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abril 2017

Un epitafio para mi pequeña Samantha

Llegaste una noche a mi vida. Mis manos pequeñas no podían contener la emoción aunque cabías, minúscula en ellas. Y esa noche de un mes de invierno o de una fría primavera de 1998 entraste a nuestro primer hogar en Juana de Arco. Mientras te agarraba y sentía tu piel blanca en mi pecho, orgulloso y magnánimo se acercaba Oliver al que adoptaste como otra madre. Ese idilio duró unos meses, mientras crecías a pasos agigantados, trepándote en un improvisado árbol que hoy te sobrevive. El instinto es letal y esa madre se convirtió con tu florecimiento en un gatuno pretendiente… al que alejamos como si se tratara de Montescos y Capuletos por lo pequeña que aún eras. Y en este Romeo y Julieta, a tu primer Romeo se lo llevó la parca, que olía a instinto y de pronto estábamos solos, tu y yo.

La pena parecía inconmensurable, en mi corazón de 9 años y tu desasosiego era entendible. Aún cachorra enfrentabas una segunda partida. Y mis brazos se volvieron tu refugio, tu abrazo, y tu cuerpo mi calor, mi consuelo. Y así empezó aquella amistad de amor incondicional, que como todo amor verdadero, trasciende y trascenderá nuestro tiempo.

Ese niño empezó a crecer y tú creías a su lado, fiel como perro obediente, pero con hocico coronado de elegantes bigotes de aristogata. Y el tiempo pasaba y mi historia se complicaba. El acoso y las dificultades de ser el niño diferente en la escuela se transformaron en el bullying de ser el joven que en ningún lugar podía encajar salvo al refugiarse en su cuarto, en su cama, con tus ronroneos como canción de cuna.

Con la adolescencia comenzó una etapa de descubrimiento en la que tú, mi fiel compañera, mirabas en silencio. Tus sonidos eran solo muestra de que querías mimos. A veces parecía que me respondías con maullidos aquellas palabras tiernas que yo te decía, mi señorita. Y esos diálogos eran almíbar en mis oídos acostumbrados a los insultos y a la desaprobación del mundo exterior.

Luego me fui durante un año, en el que me redescubrí pero en el que ni por un segundo dejé de extrañarte. Te me aparecías en sueños y cuando un almohadón le daba calor a mis pies mi mente lo transformaba en tu presencia. Al volver, airada y ofendida, durante algunos momentos quisiste ignorarme, pero al rato volvíamos a ser carne y uña.

Y de esa manera se dio en cada uno de mis viajes, de mis escapadas, de mis locuras… conmigo permanecías incluso cuando algún amor de pocas noches conmigo se quedaba. Esa infancia y adolescencia de repente empezaron a pasar facturas y durante un tiempo mucho costó que yo abandonara el lecho. Y en ese tiempo de depresión, al que se le sucedería a los pocos años otra enfermedad, nunca dejaste de estar a mi lado, atenta a lo que me pasaba, acompañándome y haciendo posible que yo volviese a ser.

Para algunos la adolescencia es el tiempo de los primeros amores pero para mí Diego y Santiago vinieron después. Y éste último llegó a compartir mucho tiempo contigo y conmigo pero siempre tuvo claro cuál era su lugar. A veces Santiago y yo nos mimábamos en la cama y como siempre con tus celos entre nosotros te posabas. Siempre que me acompañaba a ti te gustaba marcar presencia. Lo que no sé es si habrás entendido que mi corazón es enorme y tiene espacio para amar muchísimo pero es difícil que algún amor opaque al que siento por vos, mi chiquitita. Y entre estornudos, antialérgicos convivieron vos y él, mis dos grandes amores.

Y en el final, con tu tos sSamieca, con tus pelos cada vez más blancos y tus pocos dientes aún seguías elegante y coqueta caminando con parsimonia y acompañándome en todo. Tan unidos éramos que cuando te empezaste a rendir, fue a mi cuarto a donde fuiste para prepararte para partir. Y tan sincronizados estábamos que allí enseguida te encontré y juntos fuimos a la veterinaria donde extendimos por unos días tu vida.

Ese tiempo que nos regalamos nos sirvió para despedirnos, para que pudiera decirte cuanto te amé, lo difícil que sería la vida sin ti y para darte las gracias. Y también un poco de helado de dulce de leche, que era también tu perdición.

Esperaste a que me fuera porque sabías que yo no lo soportaría y cuando volví ya no estabas. Y pasan las horas, los días y las semanas y miro en los rincones pensando que te voy a encontrar. Camino por los pasillos, hablo en voz alta como lo hacía cuando estabas cerca, a sabiendas de que en el final ya estabas sorda… Las hojas del helecho, cada vez más largas, rozan mi nuca y me recuerdan a cuando lo hacías vos, que te acostabas en ese lugar y cuando veías que me sentaba, te despertabas para adueñarte de mí regazo.

Y aunque sé que eso no pasará, no dejo de pensarte y de extrañarte.

Lo que me queda es desearte un muy bien viaje y tener la confianza de que nos encontraremos del otro lado del arcoíris.

¡Me hiciste un niño, un joven y un hombre muy feliz, mi Samantita!

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Dos cajas de té

Abro el gabinete y allí las veo, rosada y con el Big Ben, insolentes. Dos cajas con bolsas de té que me avizoran tu ausencia cada vez que abro la despensa. Cada vez que miro ese té, que compré para tomar contigo, pienso en esas charlas sin pronunciar. Y me viene a la mente un millón de preguntas que se reducen a saber cómo estás, qué estás leyendo últimamente, que cosas me tendrías para contar… conversaciones que sin duda darían teniendo en nuestras manos esa infusión caliente que solo contigo quisiera tomar. Hoy esas conversaciones solo se encuentran atrapadas en mi mente, como fantasmas que no pueden salir de su castillo embrujado. Seguir leyendo “Dos cajas de té”

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