta la médula. Y Andrea no es una excepción. La emoción con que transmite su caudal de conocimiento hace que quienes la escuchamos no sólo aprendamos sino también nos conmovamos con ella. Por eso cada vez que la escucho se me pianta un lagrimón y no fui el único en ese auditorio al que le pasó.

Finalizando con esta larga jornada recorrimos juntos el Museo y allí tuve la oportunidad de hablar con quienes habían decidido estar tantas horas escuchando hablar sobre un tema tan árido y doloroso. Había muchas preguntas y mucha gente por lo que el Museo quedaba pequeño. Sin embargo, al irles contando la historia detrás de cada una de las cosas que allí se encuentran nuevas lágrimas aparecían y con ellas nueva consciencia.

Si bien la Shoá ocurrió en Europa hace setenta años con el pueblo judío es parte de nuestro patrimonio como humanidad como explicaba anteriormente y también como uruguayos. A modo de ejemplo, Irene comentaba que su primera nacionalidad fue la uruguaya dado que nunca pudo tener la polaca. Todos aquellos sobrevivientes que decidieron vivir en Uruguay crearon familias y contribuyeron al desarrollo del país en todas las ramas imaginables. Junto a otros, crearon el Uruguay de hoy. Y también dejaron sus historias que se convierten en nuestro legado y en nuestro patrimonio.

Articulo Semanario Hebreo

 

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