Durante años tuve una visión adolescente sobre lo que implicaba ser amigo. Estar siempre. Ser como carne y hueso, pero todo eso ignora la individualidad de cada uno. Los amigos se complementan, no son gemelos pegados a vos.
Y hoy que estoy haciendo reposo veo que de a poco, van apareciendo caras familiares que estando dolorido o no me alegran el día, incluso si les tengo que pedir que se vayan porque necesito descansar. Y espero sigan apareciendo, espero que la siembra que hice en estos años de una buena cosecha. Cuando uno está enfermo para mí es de buenas costumbres visitar a la persona que está convaleciente. Pero no todos piensan igual.

Y eso lo entiendo. Hay gente que la limita el miedo al contagio, aunque sea imposible, o que está muy ocupada, o que es muy vaga como para hacerse el tiempo, pero demuestran su amor de otras maneras. Y ¿quién soy yo para juzgar como demostramos el amor?

Y hay gente que te sorprende. Una amiga vino con un regalo. Un peluche pequeñito que amé, porque mi niño interior ama los peluches. Y un libro… que nunca hubiera mirado, o comprado pero que al empezar a leerlo era el libro perfecto para el momento en el que estoy viviendo. Me está haciendo reflexionar y pensar en muchas cosas. Además regalar tu libro favorito demuestra un amor que yo no sabía que ella sentía por mí. Y que ahora más que nunca lo siento.

Entonces, las amistades vienen en todas las formas y tamaños en tanto en esos vínculos haya un sano amor.

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