Con la mirada nublada me encontraste

y aunque yo no te pudiera ver bien

y aunque el vapor empañara mi vista

me miraste con tanta lujuria que te seguí.

 

No podía dejar de pensar en nosotros dos

Mientras caminaba por ese pasillo y subía torpemente las escaleras.

No podía dejar de pensar en vos y yo.

En vos y yo en la oscuridad.

Yo solo pensaba en lo que iba a pasar en la intimidad.

Igual nunca hubiese podido adivinar lo que finalmente iba a pasar.

 

Ese martes, en ese lugar sin luces pensé:

“Ojala me lleve a su casa”.

Pero no lo hiciste y decidimos sin hablar algo más profundo.

Decidimos sin pensarlo.

Ahora te llevo siempre conmigo.

 

Igual algunas cosas desde ese primer martes no cambiaron.

Desde la primera vez que te mire veo al mismo hombre.

Cada vez que te miro veo un par de hermosos brazos

y un cuerpo que más que cuerpo es carne e invitación

a ser recorrido sin compasión

a ir por más y más.

 

Yo sé que cada vez que salgo de la ducha

tus ojos dulces se ponen algo salvajes y piensan:

“pucha que lindo que sin lentes con su cara de nene bueno.”

 

Pero también sé que sabes que la cara y

el pelo como hebras de suave oro

que todavía no es tan largo como para caer sobre mis hombros

son lo único que tengo de cándida inocencia.

 

Mi mirada llena de deseo

y mi sonrisa pícara guían tus manos

hacia mis intenciones.

 

Esas intenciones a las que te guio

al pasar las semanas se llenaron de muchos sentimientos

en los que no me puedo concentrar si veo tus piernas

o tu pecho semidesnudo

enfundado en una minúscula musculosa negra

porque solo pienso en lo que pasara

si atravieso ese umbral que es solo tela.

 

En esos momentos solo puedo pensar

en cuanto deseo que me hagas tuyo

en todos y cada momento.

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