Poder ir al teatro en un país que no es el tuyo, en una ciudad que no sentís propia puede ser un reto.

Un reto porque, más allá del costo de las obras que, dependiendo del lugar, puede ser mayor o casi ínfimo, para el turista siempre está el dilema de saber si realmente está viendo un buen espectáculo o simplemente ve algo preparado para ser vendido como genuina manifestación cultural pero que es, al final, un enlatado de clichés de la cultura de la ciudad o el país. Más aún en Brasil, donde existen fuertes manifestaciones culturales como las novelas, el fútbol, ciertos géneros musicales y el carnaval. Más aún en Brasil, país con lugares preparados para el turista.

Además, en cualquier lugar del mundo, siempre hay modismos y localismos que, en una buena traducción e interpretación, especialmente en un texto contemporáneo, son añadidos para darle el sabor propio del lugar y acercar la historia y su mensaje al público objetivo. Salvo las grandes producciones, la danza, la ópera y el ballet, el teatro es, en mi opinión, producto del lugar y el tiempo en el que fue escrito pero más especialmente del que fue montado. A esto debemos sumarle, en Brasil, el resto de que es un idioma diferente al español y que en mi caso no hablo ni comprendo del todo bien.

Empero hay interpretaciones que superan todos estos retos y que conmueven al espectador, comprendan todas las líneas o no, por la fuerza interpretativa de las performances y por lo rico de la historia planteada.

Este fue el caso que vivi al ver The Food Chain en Porto Alegre el mes pasado. Quizás piensan que si me pareció tan buena, ¿por qué escribo sobre ella un mes después? Porque no tuve tiempo antes para hacerlo y porque a pesar de que pasara el tiempo aún no me saco de la cabeza el buen espectáculo que vi.

Encontrar material sobre esta obra no es fácil. Y menos en español. Y antes de adentrarnos un poco en el análisis de que fue lo que ví en aquella sala de Porto Alegre me gustaría tener un trasfondo de quién escribió la obra y algunas de las críticas y reseñas que le hicieron cuando la presentó.

Su escritor es Nicky Silver, el nació en Filadelfia y reside actualmente en la ciudad de Nueva York. Muchas de sus obras fueron producidas por Off-Brodway y por la Compañía de Teatro Woolly Mammoth, en Washington DC. Su formación como dramaturgo comenzó en su adolescencia, cuando asistía al Stagedoor Manon Performing Arts Training Center en el norte del estado de Nueva York. Luego se graduó de la Escuela de Artes Tisch de la Universidad de Nueva York.

Su obra, The Food Chain estuvo en cartelera en el Westside Theatre, montada por Off-Brodway desde agosto de 1995 hasta junio de 1996 (inicialmente producida en el Teatro Woolly Mammoth). Fue dirigida en su momento por Robert Falls y dentro del elenco estaban Hope Davis y Phyllis Newman.

En el New York Times Ben Brantley escribió la siguiente reseña: “En ‘The Food Chain’ el cuento tóxico y fracturado de Nicky Silver acerca del sexo, la soledad y la importancia de ser delgado, la búsqueda del amor es un proceso aún más complejo que de costumbre. Es difícil, después de todo, forjar una relación cuando todo lo que podés realmente oír es el sonido de tu propia voz. Estos habitantes de Manhattan, obsesionados con su imagen encuentran un espejo en todo el mundo en la venenosamente divertida pieza. No es un accidente que mucho de la neurótica comedia en el Westside Theatre esté hecho de monólogos en los que casi no pueden respirar, incluso cuando casi siempre hay al menos dos personas en el escenario.”

En la obra que vi en Porto Alegre los espectadores tuvimos la oportunidad de hablar con los actores, el director y la traductora de la obra (de su original en inglés al portugués). Esta charla fue muy enriquecedora porque pudimos desgranar los mensajes de la obra y entenderla mejor. Para mí, como extranjero, era importante tener esta instancia para poder realmente saber si lo que yo había entendido era lo que realmente querían transmitir.

