El cielo en su vasta inmensidad es inconmensurable para el ojo humano, aún en el presente, está desde siempre brindándose a la humanidad como bóvedas llenas de diamantes. 

Aún hoy, como tantos otros y otras antes de mi, al mirarlo busco en su belleza misteriosa a ese Dios como fuerza creadora y compañero de ruta, como respuesta y como consuelo, como bálsamo que cura las heridas y como inspiración para ser mejor. 

De repente y por un instante me siento minúsculo e insignificante y en ese mismo instante también me siento infinito por ser parte de un antes y un después que me excede a mí. 

De repente y desde siempre aunque no siempre lo sepa me sé rodeado de amor y lo sé simplemente porque así lo siento y sentirlo es más que suficiente prueba para que exista. 

Y mientras esta ebullición de pensamientos que solo cobraron sentido al pasarlo al papel pero que mientras no estuvieron escritos eran una mezcla de sensaciones, emociones y algunas ideas, también miro el fuego en una hoguera que tiene alrededor mucha gente calentando su piel y sus manos a la vez que sus voces se calientan en los versos de canciones de siempre. 

Y aunque de momentos integro esa pléyede de voces que hablan, cantan, ríen y se superponen, no puedo dejar de mirar el fuego y pensar en cuantas personas lo han mirado antes junto al cielo azul y el pasto tan verde y han intentado como yo descifrar el sentido de la vida, la medida del mundo, matar la añoranza de un pasado que ya no existe y que quizás nunca tuvo un presente. 

Y miro el cielo, y miro el fuego, escucho sus voces que cada vez se hacen más bajas quizás porque algunos abandonan la ronda pra entregarse a Morfeo, quizás porque las de mi mente resuenan más fuerte. Y aunque me sienta conectado con el lugar y me sienta del color del tiempo los misterios del mundo siguen tan indescifrables como en el comienzo de nuestros días. 

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