Abro el gabinete y allí las veo, rosada y con el Big Ben, insolentes. Dos cajas con bolsas de té que me avizoran tu ausencia cada vez que abro la despensa. Cada vez que miro ese té, que compré para tomar contigo, pienso en esas charlas sin pronunciar. Y me viene a la mente un millón de preguntas que se reducen a saber cómo estás, qué estás leyendo últimamente, que cosas me tendrías para contar… conversaciones que sin duda darían teniendo en nuestras manos esa infusión caliente que solo contigo quisiera tomar. Hoy esas conversaciones solo se encuentran atrapadas en mi mente, como fantasmas que no pueden salir de su castillo embrujado.

Me sé sin derecho a preguntarte pero hay días en los que caigo. Hay días en los que te llamo con mi mente pero mi voz no sale por mi garganta. Pareciera que ni cuerdas vocales me quedan, ni energía para emitir los más primitivos sonidos guturales me quedan. Es que me sé eternamente sin derecho.

Sin derecho y sin título aún me siento tuyo. Tuyo como yo siempre supe ser, entregado con el alma y confundido en mis pulsiones. Entregado como yo puedo entregarme. Entregado en la parte más pura de mi alma. Y a pesar de ello entregado a medias. Quienes no se entregaron a vos fueron mis más instintos carnales. Instintos contra los que lucho por domar como caballo salvaje y cabrío pero es una lucha que no gané en nuestro tiempo.

Casi burlonas me miran esas dos cajas de té. Y a veces les devuelvo la mirada. Saco un sobre y lo pongo sobre el agua hirviendo. Ya no me da pereza calentarla en la caldera. Es que ahora ese té lo tomo a tu salud.

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