La revancha del mensajero – Publicado previamente en Semanario Hebreo

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Por Fabián Álvarez – Voluntario del Centro Recordatorio del Holocausto 

En mi segundo año como voluntario del Centro Recordatorio del Holocausto no dejo de sorprenderme al vivir experiencias nuevas. Aunque pueda parecer que ser guía del Museo de la Shoá, hacerlo es ser parte de un lugar insigne por ser el primer museo sobre el Holocausto de América Latina. Además, aunque una parte de la visita sea una charla en una sala contigua al museo, algo pequeña, en estos recorridos siempre ocurren situaciones nuevas.

En la última ocasión en la que yo participé en este 2015 que ya termina nos visitaron unas cincuenta personas (entre alumnos y docentes) del Colegio New Castle de Las Piedras. Siempre que las visitas son del interior de nuestro país debemos considerar que hubo un esfuerzo mayor de coordinación para que se pudiera llegar hasta allí. Que alguien se esfuerce más por lograr algo implica, sin dudas, mayor interés. Aunque yo entendiera todas estas cuestiones, suponía que el interés vendía de la dirección del colegio y/o del joven plantel docente que acompañaba a los alumnos. Me negaba a creer que esos jóvenes tuvieran demasiado interés por lo que se les pudiera comentar.

Mi pesimismo venía de una experiencia previa en esa institución y no de un descreimiento en el interés de los jóvenes respecto al pasado de la humanidad, pasado que nos da claves interpretativas para mirar el presente. Para mí los jóvenes sin duda no están perdidos incluso cuando la actitud de algunos nos haga creer lo contrario. Mi negatividad se debía a que yo hacía tres años en ese mismo colegio había dado unas charlas sobre holocausto y al finalizar sentí comentarios discriminatorios de algunos alumnos que allí se encontraban. En esa oportunidad fue un trago amargo vivir algo que, para quienes somos algo distintos al promedio es algo común, porque me había despertado antes del alba y había viajado hasta Las Piedras sólo para sentir el rechazo.

Al ser tantos alumnos nos dividimos con otro voluntario, el brasileño Andre Vasconcelos para que, mientras uno mostraba las piezas del Museo, el otro orientara con una narrativa lo que allí está en exposición.

Entonces, mi interés fue hablar de la Shoá desde la subjetividad, desde lo que implicó para quienes lo hicieron atravesar tal proceso. Dignificar y humanizar números fríos, tiempos pretéritos y países lejanos es siempre mi objetivo, pero con estos adolescentes quería dejarles además, un mensaje de esperanza y de que se puede construir un mundo mejor, no sólo estando atentos a los malvados sino también nosotros siendo mejores.

Al finalizar la oratoria y a través de sus preguntas sentí honrar la memoria porque a esos jóvenes les había llegado con un mensaje poderoso y removedor, tal y como a mí me llegaron al contarme la Shoá hace tantos años y aunque no todos cambiarán su vida como yo lo hice para volverme un mensajero contra el olvido si confío en que la próxima vez que se vean atravesados por un dilema moral o la tentación de ser indiferentes frente a lo injusto se les aparezca como una sombra negra algunas de las palabras que allí se dijeron junto con las imágenes, los objetos y las historias de la Shoá repicarán en su mente y los guiarán en el camino del bien. Y eso es sin duda rendirle homenaje a la memoria y al legado del Holocausto, conocer lo que paso y hacerlo parte de nosotros.

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