Como espectador, previo a esta charla, había visto una obra en la cual personajes caricaturescos, obsesionados por su imagen y por la imagen que el otro tenían de ellos mismos, luchaban contra sus propios demonios sin nunca querer mostrarse vulnerables en esa lucha.

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La obra tenía como personajes a una mujer que luchó con su obesidad y su obsesión con la belleza, completamente frívola aunque se creía artista y profunda, que con tal de casarse se casó con un hombre que conoció en pocos días y con una madre bella que se suicidó en su juventud. Aparece en diálogo con ella una madre que se casó con un hombre que no amaba por presión social y que tuvo un hijo al que no pudo controlar. El diálogo se centraba en un hombre que no logra realmente hacer nada por si mismo y se ve arrastrado por lo que dicen y piensan los demás, pero que a la vez acapara la atención de hombres y mujeres por igual.

Este hombre es el único personaje que, de una forma muy cómica, representa un estereotipo de manera cómica, a una especie de macho alfa, un hombre heteronormativo y heteronormatizante, que finalmente tan heterosexual no era. De él no podemos explorar sus recovecos ni sus vulnerabilidades ocultas en lo discursivo porque no tiene discurso.

Pero, por otro lado, era sexo y seducción. Con su mirada uno no entendía si era una magistral interpretación, o era un hombre que estaba acostumbrado a seducir y había caído en ese personaje. La ausencia de diálogos y de participación impedía conocer su calidad actoral, algo planteado en el texto original y también en el traducido presentado a nosotros. Los otros actores podían mostrar sus dotes dramáticas y cómicas con largos parlamentos y soliloquios que mostraban la esencia de quienes eran.

La obra comienza con una puesta en escena y nos hace partícipes de un desfile de modas para rápidamente pasar a un diálogo entre las mujeres en el que se sacan chispas. De ese diálogo sabemos que la mujer joven perdió a su marido, con el que recién se había casado. También sabemos mucho de la mujer que contesta el teléfono, en esa línea de auto ayuda. Sabemos que brinda ayuda pero que también la precisa desesperada. La escena termina cuando la mujer decide cortar la llamada telefónica al servicio de ayuda.

Al pasar al siguiente acto vemos a un modelo gay y joven que espera a un hombre al que ama pero recibe la visita de otro, uno con el que salió hace mucho tiempo pero que se convirtió en alguien extremadamente desagradable por su obesidad y su actitud.

Este hombre gordo es la única víctima que muestra su vulnerabilidad y que, a su vez, se victimizaba y trataba de ser el foco de atención, nunca permitiéndose escuchar a los otros personajes ni entender la incompatibilidad de sus planteos con lo que los otros deseaban, podían o querían ofrecerle.

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Tras la escena de los hombres gays, hay un reencuentro entre la mujer y su marido que termina en que todos los personajes coinciden en la casa de la mujer. Resulta que el marido de esa señora era el hombre del cual el modelo gay se había enamorado y por otro lado, la señora del servicio de autoayuda, ofendida con que le cortaran el teléfono, visita a la mujer. El hombre gordo sigue al gay que va allí en busca de respuestas de su novio y allí nos enteramos que la madre del gordo es la mujer de la línea de autoayuda.

Tras los enredos llegan a la conclusión de que el hombre gay y la pareja de recién casados pueden ser un trío y convivir y esto termina de desesperar al gordo, que ve como nunca será incluido y decide quitarse la vida.

Tras esta larga introducción de cómo se forjó la obra y de que trató el montaje que yo vi en Porto Alegre, voy a recordar la charla con el elenco. Comenzamos charlando de lo complejo de traducir una obra contemporánea con un idioma rico de localismos de Nueva York hacia algo entendible para el público del sur de Brasil.

