Montevideo siempre es fría y húmeda en julio y por ese entonces él odiaba eso. Ese día él odiaba al mundo. Aunque tenía trabajo no se sentía demasiado esperanzado en progresar allí. A la tarde tenía Facultad y tampoco estaba seguro de que estudiar lo iba a sacar de la realidad que tanto detestaba. Inocentemente Joaquín suponía que, si escapaba a otro país, todo lo que lo inquietaba finalmente se iría. E incluso de eso ya no estaba tan confiado.

Al llegar vio papeles en las carteleras y a muchos compañeros intentando acercarse y ver los resultados del parcial. Finalmente se pudo acercar y ver aquella hoja maldita. A todos sus problemas se sumaba que era obvio que no iba a exonerar.

Molesto, no quiso quedarse y entrar a clase. El cielo estaba cubierto de nubes y era seguro que volvería a llover. No había forma de que Joaquín viera belleza alguna en ese cielo de plata arrebolada.

Tras un largo viaje en ómnibus llegó a su casa y rápidamente se sacó las botas mojadas para calentar sus pies. Hastiado y sin prolegómeno alguno se tiró en la cama aún destendida de la noche anterior. Al rato, ruidoso e insolente, sonó el timbre.

Joaquín no podía dar crédito a su mala suerte. Lo único que quería hacer era dormir. Después de ese día se hubiera largado a llorar, pero los hombres de verdad no lloran. Y él era bien macho… porque aunque pensaran que era gay, él no lo era.

Gritó, intentando disimular su irritación: – “Ya voy”. Calzándose raudamente las alpargatas bigotudas que usaba de entrecasa, abrió la puerta y del otro lado estaba Bautista, con su sonrisa de dientes cristalinos y perfectamente imperfectos. Había algo de su sonrisa que lo inquietaba. No sabía exactamente que era pero lo ponía bastante nervioso.

-“¡Bautista pasá! ¿Qué hacés acá?” le dijo extrañado Joaquín. Bautista le respondió, también sorprendido, que hacía días habían quedado que el viernes se juntaban a tomar una después de clase y como no lo vio decidió ir hasta ahí. Dijo que se había preocupado pero la verdad era que él estaba con muchas ganas de verlo fuera de clase. Sabía que Joaquín era solo un amigo. Él era amigo de su novia Clara desde que eran niños. Fue en un cumpleaños de ella que él lo conoció. Al año siguiente, en el primer día de clases se topó con esos inconfundibles rulos rubios algo despeinados y se volvieron, con cada clase, compañeros más cercanos.

Joaquín se había olvidado por completo y la verdad que no tenía ningún deseo de estar acompañado. Quería regodearse en su desdicha. Trató de disimular el olvido porque lo quería como a un hermano… o al menos eso creía, porque él era hijo único. Le dijo: – “Bauti, mirá, me fue muy mal en el parcial y tengo que estudiar y ver si puedo salvar ese examen. No me puedo distraer. ¿Te jode si la dejamos para la semana que viene?

A Bautista casi le vinieron palpitaciones al escucharlo y sólo quería ocultar la decepción de ese desaire y evitar irse después de tanto tiempo queriendo estar a solas con él. – “Yo te ayudo a estudiar…” musitó, casi como un suspiro y sin mucha confianza. Y aunque Joaquín no quería su ayuda, no sabía cómo salirse del entuerto y solo masculló que aceptaba la ayuda y que iba a buscar los libros y un par de vasos.

Algunas horas después, la mesa del comedor de Joaquín estaba en completo desorden, con un montón de apuntes infinitos, algunas con la inmaculadamente esmerada letra de Bautista y otras con el descuido característico de Joaquín. Sentados uno al lado del otro, tras varias cervezas, empezaron a sentir el efecto de pasar la noche en vela y sin comer. Bautista le sugirió a Joaquín parar de estudiar para comer algo.

“¿Estás mejor Joaco?” le dijo Bautista envalentonado por tantas cervezas

Joaquín, haciéndose el sorprendido, contestó – “¿De qué hablás Bau?”

