Hace un par de meses recibí la invitación de un miembro de Ovejas Negras de ir a una reunión donde irían posibles nuevos miembros, personas curiosas e interesadas en ser parte de la organización.

Yo le dije que sí, quizás por curiosidad, y debo reconocerlo, en parte porque me parecía bonito. Él, con disciplina comunista (es decir, mandando un par de mensajes para recordarme de la reunión y no esperar a la Divina Providencia para que ocurriese que a esa reunión fueran personas nuevas como esperaría el uruguayo medio), hizo que yo finalmente fuera.

Fui para no quedar mal, porque había dicho sí con la guardia baja. Tenía mucha reticencia. Mi experiencia integrando organizaciones políticas es malísima. Durante 2008 quise unirme a la Juventud Socialista y me sentí muy juzgado por mi forma de ser y pensar. Sentí que no tenía ningún tipo de libertad y que estaba siendo encasillado por los prejuicios de muchos de los jóvenes que allí conocí. En 2010 volví a cometer ese error integrando un grupo de diversidad. En ese caso, sentí que la forma de trabajar del equipo era desorganizada. El resto de mi experiencia en organizaciones ha sido mejor. Y ha coincidido que dichas organizaciones son más plurales en su composición, con objetivos y formas de trabajo claras, organigramas y roles. Y han sido apolíticas. Y si bien allí he sido minoría (por ser gay o por mi religión) siempre me sentí bienvenido.

principitos

La idea de integrar Ovejas Negras había pasado por mi cabeza más de una vez. Me inquietaba, me molestaba, me perturbaba la calma relativa a la que había llegado. Era un nuevo lugar, era de nuevo salir de la zona de confort. Siento que puedo hacer una diferencia y que mi aporte puede ser positivo en lo que es el movimiento LGBT, pero no tengo particularmente claro cuál es mi diferencial, si hay algo que yo realmente pueda dar que otros no estén dando. Y entonces me excusaba en la idea de que uno no puede embanderarse con todas las causas.

La idea estaba ahí pero hasta que viajé a Porto Alegre este año y escuché un discurso en el Día del Orgullo Gay no me decidí a intentarlo. Algunos políticos como Luciana Genro (candidata a la Presidencia de Brasil) estaban allí y daban animados discursos. Nunca había visto un ex candidato a la Presidencia de ningún lado hablando sobre un colectivo que me incluye. Hablando sobre mí. Se sintió especial. Se sintió legítima la lucha. Con unas palabras estaban legitimándome. Y legitimando el día del Orgullo Gay.

Uno de los argumentos esgrimidos en contra de las manifestaciones en defensa de los derechos LGBT es que los heterosexuales no salen a las calles a gritar y festejar que son heterosexuales. Como decían aquellos políticos en el Parque de la Redención, no lo precisan. No lo precisan porque una sociedad a lo largo de su historia se planteó como norma a la heterosexualidad. No se explicita lo obvio. Y dentro de esta norma estaban los privilegiados. Fuera de la norma, nosotros los excluidos.

Excluidos que no venimos a plantear una dictadura gay, como los extremistas plantean. Excluidos que no venimos a plantear que, por nuestro sufrimiento en una sociedad que nos discrimina, merecemos tener privilegios.  Excluidos que, por manifestarnos, no atacamos a la laicidad. La laicidad implica el derecho inherente que todos tenemos de defender nuestras ideas y convicciones religiosas y también de vivir nuestras identidades sin perjuicio de que otros vivan otras identidades, elijan otras religiones, tengan otros estilos de vida, adopten otros caminos.

Excluidos que reclamamos nuestro derecho de expresarnos sin ser insultados, como ocurrió cuando fue pintado el cartel de Montevideo con los colores de la diversidad. Excluidos que clamamos por la igualdad. Porque los crímenes de las trans sean investigados de la misma forma que si fueran mujeres biológicas. Excluidos que tenemos el mismo derecho al acceso a la salud y a no ser discriminados doblemente en el caso de las personas que al tener VIH, son no sólo discriminados como portadores sino también como portadores de una sexualidad divergente que ante los ojos heteronormativos cisgénero nos hacen menos valiosos.

