Hay días que amanecen como perlas colgando de un triste cuello

robadas del fondo del mar, grises y mustias

de esas que vivieron eternas noches tristes decorando pechos congelados.

 

En esos días uno despierta con la tristeza del día anterior,

con una angustia que parece no tener redención

y con el correr de las horas

parece que no se percibiera ninguna mejora.

 

Y de repente, tímido, un rato de luz aparece

y te ilumina ese día,

incluso si ya es de noche.

 

Ese rayo es tu lado luminoso,

tus lentes a través de los que ves todo de otro modo.

Ese rayo es tu vendaval

que decide mover las nubes que a tu lado están.

 

Y al hacerse presente

el momento ya es diferente

y a las cosas buenas de tu vida las tenes más pendientes.

 

Y como si fuese alquimia

aparece en uno la alegría

y no hay nada que pueda evitar que suavemente me sonría.

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