Hace mucho tiempo que no escribo y este lapsus pasó porque realmente no estuve teniendo muchas experiencias que me inspiraran. No estuve creando anécdotas sino simplemente pasando la suma de los días. A veces pasa. No siempre vivimos cada día, cada semana, cada mes como si fuese el último. Yo creo que deberíamos vivir así, pero a veces necesitamos tranquilidad.

Pero esto cambió anoche porque a pesar del cansancio y la falta de ganas decidí salir de casa. Era el cumpleaños de una de las personas que más quiero y eso es un acontecimiento ineludible. Iba a ir un rato. Volví a casa a las nueve de la mañana.

Cuando la reunión en su casa terminó y todos decidimos ir a bailar se propuso ir al Rancho. Yo, con las experiencias negativas de discriminación que viví en la puerta del Club, en el complejo W, iba con la idea de que no íbamos a poder pasar. Iba con la idea de que me iba a pasar algo a mí, de que me iban a mirar con desprecio y simplemente mi noche terminaría ahí, les insistiría a la cumpleañera y al resto del grupo que vayan, que estoy agotado y ni ganas de bailar tengo.

La verdad es que tenía ganas de ir a bailar desde hacía meses, pero vivir situaciones así y saber que mis opciones son más limitadas y no son los lugares a los que mis amigos quieren ir hacía que ni propusiera la idea de ir a bailar. Ayer había surgido naturalmente, como extensión de un merecido festejo. Mi única esperanza era ir a Up, otro de los lugares en los que el complejo se ha dividido, porque allí nunca se me había negado el acceso.

Ni siquiera llegué a la puerta del Rancho porque no dejaron pasar a otro de los invitados por algún absurdo e incomprensible motivo. Se mezcló la indignación y las ganas de seguir de fiesta. A algunos nos molestaba la idea de insistir para entrar, de tener que buscar artilugios para que se nos dejara pasarla bien en una discoteca, de tener que apelar a conocidos para que ese muro que los patovicas han creado se demuela. Otros, con un sentido más práctico pensaban en hacerlo.

Sin embargo, al lado del Rancho está 2 AM, un boliche del que había escuchado pero al que nunca había ido. Como dábamos el partido por perdido fuimos. Allí, nos recibió un muchacho que conocía a la cumpleañera y a este blog y que comenzó a hablarnos de lo estúpido que es discriminar y de lo irracional de la homofobia. Todas las fobias son irracionales.

Su discurso era simple pero no por eso menos verdadero. Decía algo que para mucha gente, a pesar de ser más claro que el agua, suena inentendible. Decía que no entendía porque se negaba el acceso a personas de la colectividad LGBT. Que por más que a un gay le gusten los hombres no significa que van a querer estar con todos los tipos que estén en una fiesta. Como los tipos que están en esa fiesta no quieren estar con cualquier mujer que este allí. Bueno… al menos la mayoría y al menos antes de las 5 de la mañana, donde los filtros son más altos.

Y es una realidad. E incluso si un tipo me parece atractivo, no significa que voy a violarlo o contagiarle lo gay con la mirada. No es contagioso y si uno tiene claro quién es, no hay nada del mundo exterior que pueda cambiar eso. El problema de la homofobia, como el de la discriminación en general, es profundo, complejo y con explicaciones múltiples. Pero hay una idea que me viene a la cabeza que creo que tengo que compartir porque es útil más allá de este tema. Reafirmar quienes somos aplastando al otro, en una lógica de miedo a la otredad, de ver la vida entre ellos y nosotros, los buenos y los malos, o como diría Sarmiento, entre “civilización y barbarie” es negativo. Uno tiene que poder tener su identidad independientemente de la identidad de los otros y hasta en complementariedad.

Después de la charla, breve y cálida entramos a bailar y nos fuimos recién cuando apagaron la música. El lugar me hizo sentir cómodo, como hacía tiempo no me sentía. Anhelaba esa sensación de salir y no tener que ir a una discoteca gay como si perteneciera a un ghetto. No elijo a mis amigos por su orientación sexual sino por afinidad de espíritu. Y así planeo seguir.

Y como las noches mágicas se convierten en mañanas seguimos la fiesta en El Rancho, donde los patovicas nos dejaron pasar sin problemas. Quizás era poca la gente que estaba dispuesta a pagar la entrada cuando el sol clareaba el firmamento, pero para nosotros fue una hora más de diversión.

Y allí también me encontré al muchacho, del que olvidé el nombre por los efectos de las bebidas espirituosas, que volvía a decirme lo que me había dicho al comienzo de la noche.

Y como lo prometido es deuda, y como también hay que escribir las cosas buenas, que nos reconfortan el alma, y no solo las denuncias, escribo sobre esta noche en 2 AM.

Conmigo ganaron un cliente. Hasta el próximo año!

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