Hay pájaros que se posan sobre nuestros hombros

o entonan baladas que nos alegran la mañana

como el festivo canto del ruiseñor

o la uruguaya postal de teros en los campos

y eso nos hace sentir fuera de la maraña

de una ciudad que parece que nunca para.

 

Y los recordamos por siempre

porque fueron un oasis en el medio del desierto

y una tormenta de verano en medio del calor desolador

del infierno en el que a veces sentimos estar.

 

Y los recordamos por siempre

porque fueron nuestra Beatriz

entregándonos con sus manos desnudas

el trozo más preciado del paraíso.

 

El primer pájaro que en mi se posó fue delicado

como mariposa de un solo día

marrón como paloma de campo

sin el negro color del hollín de la ciudad.

 

Estando conmigo algo se oscureció.

Yo fui hollín y quizás alquitrán,

por eso lo dejaré volar.

 

Quizás a su vuelta

yo sea feliz, desordenado y alegre.

Burbujeante…

Como pompas de jabón.

 

Quizás a su vuelta

pueda limpiar esas heridas y

mi paloma recupere su color chocolate,

su ingenuidad campesina

sus ganas de entregarse por completo a un gauchito

que lo ame sin medidas

y siempre cuide sus plumas marrones.

 

Hace tiempo que emprendió vuelo

y decidió no volver por estos lares.

Y hace tiempo yo decidí

perdonarme y limpiar mis propias manchas oscuras.

Y ahora estoy listo para ser extraordinario.

 

Ahora es el momento en el que empiece a limpiar las plumas blancas de otro pájaro

que canta conmigo otra tonada.

Y juntos estamos construyendo una realidad clara

límpida como nuestro cielo de primavera austral.

 

Hoy me parece que no es necesario un páramo en esta vida arrolladora

sino un compañero a mi lado con ansias devoradoras

de enfrentarla con valentía

y vivir con la bravía

con la que yo no puedo evitar vivir.

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