Cuando decidiste dejarme, pensé en darte pelea. Dar pelea a la situación, darle vuelta a la cuestión y volver a tener una relación. Y pensaba durante 365 días escribirte y de alguna manera seguir hablando día a día. Cuando terminaran esos días te enviaría mi libro de poesía que en este tiempo se convirtió en prosa poética, obsequios de cosas que me hicieron pensar en vos en este año…la parafernalia de costumbre. Hasta se me ocurrió una excentricidad. Te dejaría ganar la primera de muchas nuevas peleas… te trataría mejor, con mayor paridad, con genuina entrega…

Mi diario funcionaba porque te conocía tanto que sabía tus respuestas, sentía tus palabras y olía tu respiración… que poco a poco se fue haciendo más difusa, más vaga y más lejana. Tu voz ya no resuena fuerte en mi mente y pareciera que me aferro al recuerdo solo en mi corazón, pero cada vez te escribo menos. Cada vez te siento menos y cada vez te necesito menos.

Y un poco me duele que así sea. Me siento mal por sentir que no cumpliré mi último juramento, el de escribirte durante un año, para que me conocieras de otra manera, para que me vieras diferente y para que me sintieras presente. Y como me siento mal… y como preciso conocerme… y como te quiero, quiero seguir escribiéndote. Y quizás lo haga. 

Pero no lo preciso. Ya no preciso escribirte porque así, como si fuera de repente aunque estoy consciente de que no lo fue aprendí a soltar. Y solté. Te solté.

Quizás ahora me encuentre. Hallarme nunca fue mi especialidad porque vengo corriendo de mí mismo desde siempre. Y quizás por eso tampoco te pude amar como merecías.

Aún no sé sí te enviaré algo a un año de tu partida porque no sé si eso tendría algún propósito.

Gracias por obligarme a soltar, porque hasta en eso vos me supiste amar.

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