Cimarrón: la discriminación y la imposición de la heteronormatividad

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La discriminación en la sociedad uruguaya parece ser un cáncer imposible de extirpar, incluso bien avanzado el siglo XXI. Se repiten episodios de discriminación a diario. Al gordo, a la negra, al pobre, al gay, al judío. Porque se supone que no entramos en lo normal. Sin embargo ¿Qué es lo normal? ¿Y quién es la voz autorizada para poner a algunos en una bolsa y a otros en otra?

Además, ¿Es legal discriminar? ¿Por qué ocurre con tanta frecuencia y facilidad, y sobre todo con tanta impunidad? Estos dos puntos, la imposición de un modelo de ser humano y la legalidad o ilegalidad de este tipo de medidas discriminatorias son los puntos que quiero tratar en esta entrada a mi blog.

Siempre pienso en estos temas, trabajo con estos temas, vivo estos temas por ser abiertamente gay, y también abiertamente estar en todos lados, con gente de todas las orientaciones sexuales, todas las religiones y colores, todos los partidos políticos. La igualdad comienza cuando reconocemos el derecho de todos a ser diferentes. Y a mi me gusta vivir en una burbuja de gente diferente, en la que todos somos iguales, valemos sólo por nuestras virtudes, tal como marca la Constitución de nuestro país (y justo ayer que era 18 de julio, día en el que se aprobó nuestra primera Constitución).
Sin embargo hoy lo pensé más porque me pasó un episodio de flagrante discriminación. Hoy en la puerta de Cimarrón (Bar y Parrillada) un lugar al que voy desde que tengo 18 años no me dejaron entrar por mi vestimenta. Según la persona de seguridad de la puerta mi apariencia no iba con la onda del boliche. Lo que quiso decir, lo más amablemente posible, es que era demasiado puto para entrar.

Yo le dije que lo que estaba haciendo es ilegal. Dentro de las normativas vigentes respecto al Derecho de Admisión y aplicables a mi caso, está en el Digesto Departamental de la IMM en el Volumen XII de los Espectáculos Públicos, Título Único, Capítulo 1, que en sus disposiciones generales, artículo D.2804 marca que se prohíbe la entrada a todo local de espectáculos públicos a personas en estado de embriaguez o notorio desaseo.

En el marco de las leyes existe la ley 17250 de Defensa del Consumidor, que en su artículo 22 (que versa en las prácticas abusivas del comercio) dice “Negar la provisión de productos o servicios al consumidor, mientras exista disponibilidad de lo ofrecido según los usos y costumbres y la posibilidad de cumplir el servicio, excepto cuando se haya limitado la oferta y lo haya informado previamente al consumidor, sin perjuicio de la revocación que deberá ser difundida por los mismos medios empleados para hacerla conocer.” Las personas seguían entrando a la discoteca Cimarrón mientras que yo me veía impedido de hacerlo. Y también existe una ley, la 18507 en la que el consumidor puede realizar un reclamo rápido si se ve afectado.

En la legalidad existe un vacío respecto al Derecho de Admisión porque no hay una normativa clara. Sin embargo, con la normativa vigente los dueños de Cimarrón estaban en la ilegalidad al plantear a su seguridad normas discriminatorias (además tenemos leyes respecto a la ilegalidad de la discriminación por orientación sexual) para impedir el paso a personas que tenemos una estética distinta o una orientación sexual diferente.
Y el mismo guardia de seguridad reconoció que lo sabía. Sabía que estaba en la ilegalidad.

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Yo iba a este lugar porque una amiga muy querida cumple años. No me cambia que una noche no salga a bailar. No me cambia no poder ir más allí. Me cambia no poder compartir momentos y generar recuerdos por la discriminación que un local bailable pueda hacer.