Excluidos que claman por una educación diversa e inclusiva, en un modelo que se caracteriza por ser reaccionario y excluyente. Excluidos que queremos sentirnos seguros en nuestras calles y cuando debemos acudir a la policía.

montevideo diverso

Todos estos reclamos fueron mencionados en los discursos del día del Orgullo Gay el 28 de junio en Porto Alegre, Brasil. Y a medida que iba escuchando esos reclamos, me daba cuenta que todos eran aplicables también a Uruguay, donde nos preciamos de tener una legislación de avanzada y ser un país laico desde comienzos de siglo XX.

No somos la nación más católica del mundo como Brasil, somos sus vecinos progresistas. No somos la nación donde más mujeres trans del mundo mueren. No somos el país con una bancada evangélica poderosa.

Pero si somos una nación donde la discriminación en el ámbito escolar ocurre. Donde una guía sobre diversidad sexual escandaliza a la pacata población uruguaya y a los políticos de derecha. Donde la población trans tiene menos oportunidades laborales y es excluida del ámbito educativo para terminar víctima de la violencia y la muerte y la ausencia de justicia. Pero si somos la nación donde en el ámbito de la salud ocurren violaciones a los derechos de las poblaciones sexualmente divergentes y donde la policía no sabe o no quiere procesar una denuncia de violación de un hombre por parte de otro y hace preguntas como ¿quién violó a quién?, para burlarse y humillar a la víctima. Pero si somos el país donde para un gay es casi imposible ir a una discoteca sin ser discriminado. O salir a la calle sin ser vilipendiado por otros hombres (y en algunos casos también mujeres) que quieren reafirmar su identidad de género degradando al otro.

Entonces al escuchar esos discursos y derramar algunas lágrimas, conmovido por lo que estaba escuchando, viendo, viviendo, decidí que desde el lugar que sea que ocupe trataré de bregar por el reconocimiento de estos derechos.

Entonces al tiempo apareció esta invitación. A una organización política. Que planteaba radicalizar su discurso y llenarlo de contenido político. Mis miedos al escuchar estas ideas se agudizaron. Sentía que ese lugar no era para mí. Sentía que iba a volver a estar en un grupúsculo de gente de izquierda cuya ideología, tal como piensan de la Iglesia, también los hace sumisos al libre pensamiento. Y que cuando yo, que no soy sumiso en esa dimensión político partidaria (quizás si en la religiosa, debido a que tengo fe) iba a ser juzgado en tanto tuviese alguna idea diferente.

El asunto de las ideologías y la sumisión ante ellas es curioso. Y aún más curioso es pensar que existe el libre pensamiento cuando todo pensamiento está alimentado de nuestras ideas previas. Concebir si existe pensamiento de la nada es problemático y difícil de visualizar salvo que uno sea un filósofo.

Pero yo no soy el joven que era en 2008 y Ovejas Negras no es el grupo que había integrado en ese año. Ideas políticas no son ideas político partidarias. Radicalizar un discurso y una lucha no significa desmanes. Sino que por contrario, implica aumentar la fuerza transformadora del discurso, fortalecer las reivindicaciones del colectivo y no estar desconectados de la realidad en la que vivimos.

Eso me gustó. Mucho. Hizo que viera a la Marcha de la Diversidad con otros ojos. Ya no lo vi como una fiesta, sino como una marcha festiva. En la que nos mostramos orgullosos de ser quienes somos a pesar de una sociedad que nos condena a la oscuridad. Pero en la que también y más importantemente luchamos por mejorar la realidad de todos. Porque la diversidad nos incluye a todos. Todos tenemos algo diverso, distinto, único de lo que deberíamos estar orgullosos.

Por eso me interesa seguir participando de Ovejas Negras. Para descubrir que rol puedo ocupar y cuál es el aporte que puedo dar para que la sociedad camine hacia una dirección más positiva. Por eso me interesa asistir a la Marcha.

marcha diversidad

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