Con los ojos en medialuna,
mitad abiertos y mitad cerrados,
lo veo embelesado
es que está sintiendo la música y eso lo deja hipnotizado.

Los acordes diáfanos y eternos de música de noches sin tiempo
pareciera que se apoderan de nuestros cuerpos
en esas noches para el recuerdo.

Mientras escribo de sensaciones se embriaga mi mente
y entre más de tres mil respiraciones siento la suya
y se que esa fragancia es única y proviene de quien amo.

Es curioso pensarlo.
Nunca pensé en la respiración como aroma.
La respiración como olor es sin duda algo impensado de sentir,
excepto si estás enamorado.

Ruidos y ecos que se repiten en una terraza que realmente no existe
conspiran para lanzar ese conjuro de una noche nolvidable.

Me siento relajado
como no me sentía con él en el pasado.
¿Es que acaso somos los mismos?
Me lo pregunto porque desde siempre
dicen que el agua del cauce del rio nunca es el mismo.
Y hoy me siento con él igual distinto.

Lo miro y no puedo dejar de esbozar una medialuna,
ni dejar de agradecer a mi buena fortuna
de tenerlo como compañero de ruta
en esta vida que es, sin duda, una aventura.

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