El invierno, aunque parece eterno es como las nubes.

Y las nubes, como la imagen de la luna,

como las flores de un jarrón,

son sólo instantes.

Duran muy poco.

Al menos que los recordemos.

Así se vuelven eternos.

Lo que maravilla definitivamente merece ser eterno.

Cautivantes son las lunas azules en el invierno de mi remoto sur.

Lunas que iluminan nuestro horizonte.

Llenas de ensoñaciones del pasado, presente y futuro,

que atesora como un piadoso cura, silenciosos secretos.

Cielo de invierno, invierno del sur.

Húmedo. Frío.

Cielo que comenzó a ponerse nublado,

como oscura noche que sentí venir.

Cuando pecaminoso se acercó. Agazapado como un zorro grande.

Luego ya suelto en odiosa algarabía como león.

Intimidó. Perturbó.

Opacó la brillante luna que aún en el peligro iluminaba mi límpido cielo.

Nubes la cubrían, como cubrieron esa noche mis ilusiones peregrinas.

Ilusiones que viajan como nubes que de repente se posan en rincones de la faz.

Y allí se detienen quizás a descansar.

Quizás para calcular.

A que otro sueño perseguir.

Anuncios