Medio despierto, medio dormido, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento. Medio entre sueños y medio dolido por un final agridulce que trato siempre de no evocar. 

Así estaba en un ómnibus, repleto de gente y sus miradas ausentes cuando de repente, una voz de mujer madura llama de forma casi incomprensible salvo para el receptor, que se acerque, que vaya a ella que a su lado, tres filas de asientos detrás, que había quedado libre un asiento para el.

Lento, pero con el semblante contento, con esa paz de quien va a su hogar, a su seno, a su lugar familiar, el ar mundo cotidiano extrañaba el nuestro. 

Añoré, como frecuentemente me pasa, ir a tu lado en el ómnibus, a lugares y planes que con amor había diseñado y creado y que vos, con incomodidad frente a las sorpresas pero con tu corazón limpio y tu mente fresca siempre aceptabas, incluso a regañadientes. 

A regañadientes yo aceptaba sentarme al fondo como a vos te gustaba, con la ilusión de robarte, pícaro, un beso, o de sentir la tibieza de tus manos en las mías. 

Solo un segundo me hizo pensarte y pensar un universo que ya no existe. Y solo me queda pensar si podré, algún día, atravesar el limbo y construir un universo nuevo.