Me cambia porque desde que tengo 18 años voy y una de las cosas que me gustaban de ese lugar es, que si bien se caracteriza por tener un público tradicional y conservador, yo podía ir como quería y pasaba tranquilo. Nunca me habían dicho nada, como si me había pasado en otros lugares. Fui de blazer fucsia, de pantalones rojos, ropa más estridente que la que hoy visto. La gente me miraba. Incluso alguna persona me preguntó si era gay y entable conversaciones que quizás esa persona nunca había tenido. Hablé de identidad de género, de sexualidad, de las diferencias. Entre copas y de forma amena. Esas personas tenían experiencias que los enriquecían y yo también. Pasé grandes noches ahí con mis mejores amigos, escuchando música que quizás en otro lugar no escucho.

Cuando reinaba la armonía, y no tenían reglas de admisión discriminatorias e ilegales. Lindos recuerdos.
Cuando reinaba la armonía, y no tenían reglas de admisión discriminatorias e ilegales. Lindos recuerdos.

En un momento de la charla con el guardia de seguridad mi amiga, la cumpleañera le interpelaba y preguntaba que si yo me sacaba determinadas cosas (un gorro fedora o un pañuelo) podría pasar. Yo le dije que no importaba, que no me iba a cambiar. No porque ese sombrero o ese pañuelo significara algo. Vivo a tres cuadras. Puedo vestirme de otra manera. Puedo vestir como todo el público que allí está. Cambiarme e ir. Pero eso, simbólicamente, implica volver al closet. Disfrazarme de una persona que no soy para poder ir a bailar. Y no estoy dispuesto a tal sacrificio. No estoy dispuesto porque fue una lucha salir de ese closet, aceptarme a mi mismo y que quienes me quieren me quieran por quien soy.

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Esto nos introduce un poco al otro punto que quería tratar en este artículo. La imposición de un modelo determinado de personas. Hay personas que son correctas, que se adaptan a un patrón que la sociedad ve como normal y otro grupo de gente que por no estar en ese patrón es excluida. Gente que es gorda, negra, de una orientación sexual o una religión distinta y que por eso no puede entrar. El acto de no poder entrar es hasta simbólico.

El no poder entrar en lo que la sociedad nos pide nos da miedo. Miedo a ser excluidos. Sin embargo vivir con pieles ajenas nos produce incomodidad y picazón. No es necesario hacerlo. Podemos vivir siendo quienes somos. Simplemente siendo quienes somos. Distintos pero mezclados. Sin separarnos o aislarnos porque somos distintos. La diferencia enriquece.

La imposición de la heteronormatividad y de una determinada masculinidad marca la pauta de que sociedad tenemos. Donde muere una transgénero y los medios de comunicación masivos la vuelven a matar al no respetar su identidad de género. Donde mueren mujeres todo el tiempo y la violencia en el deporte abunda. Incluso en ámbitos educativos las maestras son golpeadas porque madres y padres no manejan la frustración.

Otros modelos alternativos, donde la gente pueda manejar mejor sus sentimientos, su frustración, su forma de ser, sus deseos, etc. son posibles y necesarios. Modelos en los que cada quien pueda ser diferente y ser quien es.

Algunos quizás piensen cuando lean esto. Pero el pibe puede ir a un boliche para gays, ¿por qué rompe los huevos? Y es verdad puedo ir a un boliche gay, convivir con gente que quizás no me vaya a discriminar, al menos no por mi sexualidad, bailar determinada música y no salir de esa burbuja. Pero yo no elijo a mis amigos por su sexualidad. Elijo a mis amigos porque me caen bien, porque comparto valores e intereses y si esos amigos les gusta ir a Cimarrón, Lotus, o cualquier otro lugar, yo voy. Porque decido no esconderme. Quizás esa exposición me coloque en lugares de vulnerabilidad y me hace vivir estas experiencias tan feas. Pero también me fortalece. Porque me animo a salir de mi zona de confort. Y nunca voy a volver a ese lugar cobarde de esconderme. Por más que me sigan discriminando. Porque exponiéndome voy a abrir sendero para que la discriminación disminuya. Porque una voz honesta es más fuerte que la de una multitud. Aunque esa multitud este llena de prejuicios, mediocridad, miedo y cobardía y yo tengo esa voz valiente y sincera y el coraje para usarla para la denuncia.

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