-“No te hagas el tonto conmigo, vi como estabas cuando llegué ¿qué pasó?”

– “¿Viste como estaba o ya hablaste con Clara? No me trates a mí de boludo. Vamos a calentar la pizza y comer y dejate de historias.” gritó Joaquín, visiblemente enojado.

El poco valor de Bautista desapareció. Lo único que tenía ahora era un nudo en la garganta. En silencio, ambos permanecieron como estatuas. Joaquín sabía que había estado mal pero no sabía cómo arreglarla. Bautista, en cambio, no entendía nada y no sabía si escribirle a Clara o esperar a que Joaquín se decidiera a hablar.

Los minutos transcurrían como si fueran horas hasta que Bautista no aguantó más. Era una estupidez estar en ese estado de absoluto mutismo.

Lo más dulcemente que pudo preguntó:

– “Joaco ¿de qué hablabas recién? Te pregunté si estabas bien porque no fuiste a clase…”

– “Perdón, pensé que… habías hablado con Clara. Me dejó hoy.”

– “No sabía… hace tiempo que no hablo con ella. Sabés como es…”

– “Si lo sé…”

Así comenzaron a hablar y de a poco Joaquín pudo confiarle más intimidades a como no había confiado en ningún otro amigo antes. Algo en su voz dulce, en su mirada atenta y en esa sonrisa lo hacía sentirse seguro. Le confesó las frustraciones sexuales que tenía con Clara… aunque se excusaba con estar tan cansado de estudiar y trabajar.

Bautista sólo escuchaba mientras se perdía en el verde de esos ojos tristes. Joaquín, además de hablar, miraba no solo los dientes de su amigo, sino también sus pestañas largas, la forma de su nariz, el brillo y el color de sus ojos almendra como nunca los había observado.

Mientras hablaban, distraídos, humo empezó a salir de la cocina. La pizza se estaba quemando y ahí comenzaron las risas. Se reían de su propia torpeza. Se reían de lo nerviosos que estaban. Entre risas comieron lo poco que pudieron rescatar y retomaron el estudio. Pero cada vez paraban más la lectura para seguir la conversación.

Bautista le contó lo triste que había quedado cuando su ex lo dejó y recién ahora estaba olvidándolo. Joaquín siempre trató de no pensar en él de forma sexual. Lo incomodaba. Pero ahora le comenzaba a interesar. Se dio cuenta de que,aunque lo escuchaba, también miraba como su boca se movía al pronunciar cada palabra.

Bautista comenzó a sentir la mirada penetrante de Joaquín.Empezó a sentirse deseado. Pero no sabía si no estaba proyectando su propio deseo. Joaquín, al hablar, movía las manos y eso lo distraía. Se preguntaba cómo se sentiría si las palmas de su mano rozaran las suyas. Eso lo hacía sentirse un mal amigo y hasta culpable, pero no podía evitar sentirse atraído a él.

Aunque ninguno de los dos estaba realmente borracho, cada vez estaban más relajados y desinhibidos. Comenzaron a estar cada vez más pendientes de los movimientos del otro. Hasta que Joaquín se acercó un poco demasiado y sus labios chocaron. Y al fin todo pareció encajar. Por primera vez Joaquín no se dejó intimidar por la incomodidad, que se evaporó y desapareció junto a la culpa que hasta ese momento sentía por sentir y sentirse diferente. Y no dejaron de besarse hasta que, rendidos, se durmieron fundidos en un abrazo.

Con las primeras luces de la aurora, en la casa de Joaquín reinaba el silencio. Estaba amaneciendo y las copas casi desnudas de los árboles dejaban pasar los tenues rayos anaranjados del sol naciente. Casi, porque algunas hojas combatientes resistían y aún brillaban doradas como oro viejo.

Al rato, después de una vida de días nublados, un rayo de sol, con picardía le pegó en la cara tan fuertemente que Joaquín se despertó y, aunque no estaba allí, buscaba con la mirada a Bautista y con la claridad de un nuevo amanecer, se sonrió.

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