También vemos en esta obra las dinámicas micro de poder que se dan entre los personajes. Vemos al ser humano desvalorizado respecto a las marcas y vemos como algunos están arriba en la pirámide social y excluyen a otros que están por debajo. Hay cuatro personajes no vulnerables y uno que no lo es, porque los cuatro que no lo son, recurren a las máscaras para tapar quienes son y que les pasa. Estos personajes son un reflejo de nuestra sociedad, donde tiene un valor negativo ser vulnerable. La gente tiene que aguantar todo y ser fuerte, no dejarse sentir. El personaje que muestra su vulnerabilidad utiliza la comida para evitar sentir o consolarse. Algo que comparte con el resto de los personajes es la verborragia y el vomitar las palabras.

Esto no es necesario, es una imposición pero podríamos vivir teniendo más en cuenta nuestros sentimientos. En cierto sentido, de eso se trata el arte, dejarse sentir y expresarlo todo.

La traductora planteaba que el sexo es poder y la imagen es poder y hay una simbología presente en todo esto. También nos comentaba que esta obra tiene dos finales. Un primer final en el cual el gordo sigue rogando al gay que lo ame. Es un final relativamente feliz porque Oto (el gordo) se va y los tres quedan felices. Pregunta, tristemente, si adelgaza puede llegar a quedarse. El autor luego escribió un final alternativo más dramático, en el que el gordo se suicida. Hay un espacio de tiempo entre la creación de estos finales. Es interesante que el autor deje la opción de si montar uno u otro final. No sabemos que pasó por la cabeza del autor para dar un segundo final a su obra, pero si vemos que se acentúa la vulnerabilidad con el suicidio. En Estados Unidos hay una ola de suicidios cada vez más fuerte y este cambio en el final podría ser un reflejo de esa ola. En Europa también es creciente esta tendencia y dentro de Brasil es en Rio Grande do Sul donde se encuentran más casos de suicidios.

El director de la obra decide junto con el elenco montar el segundo final porque el final feliz era más difícil de presentar de forma auténtica. Era difícil transmitir el mensaje de la obra con el primer final, era difícil lograr la risa a la vez que transmitían esta historia de excluidos y personas que excluyen. Dramatúrgicamente es quiebre a la risa que genera todo la obra, por lo que el equipo encontró más interesante esta narrativa.

El tiempo en el que realizaron este montaje fue desde enero de 2014 a julio de 2014. La traducción llevó una semana y tras traducir en marzo comenzaron los ensayos y a armar las escenas. Para la traductora el texto era fluido, verborragico y lindo para trabajar. Para quien no había palabras fue difícil y peligrosa la composición del personaje. Se trató de no pensar en términos psicológicos al personaje y de no leer lo que pasa alrededor para no obstruir en la transmisión de lo que este personaje tiene que transmitir. Originalmente solo dice un parlamento, en la traducción se le agregó alguna interjección porque es muy incómodo escuchar a un personaje no responder a lo que le dicen. La gente en la vida real responde cuando le hablan.

Toda la obra es en suma una crítica al capitalismo y a las relaciones de poder que allí se dan, el consumismo fatuo y vacío. Es una crítica al status quo y a la violencia de la sociedad. El final es violento pero no cambia el status quo. Las vidas del resto de los personajes se mantendrán igual, por lo que es una violencia carente de significado y aún más trágica.

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Ficha Técnica:

Título:

A cadeia alimentária

Dirección:

Matheus Melcchiona

Traducción:

Manoela Woolf

Elenco:

Ander Beloto (Serge)

Luis Manoel (Oto)

Morga Baldissera (Amanda)

Danuta Zaghetto (Bea)

Vestuario:

Di Nardi

Iluminación:

Kevin Brezolin

Muestra TPE (Teatro Pesquisa Extensión – Actividad Universitaria)* Originalmente la obra se montó en 2014 como pasantía del director de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS) y luego concursó para volver a ser montada en 2015 con modificaciones en el elenco.

 

– Fotos gentileza de Di Nardi.

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